jueves, 5 de agosto de 2010

10. El nirvana extingue la sed

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    Catalina había decidido traducir al inglés los Cuentos y Diálogos que le regaló don Juan. Llevaba algunas hojas a las veladas para resolver sus dudas. Dominaba el castellano todavía mejor que el francés, pero una cosa era hablarlo o leerlo y otra muy distinta dar con la palabra literaria precisa. La obra de don Juan estaba plagada de vocablos populares andaluces, de forma que las primeras versiones que ella le sometía parecían partituras llenas de rabos, interrogaciones y asteriscos. La sintaxis tampoco encajaba. Como había tanto que hacer, Catalina le propuso a don Juan que fuera a su casa por las tardes los lunes y los viernes. Él llegaba con puntualidad diplomática a las cinco menos diez. Sally, la doncella, le introducía en la biblioteca. Allí, encontraba a Catalina mordiendo su pluma de nácar, rodeada de papeles, con el diccionario Appleton encima de la mesa. Tomaban el té, trabajaban de firme; luego quedaban en verse en alguna velada.
    Una tarde, don Juan llegó media hora antes. La doncella, en la puerta hablando con el cochero, se hizo a un lado para dejarle pasar. Se dirigió a la biblioteca, pero no estaba Catalina; fue hacia el ventanal y se puso a mirar el jardín. Allí la descubrió sentada en el suelo, las piernas desnudas cruzadas - cada pie descansando en el muslo contrario -, los ojos cerrados, inmóvil. No sabía qué hacer: ¿silbar, toser, tocar en los cristales? Decidió esperar para no interrumpir la meditación, ¿pues de qué otra cosa podría tratarse?
    Sally, desde el interior, avisó a Catalina. Ella volvió en sí, se estiró, susurró algo y entró en la casa por la puerta del porche. A los cinco minutos, apareció en la biblioteca con el uniforme de trabajo. Al ver a don Juan, esbozó una sonrisa muy social:
− Llegas antes, no te puedo pedir disculpas.
− He dado un paseo por el Mall; cuando acordé estaba frente a tu casa. Hoy creo que es el primer día de primavera.
− ¿Me has visto? − inquirió Catalina, un poco avergonzada.
− Te estoy viendo.
− ¿Has mirado al jardín mientras esperabas?
− Sí.
− ¿Y qué has visto?
− Una ninfa que parecía dormir.
    Catalina sonrió y desvió la mirada; con mano un poco temblorosa sirvió el té.
− La primavera no me sienta bien, tengo que defenderme.
− ¿De qué?
− Del dolor.
− ¡Pero si eres una campana, Kate Bell !
− No soy una campana. También puedo ser Kate Hell.
− Yo no creo en el infierno, y menos que tú puedas serlo.
− No lo soy, pero puedo estar algunas veces en él. El yoga me ayuda.
    Don Juan puso los brazos en cruz :
− Nicolai hace gimnasia sueca.
− El yoga no es gimnasia, es un camino de purificación.
    Don Juan notaba que Catalina luchaba por ser más explícita, pero algo se lo impedía. Trató de componer un gesto más serio:
− Eso me suena a espiritualidad oriental.
    Catalina colocó las tazas en la bandeja. Miró a don Juan; al ver que había desaparecido su expresión irónica, en tono bajo de voz, dijo:
− Soy budista, sigo las doctrinas de Helena Blavatsky y del coronel Olcott. Mi pobre padre está horrorizado, le he salido una pagana radical.
− Yo creo en Dios todopoderoso. En las iglesias y en las religiones hechas por los hombres tiendo al escepticismo − engoló la voz don Juan.
− Según Sumangala, el dios personal no existe. "Es una sombra gigantesca lanzada en el vacío por la imaginación de los ignorantes".
− Ese buen hombre necesita las cinco vías tomistas − dijo don Juan, temiendo que Catalina se las preguntara una por una.
− ¿Y en el alma? ¿Crees en el alma?
− Sí, claro… aunque dudo de todas esas bonitas historias del juicio final, el purgatorio, el paraíso...
− Entonces estamos más cerca de lo que crees. El alma es compleja.
− Platón decía que teníamos el alma instintiva, la temperamental y la racional.
− Buda es más preciso.
    Catalina se levantó, trajo un pequeño libro rojo y lo abrió por la mitad:
− Según este catecismo budista de Olcott, en el hombre hay que considerar siete prendas, que no todos poseen, sino los perfectos: el cuerpo terrenal, el principio de vida, la forma astral, el alma animal, el alma humana, el alma espiritual y el espíritu.
Ockham afirmaba que no hay que multiplicar los entes sin necesidad. ¿No te parecen demasiadas almas? − dijo don Juan.
    Catalina leyó un párrafo:
− "Todos los humanos tenemos cuerpo terrenal, principio de vida, forma astral y alma animal; pero alma humana tienen pocos, alma espiritual, poquísimos y espíritu, casi ninguno. El progreso consiste en poseer las siete prendas. Cuando el alma humana se educa llega a refrenar, sujetar y dirigir al alma animal, que es donde están los apetitos bestiales, después gobierna también a la forma astral, que es el espectro, el cuerpo etéreo, el fantasma de nuestro ser, al cual enviamos a donde queremos, apareciéndonos en cualquier parte, como hacían Apolonio de Tiana y otros".
− Lo del fantasma lo considero un poco extravagante. ¿De veras cree eso el señor Olcott?
    Catalina no hizo caso de la observación y continuó:
− "Con el tiempo, y educándose más el alma espiritual, se llega al supremo grado de iniciación, adquirimos el sexto principio o buddhi. Entonces ya somos sabios y disponemos de la Naturaleza, conociendo sus leyes misteriosas. Nos metemos, si se nos ocurre, en el hueco de una cáscara de avellana, nos filtramos a través de las más sólidas murallas, oímos a mil leguas de distancia, vemos lo que queremos ver, y trasponemos por los espacios siderales a visitar los astros más remotos, como hicieron Swedenborg y otros varios".
− ¿De verdad crees todo eso?
− No todo, no las chiquilladas. Yo creo en la teosofía. El espiritismo es como la religión popular, el misterio ingenuamente presentado a las personas sencillas. Vosotros tenéis las vírgenes y los santos, ¿no? − replicó Catalina, y siguió leyendo: "Por último, el buddhi va subiendo y, enriqueciéndose en sabiduría, logra desechar de sí todo dolor, todo deseo, todo egoísta propósito, y adquiere el atma. Como el atma es la raíz, el ápice de la mente, el abismo en que todo se unifica, al tener atma llegamos al nirvana".
    Catalina dejó de leer. Tenía cara de beatitud, de dulzura, de lejanía.
− Esto es lo que me interesa, esto busco con todas mis fuerzas.
− La palabra me encanta, ¿qué es? − preguntó don Juan.
− El nirvana es el fin del progreso, la última perfección. El nirvana es la nada: cesación de cambios y mudanzas, reposo absoluto, ausencia de deseo, de ilusión y de tristeza; olvido de todo, seguridad de que no se volverá a nacer porque se extingue la voluntad, el necio prurito de la vida.
− ¿Y si ese estado no se logra?
− Tenemos que caminar mucho. Cada uno de nosotros, si no llega al nirvana, ha de tener por lo menos trescientas cuarenta y tres vidas o encarnaciones.
− ¡Trescientas cuarenta y tres vidas! Trescientas cuarenta y tres muertes. No me extraña que los budistas quieran alcanzar cuanto antes el nirvana. La reencarnación, como alternativa a la inmortalidad, me parece un ajetreo insufrible.
− Madame Blavatsky es buddhi, está cerca. Según ella, yo estoy todavía luchando con mi alma animal. Tienes que leer su obra "Isis sin velo".
    Otra vez se dirigió rápida a una de las estanterías; le puso delante cuatro tomos encuadernados en piel de vaca. Don Juan cogió uno, lo abrió, le saltaron a los ojos: misterios, periespíritu, Cagliostro, Zoroastro, Orfeo, Pitágoras, el alma del mundo, Ammonio Sacas. Luego fue por otro libro: "El mundo oculto", de un tal Sinnet. Quería que se los llevara los dos para leerlos. Don Juan, ante el entusiasmo de ella, no puso objeción.
− Conoces a esa madame, por lo que veo.
− Desde hace cinco años. Es mi amiga, mi guía espiritual. Vive en Nueva York, pero a veces viene por aquí a alguna "séance" y me visita.
− ¡Extinguir el necio prurito de la vida! Eso sólo puede pensarlo alguien a quien la vida le resulte insoportable − exclamó don Juan con voz grave.
− ¿Te han entrado ganas de matarte alguna vez? – le preguntó Catalina.
− Tengo flaco el corazón.
− ¿Y de joven?
− Una vez, en Rusia.
− Cuéntamelo.
− Ella me dijo: olvidemos esto, "ne m´en voulez pas". Yo tenía en la embajada un puñal de Georgia, grande, ancho, adamasquinado y truculento. Con él se podía cortar a cercén la cabeza de un buey. No dejaba de sacar la vaina y pensar en la muerte teatral y aparatosa que podría darme con él. Pero la razón fría, algo risueña y burlona, no me abandona nunca, ni en los momentos de más pasión. Figúrate que me reía de mí mismo viéndome tan desesperado, y no por eso dejaba de desesperarme ni, al desesperarme, de reírme.
