martes, 3 de agosto de 2010

8. Viaje al Oeste

Capítulo anterior
            Sir Lionel le dijo a Victoria que Henry Villard había organizado el viaje porque se hallaba en dificultades económicas: debía mostrar fortaleza ante los rumores de crisis, dar confianza a los inversores; y también por Yellowstone: había olfateado el gran negocio de abrir aquel  paraje de Las Rocosas al americano medio. El Northern Pacific Railway, la unión del Este con el Oeste por un ferrocarril que atravesara el Norte, por muy costosa que fuera, se convertiría al poco tiempo en una mina de oro. Sir Lionel le dijo a su hija, además, que se sentía muy orgulloso de que el magnate hubiera puesto el nombre “De la Warr” al vagón asignado a los británicos, en honor de un antepasado que fue gobernador de Virginia durante el reinado de Jaime I.
            Victoria y lady Derby, con blancas pamelas, vestidas de tabaco y crema, llegaron a la estación de Nueva York. Miraban curiosas a todas partes, sin parar de hablar. Las doncellas andaban detrás, cargadas de sombrereros, maletines, paraguas... A pie de tren, las recibió el mismo Villard y les indicó el departamento que debían ocupar. Lady Derby preguntó al magnate si contarían con agua caliente en el vagón. Villard la miró muy concentrado, buscando una respuesta diplomática, y dijo: “No, hasta que lleguemos a Yellowstone”, rompiendo a reír como sólo un presidente de compañía de ferrocarril puede hacerlo.
          − ¿Yellowstone? − preguntó lady Derby, un poco turbada por aquella expansión imprevista del sanguíneo plutócrata.  
          − Sí, tía. Es un bosque descubierto hace poco que tiene aguas termales y geisers altísimos − le adoctrinó Victoria.
          − Perfecto, lo veremos. Quizás nos vengan bien esas aguas.
       Victoria, desde que salieron de Washington, no se había separado de lady Derby. Le encantaba su tía: espigada, pálida, con ojos grises y nariz de puente poderoso sobre el que encaramaba los impertinentes cuando quería investigar algo de cerca. Podía ser despiadada juzgando a un "parvenu" o a un filisteo, pero también ardorosa defensora de inocentes. A ella debía Victoria, en gran medida, su traslado a Washington. Como el entusiasmo de los americanos por su sobrina había llegado hasta Knole, lady Derby aceptó la invitación de Villard para ver con sus propios ojos el éxito de su protegida; además, oficiosamente, se podía decir que representaba a la reina Victoria.
           Llegaron a Minneapolis. Todo el mundo bajó del tren para tomar el desayuno. En un prado cercano a la estación, Villard había dispuesto mesas sobre las que brillaban verdaderos manjares: pollo de las praderas, lengua de bisonte, ostras, champán... El general Grant hizo un discurso, le siguió Villard. Cuando el grupo de ingleses se abrió, Paco y Juanito pudieron ver, tras aquella muralla de elegantes levitas y copudos sombreros, una flor blanca, quizás un poco pálida, pero con más brillo en los ojos que en Washington. Victoria les mandó una sonrisa encantadora. Lady Derby, que estaba a su lado, la captó, miró a los destinatarios y puso tal cara de extrañeza que Victoria se creyó en la obligación de aclarar que aquellos eran amigos suyos, diplomáticos españoles.
       − ¿Diplomáticos..., pues parecen "valets"? − exclamó lady Derby
       -  En España empiezan la carrera desde abajo − repuso seria Victoria.
           Lady Derby no la creyó. Estaba convencida de que Juanito y Paco eran lo que parecían: criados. Pero sabía de la sangre española de su sobrina, de las normas audaces que había establecido en la legación británica, de su éxito con los jóvenes. Y en fin, aquellos lo eran. 
           Terminado el desayuno subieron al tren, continuó la marcha. Lady Derby y Victoria, una frente a otra, no acababan de fijar su atención en el libro que tenían abierto en el regazo. La hierba alta, parda, manchada de cardos amarillos, se extendía hacia el horizonte. Al poco tiempo, el tren disminuyó la velocidad hasta ponerse a paso de carreta. Oyeron en el vagón voces de ajetreo. El tren terminó deteniéndose, una manada de bisontes ocupaba la vía. Se asomaron a la ventanilla, vieron un mar de morrillos crespos y marrones hozando la tierra con grandes caretas barbadas. A ambos lados de la vía se esparcía la manada. Después de este espectáculo, sucedió una escena más íntima. Uno de los enormes animales levantó las patas delanteras y trató de cubrir a una hembra que tenía la cabeza humillada. Al elevarse, el macho mostró su verga triunfal, flamígera. Lady Derby miró a Victoria para iniciar un comentario jocoso ante aquella evidencia insoslayable, pero vio en su sobrina tal cara de sorpresa, tal expresión de extrañeza y confusión, que inmediatamente sospechó el motivo.
