martes, 31 de agosto de 2010

32. Baltimore, las armas, la expedición

               

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     En Baltimore, Paco y Juanito bajaron del tren en la estación de Mount Claire. Se encaminaron hacia el puerto. Pasaron por calles anchas de ciudad rica; en las casas, con fachadas de colores, brillaban lustrados aldabones. Cuando llegaron al muelle Fells Point, se detuvieron ante el edificio de la aduana. Una lonja central dividía el embarcadero en dos alas. En ninguna de ellas vieron nada, sólo barcos de recreo o de pesca. Anduvieron un rato hacia el oeste; pasado un buen trecho, el tamaño de los barcos se hacía cada vez más grande. De un velero con cinco mástiles y casco de acero, descargaban nitrato de Chile; el humo de las chimeneas desdibujaba la mole blanca de un trasatlántico. Pero, ¿dónde estaba el Crawford?
     Por fin, lo encontraron amarrado junto al Constellation, un clipper majestuoso de la marina americana. El vapor mostraba el aire derrotado de las viejas máquinas que sólo quieren los desesperados: cubierto de óxido y cicatrices, roídas las maromas, desconchada la chimenea. No mejor parecía el elemento humano de la tripulación, compuesta por dos escuálidos marineros descoloridos y grasientos. Con todo, el mascarón de proa lucía recién pintado, engalanado para hendir la brincante espuma del Atlántico. Juanito no terminaba de creerse que aquel barcucho fuera su objetivo. ¿Esa iba a ser la hazaña? ¿Detener a un cascarón al que con toda seguridad destrozaría el Caribe por su cuenta y sin mucho esfuerzo?
    Paco observó las casas más cercanas; en la pared lateral de una de ellas, vio escrito con grandes letras: "Crowley´s Rooms". Se dirigieron allí. Era una fonda de marineros, toda de madera, con buenos ventanales. Serviría como observatorio. Pidieron albergue. Después, Paco volvió a la estación por si las armas llegaban en un tren. Juanito, desde el cuarto, acechaba los movimientos en el muelle. Le costaba mucho fijar la atención continuamente en el Crawford, así que, de cuando en cuando, se entretenía mirando el ajetreo del puerto. Por medio de garfios, descargaban de un ballenero gruesos tacos de carne blanca; con poleas, los sacos de la Collins Sugar descendían hasta el suelo y un niño negro se colgaba, alegre, de la cuerda bajando con ellos.
    En una de las ojeadas al vapor, Juanito vio gente nueva sobre cubierta. Enfocó los prismáticos, pudo distinguir a Agramonte y al general Gómez hablando con un yanqui gordo, vestido de oficial. A Ignacio, con su flamante uniforme, trató de borrarlo; atendió a Gómez, que le pareció, desde lejos, un abuelo orgulloso. ¿Era ese carcamal el jefe de los rebeldes? ¿Ese señor mayor era su enemigo? Al poco tiempo, subió al barco otro individuo muy distinto: alto, gallardo, desafiante, uniforme blanco, amplios bigotes, sombrero de paja, mulato de bronce, Maceo. Le reconoció gracias a los retratos de la "Ilustración". Ese sí daba el tipo de guerrero temible. Aquella presencia, aun en la distancia, imponía respeto. Se borró de golpe su perspectiva de cazador. Al instante, consideró la pequeña pistola que escondía en su abrigo como un juguete irrisorio. Poco a poco, iban llegando cubanos; vestían de paisano, parecían fuertes y saludables. A Juanito le temblaban los prismáticos. Él estaba solo. ¿Y si zarpaban ahora? ¿Y si llegaban las armas y no aparecían los federales?
    La chimenea del barco comenzó a echar humo, la tripulación se movía por cubierta. El Crawford trataba de salir. Juanito miraba alelado, como si no se lo creyera. El vapor se alejaba del muelle. ¡Seguro que tenían las armas! Bayard era un embustero. No había aparecido ningún federal. O peor, alguien había saboteado sus órdenes. En cualquier caso, un barco con Maceo, Gómez y Agramonte partía para Cuba lleno de rebeldes.
    El vapor había rebasado el embarcadero principal. Si quería abandonar el puerto, necesitaba navegar un buen rato; después, atravesar toda la bahía de Chesapeake para salir a mar abierto.
   Llegó Paco. Juanito le señaló el barco desde el ventanal.
− ¡Se van, se van…!
− ¿Han cargado las armas? − preguntó Paco.
− No, mientras yo he vigilado.
    Lento, ufano con su mísera apariencia, seguía avanzando el Crawford. La chimenea expulsaba humo negro, enérgico, como si el vapor se dispusiera a emprender una hazaña y la pregonara a todos con orgullo. En concordancia animosa de los espíritus, los cubanos cantaron una balada patriótica.
    El barco se detuvo en el embarcadero Cardiff. Desde la ventana de la fonda, Paco y Juanito observaron el suceso.
− ¡Se han arrepentido! − exclamaron a dúo.
    Paco cogió el sombrero, le dijo a Juanito que le siguiera y salieron corriendo escaleras abajo. El muelle en el que había parado el barco distaba de la pensión casi un kilómetro. Tenían que darse prisa. La carrera por el laberinto de pacas, casetas y grúas fue agotadora. A menudo, perdían de vista el objetivo, y tenían que volver a orientarse. Al cabo de un cuarto de hora, alcanzaron el muelle Cardiff. Allí lo comprendieron todo. El Crawford había amarrado justo en el lugar donde terminaba una vía de ferrocarril. Se hallaban ante un muelle que hacía posible la descarga directa de tren a barco. Juanito y Paco, sin respiración, se apostaron tras unos grandes fardos para vigilar el vapor.