− No la querrías de verdad.
− Si uno tuviera que matarse cada vez que el suicidio viene a propósito, se ajusta a la acción y termina bien el drama, "plaudite cives", sería menester tener seis o siete vidas al año, para irlas sacrificando según convenga, quedándose a lo mejor sin vida, y sin poder suicidarse cuando el caso más lo requiera.
− Pero, si pierdes el amor, ¿qué importa la vida?
− Cuando iba a un baile y me aburría, me quedaba hasta lo último, a ver si por dicha terminaba divirtiéndome. En este pícaro mundo, que es también un baile, me va a pasar lo mismo: con la esperanza de divertirme, voy a vivir más que Matusalén. En fin, no creo que me llegue la desesperación mientras pueda contemplar este hermoso y variado espectáculo. El día en que me muera, aun hecho una momia, voy a cantar como La Traviata: "Gran Dio, ¡morir si giovane!"
− Yo no creo que el mundo sea un espectáculo que merezca contemplarse si se queda vacío, oscuro, sin la luz del amor.
− Eres joven y romántica. El mundo es un misterio grandioso, aún sin amor. Y tú lo sabes. ¿Si no, por qué tiemblas ante una noche estrellada? ¿Por qué me dices que te impresiona la inocencia de los ojos de tu perro?
− Cuando sufro, las noches me parecen calabozos y el sol, la lámpara mortecina de una celda.
− Pero el sufrimiento pasa.
− ¿Y si no pasa…o yo no puedo evitarlo? − dijo Catalina.
    Durante los días siguientes, Catalina no apareció por ninguna de las tertulias. Como todos los viernes, don Juan se dirigió a Highland Terrace confiando en que estaría dispuesta para la traducción. Sally, con cara educada, aunque inexpresiva, le dijo que se había ido a Wilmington. Don Juan le preguntó si la madre había empeorado. La doncella le respondió que la madre siempre estaba mal. Ante la poca voluntad de dar más detalles, don Juan se dio media vuelta y volvió a la embajada paseando.
    Por la noche, en casa de los rusos, habló con Amy, la hija del embajador Heard. Antes de conocer a Catalina, habían coqueteado un poco.
− Ya no me dice el ministro de España que tengo los ojos de terciopelo − le reprochó, amable, ella.
− Pero los sigues teniendo.
− ¿Cómo está su mujer? – preguntó Amy con la más inocente de las entonaciones, si no la hubiera acompañado de una sonrisa pícara y un ligero desdén en el remate final.
    Don Juan no se esperaba la pregunta porque tenía conceptuada de discreta a la joven. Olga que, cerca de allí, la había oído, giró la cabeza como un búho curioso.
    La respuesta de don Juan tardaba un poco más de la cuenta. Al fin llegó:
− Bien, muy bien.
    Don Juan se deslizó con la máxima suavidad al encuentro de Olga, que sustituía a Catalina en la preparación del ponche. Terminados los brindis, hizo un aparte con la anfitriona.
− Catalina se ha ido a Wilmington.
− ¿Y qué tiene eso de raro? De cuando en cuando, desaparece de la vida social. No es de extrañar, las crisis cardiacas de su madre son muy graves.
− Lo que me extraña es que no me avisara, que no le dejara recado a la doncella para mí.
− A los amigos todo les está permitido − dijo Olga.
− ¿Qué sabes de la rusa?
− ¿De qué rusa?
− De esa madame Blavatsky
− ¿De qué la conoces?
− He leído su Isis, me lo prestó Catalina – mintió don Juan, que sólo había hojeado uno de los tomos.
− Misterio para los americanos, claridad para los rusos…
− ¿La conoces bien?
− Yo sí, pero Nicolai todavía mejor, por motivos profesionales. Ahora está en Bombay.
− Pues Catalina dijo que vivía en Nueva York.
− Es verdad, aunque en estos momentos se encuentra en Bombay. Puede que se escriban o que se comuniquen por telepatía – dijo Olga con media sonrisa de humor, media de misterio.
− No me parece una buena influencia para una joven − repuso don Juan con voz que quería ser neutra.
− Catalina no es una niña desamparada, está curtida en las cosas del espíritu.
− Tú sabes que ese budismo es una predicación de la muerte.
− Bueno, yo no diría que la teosofía concluya eso.
− ¿No? Lee, lee ese tipo de literatura…
− La he leído y me gusta, está llena de cuestiones interesantes, de puertas inexploradas.
− La única puerta es la muerte para llegar a la nada, ¿qué es si no ese maldito nirvana?
Olga se alisó el vestido y miró a don Juan fijamente a los ojos.
− ¿Por qué tienes tanto interés en proteger a Catalina?
− No tengo interés en proteger a nadie; es que no quiero que una mujer valiosa a la que tengo afecto y a la que veo vulnerable se vea… se vea…
− ¿Conquistada? ¿Dominada?
− Llámalo como quieras.
− Entiendo, entiendo...
    Olga llamó a Nicolai, se levantó para atender a otros invitados y, al retirarse, le dijo a su marido:
− Nuestro amigo quiere que le cuentes la historia de Lelynka.
   De vuelta en la embajada, antes de acostarse, escribió don Juan cartas a su hermana Sofía, a Menéndez Pelayo, a su hija Carmencita, y a Carlos, el hijo mayor. Ya muy tarde, abrió el ejemplar de "El Mundo Oculto" y repasó los fragmentos que tenía subrayados Catalina:
    El dolor, el origen del dolor, la detención del dolor y el camino que conduce a la cesación del dolor. Todo el universo está abrasado por las llamas de la pasión. Todo es dolor. El nacimiento es dolor, la decadencia es dolor, la muerte es dolor. Estar unido a lo que no se ama significa sufrir. Estar separado de lo que se ama, no poseer lo que se desea, significa sufrir. El deseo es el origen del dolor. El deseo de los placeres de los sentidos, el deseo de perpetuarse y el deseo de extinguirse. El deseo de morir no constituye una solución, pues es incapaz de detener el ciclo de las reencarnaciones. (Esto lo tenía Catalina enmarcado con dos signos de admiración, fuertes, de palo grueso, con la misma intensidad con que hacen los niños las primeras letras). La liberación del dolor consiste en la supresión de los apetitos. Llega el nirvana, la extinción de la sed.

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miércoles, 4 de agosto de 2010

9. Congreso Astronómico. El aguijón de la carne

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     Pocos días después de que su sobrino y Paco Bustamante emprendieran el viaje al Oeste, asistió don Juan al Congreso Astronómico. El vestíbulo del Willard Hotel rebosaba de uniformes militares y diplomáticos. Gorros, turbantes, sombreros de copa flotaban como corchos brillantes en un barril de melaza. En la atmósfera espesa, humosa, zumbaban murmullos en mil lenguas. Se iba a inaugurar la conferencia que fijaría el meridiano donde se supusiera el origen del tiempo. Las más apartadas naciones habían mandado representantes: japoneses, hawaitianos, árabes, hindúes… Algunas potencias acreditaron hasta cinco delegados. Por España, acudían don Juan y dos enviados especiales: don Joaquín Ruiz del Árbol, catedrático de Física en la Complutense, y un oficial de marina, don José Pastorín. El profesor Ruiz del Árbol sólo parecía relacionarse con su gran maleta negra; de aire aburrido y pedante, daba pábulo a pensar en un verdadero destructor de vocaciones científicas. Muy distinta impresión producía Pastorín. Llegó a Washington la noche anterior procedente de Cuba. Tenía bajo su mando el único buque científico español desde la corbeta Atrevida de Malaspina. No parecía un astrónomo. Las patillas gruesas, los dientes blancos, la sonrisa de hiena feliz recordaban a un próspero tratante de esclavos. Don Juan, apenas cruzadas dos palabras, simpatizó con él. Antes de comenzar las sesiones, Pastorín le contó que su misión habitual en la Astarté consistía en atisbar los cielos, estudiar los fondos marinos y observar el curso de las corrientes tropicales. Dejó para el final decirle que lo enviaba el Capitán General con la misión de investigar la dinamita y la compra de armas que intentaba Máximo Gómez. Don Juan le puso al corriente de sus últimas gestiones: la denuncia de Agüero ante Bayard, las notas casi diarias para urgir la detención de Marrero, los explosivos...
    Don Juan había recibido instrucciones para apoyar la propuesta británica de que el meridiano origen pasara por Greenwich, en lugar de por París. Sir Lionel ya le había sondeado sobre la postura oficial española en una recepción reciente. Le dijo que Inglaterra contaba con la mayoría de los votos antes de empezar el Congreso porque tenía la “razón náutica” de su parte. Don Juan le contestó que, más que la razón, los ingleses poseían la fuerza de una formidable flota, por eso era natural que impusieran su criterio. Además, eran respaldados por los Estados Unidos, potencia naciente de la hermandad anglosajona. De paso, le comunicó a sir Lionel su esperanza de que, a cambio, los británicos aceptaran algún día el sistema métrico decimal. Fue entonces cuando el padre de Victoria soltó una sonrisilla meliflua, carraspeó y le preguntó por el reúma.