           − ¿Qué pasa, querida? − preguntó lady Derby con entonación afectuosa.
           − Ese animal está enfermo − dijo Victoria con los ojos muy abiertos.
           − En cierto modo sí, pero de una enfermedad deseada por todas las criaturas, incluidas las humanas − observó con delicadeza lady Derby, al ver que no había asomo de humor en su sobrina.
          − No sé a qué te refieres, tía.
           En este punto, el bisonte había logrado el acoplamiento de una manera pedagógica. Victoria pudo ver claramente, como en una lámina de anatomía, la trayectoria del brioso proyectil y la doméstica recepción efectuada por la hembra. El resto de la manada no se inmutó ante la trepidación de aquellas moles peludas, pero Victoria comprendió que la  enfermedad no la padecía sólo el macho. Sintió nacer en las raíces de su melena un picor cálido que se le extendió a toda la cara.
             − Me refiero, sobrina, a que esa enfermedad es la que tiene prevista el buen Dios para que todos nazcamos. Ese enorme artefacto hinchado es necesario que penetre en nuestra entrepierna para que podamos tener hijos − dijo Lady Derby con expresión jocosa, deportiva −. En fin, tenemos que hacer frente al asunto, y con buen ánimo.
           La hembra bufaba de vez en cuando, el macho emitía unos ronquidos hondos que hacían retumbar el aire. Se oyó un disparo en la cabecera del tren. Los maquinistas despejaban la vía de bisontes. Luego empezaron a sonar los tiros en los vagones más cercanos. Lady Derby se asomó prudentemente y vio los fusiles saliendo por las ventanas de los pasajeros. Un gran animal se desplomó, después otro. La organización había repartido rifles a los invitados. Sir Lionel tenía encarado el winchester y apuntaba con la misma impunidad que a los platillos de una caseta de feria. Su gorra escocesa temblaba a cada disparo, mientras los animales caían.
           Victoria se apartó de la ventana y permaneció encajada en su asiento con la barbilla pegada al pecho. Ahora se le aparecía a otra luz la mirada ávida de Juanito, la vibración impaciente de Roustan, la humedad empalagosa de los ojos del presidente Arthur. Todo se reducía, pues, a escaramuzas preparatorias para el gran momento. Imaginaba que algún intercambio tenía que haber en la cama, pero no algo tan violento, tan concreto.            
           El tren se puso en marcha. Aún se oían los disparos. Victoria se levantó y vio con alivio que la pareja de bisontes continuaba viva. Entonces comenzó una larga conversación con su tía.
           La locomotora marchaba a toda velocidad cruzando la pradera. Atrás quedaba la manada, otras se divisaban a lo lejos moteando la llanura. Pararon en Bismarck, en realidad, unas casetas de madera alineadas a ambos lados de la calle que discurría paralela al río. Bajaron los españoles, dirigieron sus pasos al gran rumor de agua que se oía detrás del apeadero. Tomaron por un camino muy pendiente, lleno de barro. Pasados unos árboles se dieron de frente con el Missouri majestuoso.
           En el pueblo, Paco y Juanito anduvieron por las aceras entabladas buscando una barbería. Vieron un cartel: el forajido representaba a un hombre joven, había robado treinta mil dólares en un banco de Northfield, Minnesota. Cinco mil se ofrecían por su captura, vivo o muerto. Juanito le encontró parecido con el bandolero Pasos Largos, al que no hacía mucho cazaron en la sierra Tiñosa, cerca de Priego de Córdoba. Paco le dijo que todos los bandidos se parecían un poco, que quizá Lombroso llevaba razón y existía una fisiognomía de la maldad. 