    Don Juan no había tenido en su vida mucho trato con los cielos estrellados, tampoco tuvo tiempo de leerse el libro de Flammarion. Su relación con la astronomía se limitaba a saber que Perseo, Casiopea y el gigante Orión representaban en el cielo la escena del héroe que defiende a la princesa de un monstruo. Con ese escaso bagaje, iba a representar a España en la reorganización de los círculos máximos del globo terrestre.
    Después de las primeras intervenciones, ya resultaba claro que el ganador sería Greenwich. Don Juan, desde su pupitre, declaró: “si las glorias pasadas hubieran entrado en cuenta para conceder a un país, a modo de corona o palma triunfal, la distinción de que el meridiano que pasa por su observatorio nacional fuese el primero, tal vez a ninguna otra nación, sino a España, tocaba de derecho tal preeminencia”. Los franceses chillaban de forma grotesca, palmeaban los estrados, enrojecían, mascullaban sobre “la fuerza de la tradición”, “París, centro cultural de Europa”, “grandeur”... Toda esa irritación contrastaba con la plácida asepsia del resto de los delegados. Era el francés, el único espectáculo al que los avezados sabuesos del periodismo americano trataban de sacar jugo.
   Llegado el descanso, don Juan salió con Pastorín al vestíbulo para fumarse un puro. Los periodistas corrían hacia la escalera principal; formaron un círculo a la espera de que terminara de bajar un ser corpulento y calvo. Todos murmuraban su nombre: Herlizer. Por los escalones descendía el principal responsable del mal ambiente contra España que imperaba en la opinión pública americana. Había viajado a Washington para entrevistarse con el presidente. Bajaba los peldaños desenvuelto, orondo, con la plácida mirada de un paquidermo; le flanqueaban dos secretarias elegantes; por detrás, guardaba sus espaldas un jayán con sombrero de ala ancha, chaqueta de piel y pistola al cinto. Se detuvo Herlizer en el rellano, miró satisfecho a los chicos de la prensa:
− ¿Dónde está mi muchacho? ¡Eh, Gould, que ha venido tu jefe! ¿Cómo es que no te encuentras en primera fila? Mis periodistas siempre en primera fila.
    Al momento se acercó, abriéndose paso, indeciso, un joven rubio con gafas de concha.
− Aquí estoy, señor Herlizer.
− Hazme la primera pregunta. La primera para el World.
− Señor Herlizer ¿es cierto que le van a nombrar doctor "honoris causa" por la universidad de Columbia? − preguntó Gould con voz que no le salía del cuerpo.
− Sí, hijo mío, me van a nombrar doctor por la universidad de Columbia − repitió con un trueno de voz Herlizer −. Mis buenos dólares me ha costado − y soltó una carcajada. − Pero eso no interesa a nadie. Ya se ve que te han destacado para preguntar a sabios astrónomos. Yo no soy un cabeza de huevo. Pregúntame algo hirviente, que pueda sorprender a los lectores. Sácame un titular – y miró con desdén al novato, como avergonzándose de tenerlo a sueldo.
− Señor Herlizer, soy Crane, del Sun.
− Te conozco viejo carcamal.
− ¿Para qué va a entrevistarse con Cleveland? − preguntó Crane.
− Para ver si, de una vez, se decide a atizarles a los españoles como se merecen. Con tres de nuestros barcos, arreglábamos las cosas. Están oprimiendo a un pueblo, el cubano, que quiere la libertad. Y ofendiendo, desde su absurda soberbia de potencia moribunda, a este pueblo noble y generoso que es el americano. Ahora acaban de detener a un patriota. Leed la última edición.
    En ese momento, hizo un gesto a la secretaria que se hallaba a su izquierda, ésta le entregó un ejemplar del World. Extendió la portada ante los ojos de todos. En ella, con letras gigantes: “Marrero arrestado”. Herlizer continuó:
− Marrero, un luchador, un idealista que tuvo que refugiarse entre nosotros.
    Don Juan quedó paralizado por la sorpresa. Cuando se repuso − tras extrañarse de que la detención del dinamitero la supieran los periódicos antes que la embajada −, intentó compartir su alegría con el marino. Pero éste clavaba la mirada en Herlizer y no le hizo caso. Pastorín alzó los hombros, se ajustó el sable de reglamento, encajó con fuerza en su cabeza el gorro de gala; al final, quedó en una posición rígida, similar a la de “presenten armas”. De repente, se dirigió hacia el grupo de periodistas, y le gritó a Herlizer:
− ¡Cerdo mentiroso! Marrero es un terrorista, un criminal que pone bombas para asesinar a inocentes. Ustedes le proporcionan las armas para que siga matando a mis compatriotas. Ha ofendido el honor de mi patria. Le desafío a duelo singular. Elija padrino y testigos.
    Pastorín arrojó uno de sus guantes blancos a la cara de Herlizer. Éste no movió un músculo. Luego avanzó la cabeza hacia el marino, como si no terminara de creer lo que veía. Se recuperó, y dirigiéndose a los periodistas, vociferó:
− Mirad, amigos. Así resuelven los conflictos estos anticuados caballeros. Con guantes y sables.
    Herlizer, enrojecido, miraba alternativamente al marino y al pistolero que le protegía. Luego, dirigiéndose sólo a Pastorín, bramó:
− ¡Váyase al diablo! ¿Cómo se atreve a desafiar a un ciudadano americano en su propio país? Lárguese antes de que Charlie se enfade y le meta el sable por el culo.
    Pastorín bordeó la barrera de las secretarias, apartó de un manotazo uno de los grandes macetones que adornaban la escalera y se plantó delante de Herlizer. Éste retrocedió, pero no pudo detener el tremendo bofetón. Las secretarias gritaron. Charlie atacó a Pastorín. Trataba de agarrarlo. El marino, aunque le esquivaba con agilidad, perdió algunos botones dorados del uniforme. Don Juan, muy alterado, se acercó a las escaleras. Los periodistas murmuraron: “el embajador español”, y le abrieron paso. Uno de los mozos del hotel, que asistía embelesado al combate, escoltó a don Juan hacia el lugar de la pelea y se puso en cuclillas dispuesto a no perderse ni uno de los giros del acontecimiento. Herlizer trataba de escapar con sus dos secretarias. Don Juan le dijo a Pastorín, desde una distancia prudencial, alzando la voz, que se calmara, que no usara la violencia. El marino y el gorila seguían enzarzados haciéndose quiebros, asestándose golpes. Pastorín, menos robusto que Charlie, se escurría de las tarascadas que éste le lanzaba, tratando de llegar hasta donde estaba Herlizer. Don Juan, al fin, decidió intervenir y se interpuso entre ellos.
− Déjelo usted ya. Esto puede traer consecuencias políticas graves.
    Cuando el pistolero vio a don Juan, uniformado y majestuoso, aplacar a Pastorín, se retiró hasta el lugar donde estaba su jefe y, cogiéndole de un brazo, le llevó hasta la puerta del hotel. El botones se acercó al marino y le entregó el guante blanco que había quedado tirado en el suelo. Los periodistas se dividieron. Gould y unos cuantos salieron detrás de Herlizer, los otros rodearon a los españoles.
    Pestaña había leído ya el periódico; fue al Willard con la intención de informar al embajador. Al entrar en el vestíbulo, le vio rodeado de gente. Se acercó al grupo; después de unos forcejeos, logró ponerse al lado de don Juan. Le extendió la última edición del World Herald. Efectivamente, Marrero había sido detenido, junto a seis más, en Savannah. Lo nuevo era que el periódico animaba a los Estados Unidos a intervenir en Cuba. Antes de que los periodistas volvieran a la carga, don Juan, Pastorín y Pestaña salieron a paso rápido del hotel.
− Confío en la prudencia de Cleveland. Ante el resto de las naciones no podrá justificar una guerra sólo porque hemos reclamado la detención de un dinamitero – dijo don Juan a Pestaña, dentro del coche que a todo correr habían tomado.
− Pero los políticos lo que quieren es que les reelijan. Si la opinión presiona de manera irresistible, irán a la guerra. Y a la opinión la maneja ese canalla de Herlizer − reflexionó, sombrío, don Saturnino.
− Lo primero − propuso firme don Juan − es redactar una nota al World desmintiendo su sensacionalismo. Concederé entrevistas a quien me las pida, o las pediré yo mismo en los pocos periódicos serios que van quedando, pues hasta al New York Times lo veo desde hace unos días simpatizar con los rebeldes.
     Llegaron a la embajada. Víctor, el criado, manoteaba, sacudía la cabeza, balbucía atropelladamente. Unos desconocidos habían apedreado las ventanas del despacho del embajador. Acababa de marcharse un grupo con carteles que decían: “Españoles asesinos”, “Justicia para Marrero”. Todos se sorprendieron por la rapidez de reacción del “pueblo americano”. Apenas hacía unas horas que había surgido la noticia, y ya un equipo de alborotadores se hallaba dispuesto para actuar.
     Al día siguiente, hubo un "meeting" de indignación a favor de Marrero al que asistieron más de quinientas personas. Se lanzaron discursos encendidos contra España, llamaron “vieja estúpida” al Secretario de Estado.
    Ese mismo día, Pestaña le entregó a don Juan una nota de Bayard. Lamentaba los incidentes y se disculpaba de que la prensa hubiera conocido la detención de Marrero antes que ellos. Lo peor era que la dinamita no aparecía por ninguna parte. Ni el cabecilla, ni los otros seis detenidos, reconocían que la hubiera. Protestaban airadamente y sus abogados iniciaban recursos contra la medida. Bayard decía que su gobierno sólo podía mantener los cargos por las pistolas y fusiles que les encontraron en la pensión de Savannah en donde fueron arrestados.
− Si hubieran encontrado la dinamita − dijo Pestaña −, tendrían muy difícil demostrar ante el mundo que ellos sólo apoyan a políticos y luchadores cabales, no a asesinos. ¿Quién miente aquí? ¿Mintió Ausubel? ¿Miente Bayard? ¿Se han preocupado los americanos de encontrarla? No han querido, con la detención cumplen – se contestó Pestaña a sí mismo, con pausada resignación.


***

    Dos días después, en el bar del Willard, terminada la última sesión del congreso, don Juan y Pastorín tomaban un coñac comentando las incidencias, algunas chuscas, que habían ocurrido aquella tarde. Por ejemplo, los chinos propusieron a última hora que el cantonés fuera también lengua oficial, pues ellos eran el pueblo más numeroso de la tierra. Animados por el alcohol y el patriotismo, volvieron a lamentar la injusticia histórica de que la nación descubridora del Nuevo Mundo, la que dibujó las rutas de los mares, se viera relegada en favor de una estirpe de piratas y bebedores de ginebra. Cuando llegó la autocompasión a límites insoportables, el marino cambió de conversación.
− Llevo dos meses embarcado, en la más estricta cuaresma. Si no pruebo un poco de carne, me va a dar el escorbuto. ¿Conoce usted algún sitio respetable donde un astrónomo pueda solazarse?
− Sé lo que oigo a mis agregados − repuso don Juan −. Ellos hablan muy bien de la casa de Betty Louis. Dicen que es discreta, que tiene buenos muebles en los salones, comodidad en los dormitorios, cuartos con agua corriente y, ante todo, muchachas de gran calidad, muy limpias, revisadas cada semana por el médico de la casa, Mr. Hearp, al que conozco y que es más caro que el gas. Durante el tiempo que llevo aquí, he pensado en ir alguna vez, pero solo no me gusta aventurarme y con los mocetones de la embajada, me veo en una inferioridad ostensible. Así que mi cuaresma es parecida a la suya. También a mí me hostiga el aguijón de la carne.
    Poco después, se detuvieron ante una casa de ladrillo rojo y ventanas góticas, no lejos del Mall, en un sitio que, sin ser céntrico, tampoco estaba fuera del Washington visitable. Iban sonrosados, los ojos brillantes, los puros despidiendo el humo azul de las locomotoras. Después de respirar hondo, don Juan, con aire de maduro inspector de policía en misión de control venéreo, golpeó el llamador. Un mayordomo negro entreabrió la puerta, examinó los uniformes respectivos y con voz sumisa, profesional, les dijo:
− Por aquí, señores.
    Entraron en el amplio vestíbulo, presidido por una escalera central. A ambos lados, los salones. Uno, tapizado de verde oscuro, otro, de rosa cardenal. Se oían recias voces varoniles contrapunteadas por cálidos, y un poco roncos, susurros femeninos. Enseguida se presentó una mujer de mediana edad, traje gris perla y busto de estatua. Tenía una cara agradable, aunque marcada por las ojeras; iba sin maquillaje, con el pelo húmedo, como si acabara de bañarse. Su expresión dominante y tranquila daba a entender que se encontraba en horas de trabajo, que ella era la dueña y que no entraba en el lote. Les extendió con solicitud el brazo. Don Juan, al instante, tomó su mano y, arqueando con elegancia la espalda, se inclinó:
− Señora mía.
− Soy Betty Louis − dijo ella.
− Lo sabemos − intervino Pastorín cortante, para evitar cualquier dilación en las presentaciones.
    Betty dudó si serían o no delegados del congreso astronómico. Llevaba atendiéndoles varios días. Era gente pacífica, muy distinta de la que acudía a la capital para las convenciones de ganaderos o de viajantes de paño. Tenían un aire ingenuo, despistado; algunos, hasta olían a tinta. No así aquellos dos caballeros. Betty notó que don Juan mostraba un poco de inquietud, como si temiera que le vieran allí, de modo que los pasó a su despacho. Para evitar encuentros embarazosos, tenía dispuesta esa habitación desde donde era posible inspeccionar los dos salones a través de una discreta celosía. Así, los indecisos veían sin ser vistos y tenían la oportunidad de elegir, a distancia, las muchachas deseadas. Entretanto, éstas conversaban con otros clientes, les ofrecían bebidas o simplemente se exhibían en los divanes. Vestidas con elegancia, si no fuera por la amplitud y profundidad de sus escotes, podrían pasar por damas en una velada de la "high life".
− Si ven algo que les guste, tiran del cordón y vendrá Noah. Él se encargará de llevarles a la chica a una habitación del primer piso, al que ustedes pueden subir por aquí − y les señaló, medio disimulada por una enorme planta, una escalera de caracol pintada de rojo.
    Cuando les dejó Betty, Pastorín dio una rápida ojeada al salón verde; enseguida supo cuál sería su elección. No era muy alta; quizás, hasta un poco rellena, pero, incluso desde allí, se podía ver el azul morado de sus ojos, la cara pícara, la melena corta de rizos negros. Estaba recostada en un pequeño sofá, ofrecía su cuerpo, con húmeda indiferencia, al desconocido que la observaba detrás de la rejilla. Una bomba erótica, pensó, en términos bélicos, Pastorín.
    Tiró del cordón y al instante se presentó Noah.
− Diga a la señorita de aquel diván que tendré el gusto de pasarla por las armas en breves momentos.
    Noah no entendió la metáfora militar, pero supo que el marino había elegido a Susan. Antes de acompañar a Pastorín al piso de arriba, le preguntó a don Juan.
− ¿Ha elegido usted ya?
− Todavía no. Estoy calculando mi potencia de fuego.
    Una vez que Noah y el marino salieron, don Juan se sirvió una copa de coñac, encendió otro puro y miró por la celosía. El salón se hallaba dividido en varias zonas de intimidad por muebles-jardinera con exhuberancia de plantas. Reconoció a algunos congresistas. Los delegados italianos Santori y Trono di Monte cortejaban en paralelo: arrodillados en apartados contiguos, ambos acercaban la barbilla a los escotes de sendas muchachas. Un alemán tristón, con mostachos de domador de fieras y mirada hundida, se había separado del grupo y medio dormitaba. Era el profesor Ritske, de Jena, especialista en estrellas dobles.
    Don Juan se debatía en una serie de incertidumbres: “¿Subo a la habitación o me quedo en uno de los salones a verlas venir? Si decido subir, ¿intentaré la penetración o pediré algún trabajo menos comprometido? Y si me determino a penetrar, ¿podré o no podré? Con casi sesenta años, no siempre acude el perro a la llamada del amo”.
    Estas elucubraciones se evaporaron de pronto. Betty Louis, desnuda del todo, apareció en el vano de la puerta del despacho con dos copas vacías de champán en una mano y una botella en la otra.
− Veo que no se decide − dijo con voz insinuante −. Quizás necesite observar más de cerca las bondades de esta casa.
    Hizo un ligero movimiento voluptuoso adelantando el hombro izquierdo. Se acercó al embajador, le miró fijamente y puso una de las copas en su mano. Don Juan acusó el impacto. La oferta de ese cuerpo blanco, de carnes firmes, si bien no restallantes, el tono casi maternal con el que susurraba, le sacaron de todas sus vacilaciones. Aceptó la mano que ella le ofrecía y la siguió. Don Juan subía las escaleras no muy dueño de su voluntad, contento al fin de que Betty hubiera decidido por él. Contento, porque si fracasaba, iba a hacerlo ante una mujer madura, que sabría comprender mejor el deterioro inevitable del impulso.
    Ya en el dormitorio, lo primero que atrajo la atención del embajador fue la cama: amplia, de alto dosel, vestida con colcha de flecos rosa, repleta de almohadones celestes. Destacaban, asimismo, un tocador isabelino y, en las paredes, varios retratos de presidentes de los Estados Unidos; entre ellos, uno de Abraham Lincoln que, con mirada severa, parecía fiscalizar todo lo que ocurría en la alcoba. Betty se aproximó a don Juan, comenzó a quitarle la ropa. Le invadió al embajador una plácida agitación. Podía contemplarse a sí mismo desde fuera, como si desnudaran a otro: a un viejo con vientre adelantado, bíceps flojos, pelo encanecido y una redondez abatida, general. Veía un cuerpo sostenido por piernas blancuzcas, espolones de carne cruda embutidos en un par de calcetines negros. Era consciente de la estampa que debía de ofrecer a un observador imparcial. No necesitaba deducirlo, por lo demás, pues en aquel momento podía contemplarse en el espejo del tocador. La comicidad de su apariencia, sin embargo, terminaba eclipsada por la confianza instintiva que le producía Betty. Se conducía de una manera que le evocaba a alguien muy familiar. ¿Acaso a su primera niñera, Visitación? Seguro que se trataba de ella. Suya debía de ser la reminiscencia benéfica que convertía aquella situación mercenaria en un cálido y humano encuentro. Cuando terminó de ser desnudado por Betty, don Juan pudo comprobar que su cuerpo le regalaba un firme argumento. De inmediato, tomó el control de la situación; pausada y deleitosamente, hizo feliz a Betty Louis. Luego, hablaron durante un buen rato de cierto resumen de sus vidas.