           Por la tarde, caminaron los invitados otra vez hasta la orilla del Missouri. Formaban la comitiva damas con floridos sombreros acompañadas por caballeros de barba y bastón. Los criados cerraban el cortejo, a una distancia discreta cabalgaban los soldados. Llegaron a un grupo de tiendas cónicas cubiertas con pieles de bisonte. Ante la puerta de cada una esperaba una familia crow vistiendo traje ceremonial. Junto al río pastaban trabados los caballos. Se reunieron todos en el centro del campamento y al poco aparecieron unos guerreros con las caras  pintadas, empuñando jabalinas emplumadas. Comenzaron la danza de los espíritus. Daban grandes saltos, se acometían, gritaban..., y  a medida que crecía el ritmo de los tambores, parecían ponerse más exaltados. A Victoria la acompañaban sir Lionel y lady Derby. No lejos, en un lugar desde el que podían verla a placer, se habían situado Juanito y Paco. Juanito le daba con el codo a su amigo: “Aquella india gorda le parece a la jueza  Chivers, te mira con ojos devoradores. ¿Qué les das?”, “Mira la avutarda que tiene a su lado Victoria”.
        Los guerreros se movían con feroces convulsiones dando alaridos perfectamente salvajes. Uno de ellos se detuvo para hacer sus contorsiones justo frente a los ingleses, mirándolos mientras gritaba. Lady Derby pensó que los organizadores le habrían encargado aquel sector del público. Sin embargo, Victoria sabía quién era la elegida. El indio se descoyuntaba, giraba, ululaba... pero sus ojos lanzaban unos destellos concentrados que siempre terminaban en ella. A la tercera parada, comenzó a inquietarse ante aquel salvaje con rictus de filo de cuchillo, dientes amarillos de tigre y cabello grasiento, negrísimo. El rugido profundo que emitía el guerrero le recordó los roncos suspiros del bisonte macho. Se apretó un poco contra lady Derby. Miró a su padre, le vio embelesado, con cara de inocente turista satisfecho ante aquellos buenos salvajes que le estaban divirtiendo.
       Fueron apagando el ritmo los tambores. Los indios se dirigieron al centro, levantaron las manos hacia el cielo y dieron un grito común que acabó con la danza. Tronó una salva de aplausos. Los que hacían los soldados, desde los caballos, con sus grandes guantes amarillos, sonaban como si batieran colchones. Los guerreros comenzaron a retirarse. Todos menos uno. El que había mirado a Victoria se dirigió hacia los ingleses con gran agilidad llevando su lanza y una bolsa de piel. Sin mirar a nadie, se puso delante de ella, y le dijo:  “Me go. You go”, señalando a una tienda cercana de la que salía un humillo hogareño. Repetía las palabras y enseñaba la bolsa, pero eran sus ojos los más elocuentes. Sólo el miedo al rechazo o al ridículo velaban la autoritaria seriedad con que el joven exponía su demanda viril. Al ver que Victoria no reaccionaba y que una sonrisa de circunstancias había quedado congelada en su boca, el indio extendió el brazo hasta tomarle la mano. En ese momento, sir Lionel la cogió del otro brazo y, mirando severamente al salvaje, la apartó de él. Los soldados se dirigieron hacia el joven increpándole con gestos desabridos. Todavía Victoria pudo ver la cara de desengaño que le quedó al guerrero. Un lingüista alemán, que había contemplado la escena, se apresuró a hablar con sir Lionel en un aparte.
      − Mientras estén aquí sería prudente poner vigilancia especial a su hija. Los guerreros crow cuando eligen mujer en público comprometen su posición social. No me extrañaría que éste intentara un rapto. Se han dado casos. Debe hablar con Villard de esto.
          Victoria, más pálida de lo normal, parecía atender a las palabras tranquilizadoras de su tía. En realidad, continuaba viviendo la escena del joven indio solicitándola. En adelante, debía ser sumamente discreta, no levantar la fiera en nadie, posar sus ojos con frialdad en las personas inflamables, economizar gestos, reprimir sonrisas, convertirse en una momia. ¿O, acaso, no resultaría magnífica una aventura con aquel joven guerrero fuerte y decidido? Un sueño entre árboles, una huida a caballo... y despertar en un valle florido con terneritos. Lady Derby la sacó de sus fantasías. Era de noche, había que volver al tren.        