    Era tarde. Don Juan, en el vestíbulo, se disponía a despedirse de Betty. Pastorín, precedido por una Susan risueña, bajaba las escaleras al tiempo que tarareaba aires marciales y pellizcaba a su palomita. Se dirigió a la dueña para pagar. Betty, digna y agradecida, rehusó el dinero.
− Ha sido para mí un placer atenderles. Invita la casa.
    Pastorín miró a don Juan con el orgullo de un soldado que sabe que debe la victoria a la inteligencia de su general.
    Al salir, una noche pura. En Washington, no se encendía apenas el alumbrado y como había luna menguante, los astros podían verse con todo su brillo. Eufórico, Pastorín inició el himno de Leopardi : “Che fai, luna, tu sola, in ciel...”
    En el cruce de la calle Albany y la catorce, pasaron junto a un grupo de cuatro individuos con mala catadura, sentados en un banco en la oscuridad. A don Juan le subió el corazón a la garganta cuando el de facha más torva se acercó a pedirle fuego. Los otros tres se deslizaron por detrás con intención de rodearlos. Pastorín reaccionó con rapidez, de un salto subió al banco para dominar desde allí a todos. Con voz de trueno, de capitán que habla a una tripulación incompetente, les gritó:
− ¡Por mil barricas de oro…! Atrás, chusma inmunda. No molestéis a dos hombres, por una noche, felices.
    Los individuos continuaron cercando al embajador, que permanecía inmóvil con la caja de cerillas en la mano. Entonces, Pastorín sacó un reluciente revólver negro y apuntando al que pedía fuego, saltó desde el banco y se puso delante de don Juan. Empezaron a retirarse despacio; el marino advirtió que al primero que se moviera le soltaba un tiro, y lo hizo con una voz como para convencer a cualquiera. Ya en lugar iluminado, cerca de la Casa Blanca, dejaron de preocuparse.
− En este país hay que ir armado, a ciertas horas y en ciertos sitios. Usted debería tener una pistola. Sobre todo, ahora con lo de Marrero. Aquí todo el mundo la tiene. Por cierto, ¿no se ha fijado en que había un coche en la acera de enfrente observando la escena?
− No me he fijado − contestó don Juan.
− Creo que iban por mí. No soy una compañía segura. Herlizer sabe a estas horas todo sobre un servidor. Yo no venía por aquí desde hace tiempo, me la tienen jurada por una faena de la pasada guerra, que otro día le contaré. Reconozco que ayer me señalé bastante con el cerdo del magnate. Ya no me podré mover con tranquilidad, así que debo abandonar Washington. Lo del Congreso era la tapadera perfecta, porque soy astrónomo. Pero, en fin, lo he echado todo a perder.
− ¿Entonces, no va a investigar el paradero de la dinamita?
− Claro, eso no puedo dejar de hacerlo. Tendré que ir a Cayo Hueso a husmear, a ver lo que me dice Quirós. De estar en algún sitio, será por allí. Sólo hay un sinvergüenza capaz de llevarla a Cuba y ése es Agüero. Bueno, por lo menos con la detención de Marrero tenemos más tiempo, hasta que recluten otra cuadrilla que lleve la dinamita a Cuba.

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martes, 3 de agosto de 2010

8. Viaje al Oeste

Capítulo anterior
            Sir Lionel le dijo a Victoria que Henry Villard había organizado el viaje porque se hallaba en dificultades económicas: debía mostrar fortaleza ante los rumores de crisis, dar confianza a los inversores; y también por Yellowstone: había olfateado el gran negocio de abrir aquel  paraje de Las Rocosas al americano medio. El Northern Pacific Railway, la unión del Este con el Oeste por un ferrocarril que atravesara el Norte, por muy costosa que fuera, se convertiría al poco tiempo en una mina de oro. Sir Lionel le dijo a su hija, además, que se sentía muy orgulloso de que el magnate hubiera puesto el nombre “De la Warr” al vagón asignado a los británicos, en honor de un antepasado que fue gobernador de Virginia durante el reinado de Jaime I.
            Victoria y lady Derby, con blancas pamelas, vestidas de tabaco y crema, llegaron a la estación de Nueva York. Miraban curiosas a todas partes, sin parar de hablar. Las doncellas andaban detrás, cargadas de sombrereros, maletines, paraguas... A pie de tren, las recibió el mismo Villard y les indicó el departamento que debían ocupar. Lady Derby preguntó al magnate si contarían con agua caliente en el vagón. Villard la miró muy concentrado, buscando una respuesta diplomática, y dijo: “No, hasta que lleguemos a Yellowstone”, rompiendo a reír como sólo un presidente de compañía de ferrocarril puede hacerlo.
          − ¿Yellowstone? − preguntó lady Derby, un poco turbada por aquella expansión imprevista del sanguíneo plutócrata.  
          − Sí, tía. Es un bosque descubierto hace poco que tiene aguas termales y geisers altísimos − le adoctrinó Victoria.
          − Perfecto, lo veremos. Quizás nos vengan bien esas aguas.
       Victoria, desde que salieron de Washington, no se había separado de lady Derby. Le encantaba su tía: espigada, pálida, con ojos grises y nariz de puente poderoso sobre el que encaramaba los impertinentes cuando quería investigar algo de cerca. Podía ser despiadada juzgando a un "parvenu" o a un filisteo, pero también ardorosa defensora de inocentes. A ella debía Victoria, en gran medida, su traslado a Washington. Como el entusiasmo de los americanos por su sobrina había llegado hasta Knole, lady Derby aceptó la invitación de Villard para ver con sus propios ojos el éxito de su protegida; además, oficiosamente, se podía decir que representaba a la reina Victoria.
           Llegaron a Minneapolis. Todo el mundo bajó del tren para tomar el desayuno. En un prado cercano a la estación, Villard había dispuesto mesas sobre las que brillaban verdaderos manjares: pollo de las praderas, lengua de bisonte, ostras, champán... El general Grant hizo un discurso, le siguió Villard. Cuando el grupo de ingleses se abrió, Paco y Juanito pudieron ver, tras aquella muralla de elegantes levitas y copudos sombreros, una flor blanca, quizás un poco pálida, pero con más brillo en los ojos que en Washington. Victoria les mandó una sonrisa encantadora. Lady Derby, que estaba a su lado, la captó, miró a los destinatarios y puso tal cara de extrañeza que Victoria se creyó en la obligación de aclarar que aquellos eran amigos suyos, diplomáticos españoles.
       − ¿Diplomáticos..., pues parecen "valets"? − exclamó lady Derby
       -  En España empiezan la carrera desde abajo − repuso seria Victoria.
           Lady Derby no la creyó. Estaba convencida de que Juanito y Paco eran lo que parecían: criados. Pero sabía de la sangre española de su sobrina, de las normas audaces que había establecido en la legación británica, de su éxito con los jóvenes. Y en fin, aquellos lo eran. 
           Terminado el desayuno subieron al tren, continuó la marcha. Lady Derby y Victoria, una frente a otra, no acababan de fijar su atención en el libro que tenían abierto en el regazo. La hierba alta, parda, manchada de cardos amarillos, se extendía hacia el horizonte. Al poco tiempo, el tren disminuyó la velocidad hasta ponerse a paso de carreta. Oyeron en el vagón voces de ajetreo. El tren terminó deteniéndose, una manada de bisontes ocupaba la vía. Se asomaron a la ventanilla, vieron un mar de morrillos crespos y marrones hozando la tierra con grandes caretas barbadas. A ambos lados de la vía se esparcía la manada. Después de este espectáculo, sucedió una escena más íntima. Uno de los enormes animales levantó las patas delanteras y trató de cubrir a una hembra que tenía la cabeza humillada. Al elevarse, el macho mostró su verga triunfal, flamígera. Lady Derby miró a Victoria para iniciar un comentario jocoso ante aquella evidencia insoslayable, pero vio en su sobrina tal cara de sorpresa, tal expresión de extrañeza y confusión, que inmediatamente sospechó el motivo.
           − ¿Qué pasa, querida? − preguntó lady Derby con entonación afectuosa.
           − Ese animal está enfermo − dijo Victoria con los ojos muy abiertos.
           − En cierto modo sí, pero de una enfermedad deseada por todas las criaturas, incluidas las humanas − observó con delicadeza lady Derby, al ver que no había asomo de humor en su sobrina.
          − No sé a qué te refieres, tía.
           En este punto, el bisonte había logrado el acoplamiento de una manera pedagógica. Victoria pudo ver claramente, como en una lámina de anatomía, la trayectoria del brioso proyectil y la doméstica recepción efectuada por la hembra. El resto de la manada no se inmutó ante la trepidación de aquellas moles peludas, pero Victoria comprendió que la  enfermedad no la padecía sólo el macho. Sintió nacer en las raíces de su melena un picor cálido que se le extendió a toda la cara.
             − Me refiero, sobrina, a que esa enfermedad es la que tiene prevista el buen Dios para que todos nazcamos. Ese enorme artefacto hinchado es necesario que penetre en nuestra entrepierna para que podamos tener hijos − dijo Lady Derby con expresión jocosa, deportiva −. En fin, tenemos que hacer frente al asunto, y con buen ánimo.
           La hembra bufaba de vez en cuando, el macho emitía unos ronquidos hondos que hacían retumbar el aire. Se oyó un disparo en la cabecera del tren. Los maquinistas despejaban la vía de bisontes. Luego empezaron a sonar los tiros en los vagones más cercanos. Lady Derby se asomó prudentemente y vio los fusiles saliendo por las ventanas de los pasajeros. Un gran animal se desplomó, después otro. La organización había repartido rifles a los invitados. Sir Lionel tenía encarado el winchester y apuntaba con la misma impunidad que a los platillos de una caseta de feria. Su gorra escocesa temblaba a cada disparo, mientras los animales caían.
           Victoria se apartó de la ventana y permaneció encajada en su asiento con la barbilla pegada al pecho. Ahora se le aparecía a otra luz la mirada ávida de Juanito, la vibración impaciente de Roustan, la humedad empalagosa de los ojos del presidente Arthur. Todo se reducía, pues, a escaramuzas preparatorias para el gran momento. Imaginaba que algún intercambio tenía que haber en la cama, pero no algo tan violento, tan concreto.            
           El tren se puso en marcha. Aún se oían los disparos. Victoria se levantó y vio con alivio que la pareja de bisontes continuaba viva. Entonces comenzó una larga conversación con su tía.
           La locomotora marchaba a toda velocidad cruzando la pradera. Atrás quedaba la manada, otras se divisaban a lo lejos moteando la llanura. Pararon en Bismarck, en realidad, unas casetas de madera alineadas a ambos lados de la calle que discurría paralela al río. Bajaron los españoles, dirigieron sus pasos al gran rumor de agua que se oía detrás del apeadero. Tomaron por un camino muy pendiente, lleno de barro. Pasados unos árboles se dieron de frente con el Missouri majestuoso.
           En el pueblo, Paco y Juanito anduvieron por las aceras entabladas buscando una barbería. Vieron un cartel: el forajido representaba a un hombre joven, había robado treinta mil dólares en un banco de Northfield, Minnesota. Cinco mil se ofrecían por su captura, vivo o muerto. Juanito le encontró parecido con el bandolero Pasos Largos, al que no hacía mucho cazaron en la sierra Tiñosa, cerca de Priego de Córdoba. Paco le dijo que todos los bandidos se parecían un poco, que quizá Lombroso llevaba razón y existía una fisiognomía de la maldad. 
           Por la tarde, caminaron los invitados otra vez hasta la orilla del Missouri. Formaban la comitiva damas con floridos sombreros acompañadas por caballeros de barba y bastón. Los criados cerraban el cortejo, a una distancia discreta cabalgaban los soldados. Llegaron a un grupo de tiendas cónicas cubiertas con pieles de bisonte. Ante la puerta de cada una esperaba una familia crow vistiendo traje ceremonial. Junto al río pastaban trabados los caballos. Se reunieron todos en el centro del campamento y al poco aparecieron unos guerreros con las caras  pintadas, empuñando jabalinas emplumadas. Comenzaron la danza de los espíritus. Daban grandes saltos, se acometían, gritaban..., y  a medida que crecía el ritmo de los tambores, parecían ponerse más exaltados. A Victoria la acompañaban sir Lionel y lady Derby. No lejos, en un lugar desde el que podían verla a placer, se habían situado Juanito y Paco. Juanito le daba con el codo a su amigo: “Aquella india gorda le parece a la jueza  Chivers, te mira con ojos devoradores. ¿Qué les das?”, “Mira la avutarda que tiene a su lado Victoria”.
        Los guerreros se movían con feroces convulsiones dando alaridos perfectamente salvajes. Uno de ellos se detuvo para hacer sus contorsiones justo frente a los ingleses, mirándolos mientras gritaba. Lady Derby pensó que los organizadores le habrían encargado aquel sector del público. Sin embargo, Victoria sabía quién era la elegida. El indio se descoyuntaba, giraba, ululaba... pero sus ojos lanzaban unos destellos concentrados que siempre terminaban en ella. A la tercera parada, comenzó a inquietarse ante aquel salvaje con rictus de filo de cuchillo, dientes amarillos de tigre y cabello grasiento, negrísimo. El rugido profundo que emitía el guerrero le recordó los roncos suspiros del bisonte macho. Se apretó un poco contra lady Derby. Miró a su padre, le vio embelesado, con cara de inocente turista satisfecho ante aquellos buenos salvajes que le estaban divirtiendo.
       Fueron apagando el ritmo los tambores. Los indios se dirigieron al centro, levantaron las manos hacia el cielo y dieron un grito común que acabó con la danza. Tronó una salva de aplausos. Los que hacían los soldados, desde los caballos, con sus grandes guantes amarillos, sonaban como si batieran colchones. Los guerreros comenzaron a retirarse. Todos menos uno. El que había mirado a Victoria se dirigió hacia los ingleses con gran agilidad llevando su lanza y una bolsa de piel. Sin mirar a nadie, se puso delante de ella, y le dijo:  “Me go. You go”, señalando a una tienda cercana de la que salía un humillo hogareño. Repetía las palabras y enseñaba la bolsa, pero eran sus ojos los más elocuentes. Sólo el miedo al rechazo o al ridículo velaban la autoritaria seriedad con que el joven exponía su demanda viril. Al ver que Victoria no reaccionaba y que una sonrisa de circunstancias había quedado congelada en su boca, el indio extendió el brazo hasta tomarle la mano. En ese momento, sir Lionel la cogió del otro brazo y, mirando severamente al salvaje, la apartó de él. Los soldados se dirigieron hacia el joven increpándole con gestos desabridos. Todavía Victoria pudo ver la cara de desengaño que le quedó al guerrero. Un lingüista alemán, que había contemplado la escena, se apresuró a hablar con sir Lionel en un aparte.
      − Mientras estén aquí sería prudente poner vigilancia especial a su hija. Los guerreros crow cuando eligen mujer en público comprometen su posición social. No me extrañaría que éste intentara un rapto. Se han dado casos. Debe hablar con Villard de esto.
          Victoria, más pálida de lo normal, parecía atender a las palabras tranquilizadoras de su tía. En realidad, continuaba viviendo la escena del joven indio solicitándola. En adelante, debía ser sumamente discreta, no levantar la fiera en nadie, posar sus ojos con frialdad en las personas inflamables, economizar gestos, reprimir sonrisas, convertirse en una momia. ¿O, acaso, no resultaría magnífica una aventura con aquel joven guerrero fuerte y decidido? Un sueño entre árboles, una huida a caballo... y despertar en un valle florido con terneritos. Lady Derby la sacó de sus fantasías. Era de noche, había que volver al tren.        
        Villard se tomó en serio la advertencia. En la puerta del vagón “De la Warr” ya montaban guardia dos vigilantes. Victoria, recuperada de la impresión, consideraba ahora el suceso como una anécdota entre circense y romántica. En su departamento le esperaban las doncellas para arreglarla. Por la noche tendría lugar una velada musical. Se encontraba pegajosa, sucia, con los huesos doloridos sin haber realizado esfuerzo alguno. Soñaba con un baño caliente, mandó que le prepararan las toallas.
         Juanito recorría, curioseando, los pasillos del tren. Entró en los vagones de lujo. Detrás de la barra del bar, un patilludo camarero negro limpiaba los vasos. Atravesó varios vagones más. Cuando iba a volverse, atisbó, en uno de los departamentos finales del  pasillo, una ráfaga negra, larga, que ondeó por un instante fuera de la portezuela. Desde donde se encontraba, le pareció la cola de un caballo. Desechó la posibilidad del equino: los americanos resultaban imprevisibles, pero los empleados de Pullman no le harían la cama a un caballo. Se iba a retirar con el convencimiento de haber sufrido una ilusión visual, cuando oyó la voz de Victoria. En ese momento, ella salió al pasillo, miró distraída a su alrededor, vio a Juanito y volvió a entrar en el departamento. Juanito quedó quieto, confundido. Victoria salió otra vez y, con la sonrisa en los  labios, se dirigió hacia él.
        − Nadie me ha visto así.          
        − Estaba conociendo el tren... − disimuló, trémulo, Juanito.
        − Llevo mucho tiempo sin verte. No quieres nada con los amigos − dijo ella, divertida por la cara de pasmo del muchacho.     
          La melena le llegaba hasta las rodillas; el pelo negro, denso, con tonos rojizos, se derramaba por sus hombros y caía por la espalda, ensanchándose en una orla final recortada a la perfección. Juanito pensaba: " ¿Cómo es posible que se ofrezca a mi vista con la melena suelta? ¿Tanta confianza tiene en mí? Ese pelo es parte de su cuerpo, me hace pensar en ella desnuda, en cómo debe cubrir su piel caliente y suave. ¡Quién pudiera sumergirse en esa negrura, tenerla entre  las manos, acariciarla! Es demasiado largo y oscuro, me está provocando. ¿De dónde le vendrá la manía?, ¿de una promesa? En España algunas mujeres lo hacen. Su madre era bailaora".