        Villard se tomó en serio la advertencia. En la puerta del vagón “De la Warr” ya montaban guardia dos vigilantes. Victoria, recuperada de la impresión, consideraba ahora el suceso como una anécdota entre circense y romántica. En su departamento le esperaban las doncellas para arreglarla. Por la noche tendría lugar una velada musical. Se encontraba pegajosa, sucia, con los huesos doloridos sin haber realizado esfuerzo alguno. Soñaba con un baño caliente, mandó que le prepararan las toallas.
         Juanito recorría, curioseando, los pasillos del tren. Entró en los vagones de lujo. Detrás de la barra del bar, un patilludo camarero negro limpiaba los vasos. Atravesó varios vagones más. Cuando iba a volverse, atisbó, en uno de los departamentos finales del  pasillo, una ráfaga negra, larga, que ondeó por un instante fuera de la portezuela. Desde donde se encontraba, le pareció la cola de un caballo. Desechó la posibilidad del equino: los americanos resultaban imprevisibles, pero los empleados de Pullman no le harían la cama a un caballo. Se iba a retirar con el convencimiento de haber sufrido una ilusión visual, cuando oyó la voz de Victoria. En ese momento, ella salió al pasillo, miró distraída a su alrededor, vio a Juanito y volvió a entrar en el departamento. Juanito quedó quieto, confundido. Victoria salió otra vez y, con la sonrisa en los  labios, se dirigió hacia él.
        − Nadie me ha visto así.          
        − Estaba conociendo el tren... − disimuló, trémulo, Juanito.
        − Llevo mucho tiempo sin verte. No quieres nada con los amigos − dijo ella, divertida por la cara de pasmo del muchacho.     
          La melena le llegaba hasta las rodillas; el pelo negro, denso, con tonos rojizos, se derramaba por sus hombros y caía por la espalda, ensanchándose en una orla final recortada a la perfección. Juanito pensaba: " ¿Cómo es posible que se ofrezca a mi vista con la melena suelta? ¿Tanta confianza tiene en mí? Ese pelo es parte de su cuerpo, me hace pensar en ella desnuda, en cómo debe cubrir su piel caliente y suave. ¡Quién pudiera sumergirse en esa negrura, tenerla entre  las manos, acariciarla! Es demasiado largo y oscuro, me está provocando. ¿De dónde le vendrá la manía?, ¿de una promesa? En España algunas mujeres lo hacen. Su madre era bailaora".
         − Me lo dejo tan largo porque me da pena cortarlo.
          Juanito la veía, a la débil luz del pasillo, con los ojos profundos, las pupilas dilatadas, la sonrisa amiga; se hundía por momentos en una sima de miel y de peligro, no debía mirar esos ojos. La voz de Victoria le llegaba a un lugar donde sólo parecía hablarle a él; su español  sonaba más imperfecto y tierno que nunca. Sin darse cuenta, se habían salido del ángulo de visión de las doncellas. Juanito cogió su mano. Ella no la retiró, ni se puso en tensión; siguió mirándole, pero ahora interrogante. “Amigo, ¿qué esto?”. Él la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. Victoria soltó la mano. Juanito la cogió del cuello y la besó a la fuerza chocando sus labios con la boca cerrada de ella. Victoria le empujó contra la pared del pasillo.
        − Llamaré a las doncellas, estúpido.
         Juanito, con los ojos rojos, volvió a acercarse. Susurrando para que no cumpliera su amenaza, le dijo:
        − Si recibes mis flores, ¿por qué no quieres mis besos? ¿Por qué me miras hasta derretirme el alma? Si no me quieres, déjame en paz.
        − Yo no te miro de manera especial. Tú sí me miras como un bisonte.
         Bruscamente, salió corriendo y se introdujo en el departamento.
        Juanito se dirigió al bar; allí, se desplomó en un  taburete y le pidió al camarero un coñac. El negro se negó a servirle. Él insistió: lo necesitaba, tenía el frío metido en los huesos, quizás hasta fiebre, no podía hacerle eso a un compañero. Por fin, le puso la copa. Cuando el licor atravesó su garganta, recuperó un poco el ánimo. Se despidió del barman con un gesto de agradecimiento.