         − Me lo dejo tan largo porque me da pena cortarlo.
          Juanito la veía, a la débil luz del pasillo, con los ojos profundos, las pupilas dilatadas, la sonrisa amiga; se hundía por momentos en una sima de miel y de peligro, no debía mirar esos ojos. La voz de Victoria le llegaba a un lugar donde sólo parecía hablarle a él; su español  sonaba más imperfecto y tierno que nunca. Sin darse cuenta, se habían salido del ángulo de visión de las doncellas. Juanito cogió su mano. Ella no la retiró, ni se puso en tensión; siguió mirándole, pero ahora interrogante. “Amigo, ¿qué esto?”. Él la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. Victoria soltó la mano. Juanito la cogió del cuello y la besó a la fuerza chocando sus labios con la boca cerrada de ella. Victoria le empujó contra la pared del pasillo.
        − Llamaré a las doncellas, estúpido.
         Juanito, con los ojos rojos, volvió a acercarse. Susurrando para que no cumpliera su amenaza, le dijo:
        − Si recibes mis flores, ¿por qué no quieres mis besos? ¿Por qué me miras hasta derretirme el alma? Si no me quieres, déjame en paz.
        − Yo no te miro de manera especial. Tú sí me miras como un bisonte.
         Bruscamente, salió corriendo y se introdujo en el departamento.
        Juanito se dirigió al bar; allí, se desplomó en un  taburete y le pidió al camarero un coñac. El negro se negó a servirle. Él insistió: lo necesitaba, tenía el frío metido en los huesos, quizás hasta fiebre, no podía hacerle eso a un compañero. Por fin, le puso la copa. Cuando el licor atravesó su garganta, recuperó un poco el ánimo. Se despidió del barman con un gesto de agradecimiento.
        Llegaron a Helena, cerca de la Divisoria Continental. Rodeada de bosques, la aldea se encontraba en la ladera norte de unos picos nevados. Con sus casas de madera, parecía salida de un cuento infantil. La niebla de la mañana sumergía las viviendas en una atmósfera nórdica. Casi todos los hombres que podían verse desde el tren iban forrados de pieles y llevaban pistola. Hubo un pequeño comité de bienvenida formado por empleados de Villard, vestidos de limpio, y por los inevitables indios. A pesar del frío, los invitados bajaron del tren. Caminaron, dirigidos por el magnate, hasta un valle en el que se desplegaba un gran lago de agua esmeralda. Entonces, emergió Victoria de la niebla. Al pasar junto a Juanito, no echó la cara a otro lado, sólo miró hacia delante en busca del lago, como si anhelara meterse en él. Juanito sintió cómo se le encogía el pecho. Le había visto con toda seguridad. ¿Cómo podía mostrarse tan indiferente? Una cosa era que él se hubiera propasado, y otra muy distinta que no cruzara siquiera una mirada de reconocimiento. “Eres tú, te veo, existes...”. Victoria saludó a un niño, le cogió en brazos, le sacudió el pelo. Aullaron lobos en la lejanía. Debían de estar a mucha distancia, pero se oían muy cerca en aquel silencio. Todos quedaron mirándose en suspenso, hasta que Victoria dijo:
          − Los lobos huyen del fuego.
          − Y precisamente aquí no tenemos − contestó, rápida, lady Derby, antes de dar media vuelta y dirigirse hacia el tren.
            Dos días después, al oír el cañonazo, supieron que habían llegado a Deer Lodge. Paró el tren, la banda de música inició “Yankee Doodle”. Los mineros, los granjeros, los ferroviarios que esperaban en el andén dieron vivas, levantaron alegres sus sombreros. Bajó Grant y arreciaron los aplausos. El general recibía las aclamaciones con el mismo gesto que tendría con sus nietos el día del cumpleaños. Aprovechó Villard para salir a continuación, seguido por los senadores y demás políticos. No había tiempo que perder. Todos se dirigieron a pie por la vía hacia el último empalme. La locomotora les seguía despacio. Llegaron a un prado en el que se levantaba una tribuna cuajada de banderas, farolillos y estacas coloreadas. Vinieron los discursos. Los periodistas ocuparon la primera fila, habían sido premiados por Villard con algo más que el viaje. Todos venderían Yellowstone. 
            Un grupo de indios formaba en dos columnas con sus trajes ceremoniales a la izquierda del estrado. Victoria trataba de distinguir entre ellos a su pretendiente; nada, todos eran viejos o mujeres. Sólo uno parecía contar con menos de cincuenta años, pero su extraño maquillaje le delataba como hechicero. Miró más allá, hacia los árboles, por si su héroe aparecía a caballo. Con una mezcla de alivio y decepción descubrió que no. Sonó otra vez la música mientras las personalidades bajaban de la tribuna. La hierba fresca del prado mojaba los  vestidos de las damas. Victoria se esforzaba por no embarrar sus botines italianos. Llegaron al último tramo de la vía; se detuvieron y esperaron a que la locomotora del Oeste apareciera para enfrentarse a la del Este, que ya se encontraba allí. Pasados unos minutos, se oyó el triunfante silbato y apareció un enjambre de hombres montados encima de la máquina, cubriéndola por entero, situados en todos los lugares posibles, excepto sobre la chimenea. Gritos, cánticos y saludos. Villard cedió a Grant un enorme martillo. El general se dirigió hacia un raíl que brillaba más que los demás. Cuando el círculo de autoridades estuvo formado, levantó el mazo como un atlante y lo descargó sobre la cabeza de un clavo de plata que, al hundirse en la madera de la traviesa, produjo un chasquido seco, terminante. Estallaron los vítores. A continuación, las dos locomotoras avanzaron despacio hasta tocar sus narices como dos camellos amistosos. Irrumpió la música, volvió a sonar “Yankee Doodle”,  le siguió “God save the queen”, en honor de los británicos. Los obreros de ambos trenes se abrazaban, lanzaban al aire las gorras, intercambiaban sus martillos.
          Empezó el baile en la calva del prado. Vasos de sidra, licor de arándanos, whisky..., todo corría por las gargantas festivas. Los indios no paladeaban la bebida, la engullían ansiosamente. Cuando los rugidos de algunos borrachos se hicieron molestos, un sargento de caballería acompañado por cuatro soldados, fue concentrando a los indios con chasquidos de la lengua semejantes a los que hace un pastor para llamar a las ovejas. Reunidos todos, los escoltó fuera del lugar.
 

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lunes, 2 de agosto de 2010

7. Juanito rabia

    − ¡Puta gitana, esto no me lo vas a hacer más!
    Decía Juanito a Victoria, mirándose al espejo en el cuarto de baño. Toda la noche la pasó despierto, sacudido por la vergüenza, maquinando venganza. ¡Que una hija de puta gitana pusiera en ridículo a un legítimo noble español era afrenta que no podía quedar en nada! ¡Y por un poetastro cubano! Su imaginación tramaba violarla, apalearla, dejarla desnuda abandonada en la nieve para que no encendiera más su mente. Con la cara llena de jabón, la navaja de afeitar dispuesta para iniciar el corte, hizo una mueca que se convirtió de repente en risa forzada. Abrió con desmesura la boca, enseñó los dientes de fiera, propinó sablazos y mandobles a la mujer que había detrás del espejo. Sólo cuando empezó a entonar su canturreo amigo, volvió a la realidad e inició el afeitado. Hoy el canto era mustia, monótona letanía salpicada por elevaciones periódicas, como los rosarios de las beatas.
    Don Juan, tras una noche feroz de insomnio, oía desde su habitación la cancamurria del sobrino pensando que ya cantaban los frailes el gori-gori de su entierro. Extrañaba la cama, no acababa de acostumbrarse al olor de la nueva casa. Hacía una semana que se habían mudado a la Avenida de Massachusetts 1447. Era una vivienda todavía modesta − pero más alegre − para la que estaba comprando muebles decentes asesorado por Catalina. La dueña había dejado en la casa una máquina de coser y, en la cocina, una caja inmensa donde las carnes se podían tener en hielo. Total, por 150 dólares al mes. No era mal negocio, debía agradecérselo a los buenos oficios de su amiga.
    Juanito bajó a desayunar a las once. Apareció fresco, sin ojeras, despidiendo perfume parisino. Llamó al criado.
− Víctor, vas a ir a la floristería Passtich por dos docenas de rosas, les pones mi tarjeta y las dejas en la embajada británica. Cuando vengas de allí, te pasas por casa de Miss Mc Ceney y le das esta bomba, que es de su biciclo.
− Señorito, me debe usted treinta duros de otras veces. Si no me da el dinero, no iré. Además tengo muchas cosas que hacer − refunfuñó el criado.
− Desgraciado − montó en cólera Juanito −, tu estás para hacer lo que yo te diga; y de dinero no hablemos, que gracias a la cachaza de mi tío te mantienes aquí. Si él quisiera, volverías a Salamanca a cuidar cochinos, que es tu destino natural.
    Víctor enrojeció; miró a Juanito con malas intenciones. Su complexión fuerte, rechoncha, se dirigió amenazante hacia la frágil figura del agregado. Pero en ese momento entraba en el comedor Therèse, la cocinera, con la bandeja del desayuno en las manos. Acostumbrada a este tipo de altercados, impuso el orden, y concluyó:
− Usted, don Juanito, dele el dinero a Víctor; y tú, Víctor, ve por las rosas, que aquí no hay mucho que hacer.
    Resuelta la trifulca, después de desayunar, entró el agregado en la oficina. En su mesa le esperaban varios asuntos de trámite. Convencido de que nunca escribiría bien el inglés, había decido contratar trabajo mercenario. Se acercó, melifluo, al criado Andrés, que limpiaba las ventanas. Le dijo: "Mañana te pago. Pero, por favor, hazme este despacho ahora". "Después de la tarea", le contestó el criado. Andrés tenía una novia americana, era despierto y hablaba el mejor inglés de la embajada. Escribía con una letra preciosa, de firme dibujo, sin cometer faltas de ortografía. Justo lo contrario de Juanito, que emborronaba mil cuartillas con membrete oficial hasta conseguir algo decente.    Después de convencer al criado y dejarle sentado en su mesa, Juanito se dirigió a la de Paco Bustamante, enfrascado en resumir la prensa, que aquel día venía interesante.
    Paco se levantó y fue a mostrarle las noticias a don Juan. Ni miró a Juanito cuando éste le propuso dar un paseo por el Mall. El sobrino, al ver que no se le hacía caso y que allí se trabajaba, trató de escabullirse hacia la puerta de la calle. Su tío, desde el despacho, le llamó. Don Juan vio a su sobrino dirigirse hacia él esplendente, repeinado, con la piel descansada y porosa, la ropa recién planchada.
− ¿Necesitas algo? Voy de compras − dijo Juanito solícito.
− ¿Has terminado los informes? Esta tarde tienen que estar listos.
− Eso lo hago yo en un santiamén después de comer.
− ¿Y no vas a dormir la siesta?
− No te preocupes... igual me los hace Bustamante, son poca cosa.
− No te he visto sentado a la mesa de trabajo ni un solo día. No digo que tengas un horario fijo, como un oficinista, pero el papeleo mínimo sólo se puede hacer si uno lee, escribe y despacha.
− Tío, no te enfades conmigo. Sabes que odio los papeles, que no se me dan bien; además, tengo alergia al polvo de los papiros. Mi madre te ha dicho lo malo que me ponía de pequeño cuando cogía los libros de la biblioteca de mi casa. Ya no tengo esos ataques respiratorios, pero no debo exponerme... Por cierto, Víctor no quiere limpiar a fondo los cajones de mi armario. Debes recordarle cuáles son sus obligaciones.
− Tienes que dar ejemplo. No puedo permitir que te vayas de paseo mientras los demás cumplen con su trabajo, y menos que les mandes tareas que te corresponden. Si quieres salir, presentame el informe.
− (...)
− ¡Cállate! − le gritó don Juan.
− ¡Si no he dicho nada! − protestó Juanito.
− Pero te oigo pensar.
− Si me oyeras pensar, no escucharías más que cosas buenas para España.
− Por ejemplo…
− Que hay que poner vigilancia al cubano. Está claro que es un individuo peligroso.
− ¿Para quién? Yo creo que no es más que un poeta; exaltado y febril con las palabras, pero, como todos, torpe en los mecanismos prácticos de la vida.
− Pues yo le veo cara de clandestino. Nos odia.
− ¿Qué quieres?, ¿que recurramos a los espías?
− Si eso no te gusta, o resulta muy caro… puedes pedir informes al Capitán General de Cuba, aprovechando que le vas a telegrafiar.
− Tú lo que tienes que hacer es ponerte a trabajar.
    Don Juan se levantó del sillón, fue hacia la puerta y le cerró el paso con el brazo. Con gesto terminante le señaló el camino de la oficina. El sobrino esbozó una sonrisa turbia de picardía y se replegó hacia la oscuridad del pasillo.
    Media hora después, Juanito, aprovechando que su tío se había marchado, salió a la calle. Se dirigió a la iglesia católica de Saint Matthew con la esperanza de ver a Victoria. No era la primera vez que la acechaba en sus misas. Se arrodilló en el primer banco, la cabeza inclinada sobre el pecho, juntas las manos en oración. La misma postura que de pequeño adoptaba en la capilla de los jesuitas. Luego, fue a confesarse con el padre Conagan. Ante el buen cura irlandés, inició la retahíla de sus pecados. Le hablaba de sus malos pensamientos, de sus sueños horribles y, sobre todo, de Victoria: en algunos momentos sentía ganas de matarla, para que no le tuviera más en una llaga viva, para que no fuese de otro. El padre Conagan comprendía algo de castellano; así que, Juanito, mezclando su inglés infernal − en el que declaraba lo perdonable − con un andaluz suelto, velocísimo − en el que confesaba lo imperdonable −, sumía al cura en una resignada actitud que podía condensarse en: “dejemos a este muchacho que se desahogue”. “Diez avemarías a la Virgen”, sentenció Conagan. A la hora de la comunión, el agregado se dirigió modoso, limpio como un nardo, hacia el sacerdote, abrió, cándido, la boca y se dispuso a recibir el cuerpo de Cristo.
    Al acabar la misa, esperó dentro de una capilla lateral hasta que Victoria saliera al exterior. Los fieles, en el claustro norte, charlaban con el padre que, de grupo en grupo, despedía a su rebaño. Victoria aguardaba turno. Juanito aprovechó el momento y apareció con la cara transformada por la ingestión de la hostia, la mirada plena de recogimiento, la actitud mansa del santificado... Cuando estuvo a pocos pasos de ella, aparentó volver en sí, reconocerla, y regresó a este mundo de pecado; entonces, enfocó sus ojos perdidos y dijo: “¡Ah, estás ahí! No te había visto”. Al instante, ya le estaba alabando el traje, la sutilísima colonia que sólo él podía apreciar, el detalle floral de su sombrero. Se acercó el padre Conagan y volvió el agregado a adoptar el aire místico. Cuando el cura se despidió, Juanito propuso a Victoria acompañarla hasta la embajada. Horas doradas, pletórico, sin rival, daba pequeños saltos delante de ella, haciéndola reír, sorprendiéndola con el halago: “Tienes el perfil de Lillie Langtry". “Andas como una oca. Eres una oca. Un hada te ha transformado para que me hechices”. Cuando Juanito decidió parar de moverse y de hablar, Victoria le preguntó:
− ¿Te has comprado ya la pistola para el Oeste?
− ¿Qué Oeste? − contestó él con la boca abierta.
− ¿No os ha invitado Villard?
− ¿Quién es ese Villard?
− El dueño del ferrocarril. Va a ir todo el mundo. Será muy excitante.
    Juanito quedó sin saber qué decir, pero firmemente decidido a no perderse el evento. Continuaron andando hasta Tydal Basin, allí echaron maíz a los patos. Luego cogieron una barca. Juanito remaba resoplando, Victoria miraba indiferente a los cerezos japoneses de la orilla.
    Don Juan, por su parte, había salido dispuesto a ir por cuarta vez en una semana a recoger los pagarés firmados a Jessop. En dirección a la sucursal, caminó por la avenida de Pennsylvania, que ya no escondía secretos para él. Paró en la librería Thompson y compró la obra de Lyell que le pidió Cánovas. Le costó un dineral. Caracterizaba al Monstruo esa insensibilidad respecto a las finanzas ajenas. Pero, bueno, poseía otras virtudes: gracias a él tenía el dinero de Jessop y, sobre todo, el cargo, pues, como no se cansaba de pensar, hubiera sido lo más natural del mundo que un conservador cogiera a uno de su partido para América. Compró también un libro de Flammarion sobre astronomía, debía familiarizarse con las estrellas en muy poco tiempo.
    Llegó a la puerta del banco, el botones le dijo que el director no había llegado todavía. Don Juan, con paso decidido, rebasó al botones, atravesó el vestíbulo y se introdujo en la sala de juntas. Le salió al encuentro una secretaria, que le insistió en que su jefe no se encontraba allí. Ante la mirada de escepticismo de don Juan, le abrió la puerta del despacho. Estaba vacío.
    De vuelta en la embajada, tenía un telegrama cifrado procedente de Cuba. El Capitán General le avisaba de la llegada de un hombre de toda su confianza, astrónomo y marino, a quien encontraría en el Congreso del Meridiano.
    Al día siguiente, Juanito buscó la invitación al viaje. Había llegado, pero nadie la consideró. Trató de convencer a su tío para que hiciera las maletas. Don Juan se negó en redondo porque tenía que asistir al congreso; también por el reuma, las incomodidades y los apaches. Pestaña renunció. Por fin, logró convencer a Paco; éste, como secretario segundo, iría representando a España. Juanito le acompañaría de "attaché". No llevarían servicio, pero todo era gratis. A excepción del presidente, de la reina Victoria y del zar, buena parte de la crema diplomática, política e intelectual americana iba a asistir a la colocación del último clavo en el Northern Pacific Railway, en Deer Lodge, Oregón.


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