        Llegaron a Helena, cerca de la Divisoria Continental. Rodeada de bosques, la aldea se encontraba en la ladera norte de unos picos nevados. Con sus casas de madera, parecía salida de un cuento infantil. La niebla de la mañana sumergía las viviendas en una atmósfera nórdica. Casi todos los hombres que podían verse desde el tren iban forrados de pieles y llevaban pistola. Hubo un pequeño comité de bienvenida formado por empleados de Villard, vestidos de limpio, y por los inevitables indios. A pesar del frío, los invitados bajaron del tren. Caminaron, dirigidos por el magnate, hasta un valle en el que se desplegaba un gran lago de agua esmeralda. Entonces, emergió Victoria de la niebla. Al pasar junto a Juanito, no echó la cara a otro lado, sólo miró hacia delante en busca del lago, como si anhelara meterse en él. Juanito sintió cómo se le encogía el pecho. Le había visto con toda seguridad. ¿Cómo podía mostrarse tan indiferente? Una cosa era que él se hubiera propasado, y otra muy distinta que no cruzara siquiera una mirada de reconocimiento. “Eres tú, te veo, existes...”. Victoria saludó a un niño, le cogió en brazos, le sacudió el pelo. Aullaron lobos en la lejanía. Debían de estar a mucha distancia, pero se oían muy cerca en aquel silencio. Todos quedaron mirándose en suspenso, hasta que Victoria dijo:
          − Los lobos huyen del fuego.
          − Y precisamente aquí no tenemos − contestó, rápida, lady Derby, antes de dar media vuelta y dirigirse hacia el tren.
            Dos días después, al oír el cañonazo, supieron que habían llegado a Deer Lodge. Paró el tren, la banda de música inició “Yankee Doodle”. Los mineros, los granjeros, los ferroviarios que esperaban en el andén dieron vivas, levantaron alegres sus sombreros. Bajó Grant y arreciaron los aplausos. El general recibía las aclamaciones con el mismo gesto que tendría con sus nietos el día del cumpleaños. Aprovechó Villard para salir a continuación, seguido por los senadores y demás políticos. No había tiempo que perder. Todos se dirigieron a pie por la vía hacia el último empalme. La locomotora les seguía despacio. Llegaron a un prado en el que se levantaba una tribuna cuajada de banderas, farolillos y estacas coloreadas. Vinieron los discursos. Los periodistas ocuparon la primera fila, habían sido premiados por Villard con algo más que el viaje. Todos venderían Yellowstone. 
            Un grupo de indios formaba en dos columnas con sus trajes ceremoniales a la izquierda del estrado. Victoria trataba de distinguir entre ellos a su pretendiente; nada, todos eran viejos o mujeres. Sólo uno parecía contar con menos de cincuenta años, pero su extraño maquillaje le delataba como hechicero. Miró más allá, hacia los árboles, por si su héroe aparecía a caballo. Con una mezcla de alivio y decepción descubrió que no. Sonó otra vez la música mientras las personalidades bajaban de la tribuna. La hierba fresca del prado mojaba los  vestidos de las damas. Victoria se esforzaba por no embarrar sus botines italianos. Llegaron al último tramo de la vía; se detuvieron y esperaron a que la locomotora del Oeste apareciera para enfrentarse a la del Este, que ya se encontraba allí. Pasados unos minutos, se oyó el triunfante silbato y apareció un enjambre de hombres montados encima de la máquina, cubriéndola por entero, situados en todos los lugares posibles, excepto sobre la chimenea. Gritos, cánticos y saludos. Villard cedió a Grant un enorme martillo. El general se dirigió hacia un raíl que brillaba más que los demás. Cuando el círculo de autoridades estuvo formado, levantó el mazo como un atlante y lo descargó sobre la cabeza de un clavo de plata que, al hundirse en la madera de la traviesa, produjo un chasquido seco, terminante. Estallaron los vítores. A continuación, las dos locomotoras avanzaron despacio hasta tocar sus narices como dos camellos amistosos. Irrumpió la música, volvió a sonar “Yankee Doodle”,  le siguió “God save the queen”, en honor de los británicos. Los obreros de ambos trenes se abrazaban, lanzaban al aire las gorras, intercambiaban sus martillos.
          Empezó el baile en la calva del prado. Vasos de sidra, licor de arándanos, whisky..., todo corría por las gargantas festivas. Los indios no paladeaban la bebida, la engullían ansiosamente. Cuando los rugidos de algunos borrachos se hicieron molestos, un sargento de caballería acompañado por cuatro soldados, fue concentrando a los indios con chasquidos de la lengua semejantes a los que hace un pastor para llamar a las ovejas. Reunidos todos, los escoltó fuera del lugar.
 

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