    No tardó mucho en llegar un mercancías. Los cubanos empezaron a bajar las armas de los vagones para trasladarlas al barco. Juanito intentó salir del parapeto. Paco le retuvo.
− ¡Se las van a llevar! Esos malditos federales no vienen.
− ¿Y tú qué vas a hacer? ¿No te das cuenta de que van armados? − preguntó Paco, asombrándose del arrojo repentino de Juanito.
    Las cajas continuaban subiendo al barco a buen ritmo. Ignacio y Maceo contemplaban satisfechos la operación desde el puente. Gómez no les acompañaba. El tren comenzó a dar pequeños tirones, resoplaba con nubes blancas de vapor que inundaron el muelle de súbita niebla. Cuando ésta se disipó, surgieron dos fornidos individuos dirigiéndose al Crawford. Desde abajo, mostraron a Maceo unas placas, y al instante subieron a cubierta.
− ¡Los federales, los federales! − gritó Juanito, mientras daba saltos infantiles.
    Los americanos abrieron una caja, contaron los fusiles, anotaron la numeración, la fábrica, las municiones. Permanecieron un buen rato escribiendo. Luego, pidieron el permiso de exportación.
− Tenemos la factura de compra. Otras veces eso ha bastado − explicó, confiado, Ignacio.
    Gómez fue avisado y salió a cubierta. Los federales no hicieron caso de la aparición del caudillo, siguieron hablando con Agramonte.
− Están ustedes acusados de exportación ilegal de armamento. Deben volver a bajar las cajas.
− Pero son nuestras, miren estas facturas − protestó desencajado Ignacio.
    Maceo observaba a los dos federales con un fruncimiento de cejas en el que se podía adivinar primero sorpresa, después amenaza. Ignacio argumentaba que el pueblo americano apoyaba la causa de la libertad, que nunca había estorbado la lucha...
− Nos limitamos a cumplir la ley. No pueden sacar las armas del país.
    Maceo tomó la palabra.
− Está bien... ¡Eh, vosotros...! Bajad otra vez las cajas al muelle. Dejadlas donde digan estos caballeros.
    Los cubanos, hoscos, refunfuñando, iniciaron el descenso. Paco y Juanito, desde su parapeto, no perdían detalle. "Por fin, los americanos cumplen sus promesas. Un triunfo de nuestra misión. Todos ascenderemos", pensó Juanito.
    De las cien cajas cargadas en el barco, ya habían sido devueltas unas veinte; los federales bajaron a tierra para dirigir su colocación en los carromatos. Entonces, Maceo ordenó a los porteadores que se quedaran en cubierta y dejaran las armas allí. Los cubanos sonrieron luminosamente. En un abrir y cerrar de ojos, retiraron la pasarela. El Crawford inició la marcha. El capitán Pattyson se había negado, pero Maceo le tenía encañonado y dirigía a regañadientes la maniobra. Los federales, entretenidos con sus anotaciones, todavía no se habían percatado. Juanito fue el primero en darse cuenta de que habían retirado la pasarela. Salió gritando del parapeto:
− ¡Que se van, que se van...!
    Los federales, al oír a Juanito, miraron hacia el vapor, viendo cómo se separaba del embarcadero. Corrieron hasta el borde del muelle, comenzaron a disparar con los revólveres.
− Es una locura, nos detendrán antes de salir a mar abierto − dijo Agramonte a Maceo.
− Lo que es una locura es dejarnos capar teniendo huevos − replicó el titán −. Una vez navegando... ya veremos. Lo importante es no herir a esos funcionarios.
    Gómez agarraba con fuerza la brújula, como si quisiera hundirla en su soporte; miraba emocionado a Maceo. Los disparos de los federales sonaban cada vez más lejos. El vapor, a toda máquina, enfiló la salida del puerto. Por mucho que se apresuraran los americanos en dar aviso a las patrulleras, tenían media hora de ventaja.
    El capitán Pattyson sugirió buscar un escondite en el embarcadero privado de alguna de las villas que rodeaban la bahía. Él conocía uno en el que los árboles formaban una cortina vegetal tan densa que, bajo su sombra, serían invisibles. Maceo y Gómez estuvieron de acuerdo; pronto se encontraron protegidos en ese lugar.
    Allí pasaron varias horas atisbando, entre los ramajes, cómo, a lo lejos, navegaban las patrulleras por el centro de la bahía. En una ocasión, se acercaron a menos de trescientos metros. Cuando pasaron dos horas sin verlas, decidieron salir del escondrijo. Las autoridades americanas no habían insistido mucho en el rastreo. Ellos eran populares, los españoles no. La marina había cumplido: camino libre. Ese era el mensaje que los cubanos creían leer en el cese de la búsqueda, en el bogar tranquilo de los yates a su alrededor, con ricachos saludándoles, agarrados a la caña de pescar.
    Abandonaron la bahía. Ignacio se encontró de súbito con el mar abierto y agitado; tuvo que disimular el sobrecogimiento ante aquella inmensidad, el miedo al monstruo de agua al que se ofrecía el cascarón. Miró el rostro tranquilo de Maceo, su sonrisa de confianza decía: no penséis, ya estamos en Cuba, lo peor pasó. El titán inició una canción patriótica, todos los tripulantes subieron a cubierta; Gómez el último, con la cara descompuesta de quien no puede evitar el mareo en los barcos. Acompañó a Maceo un coro que se alzaba melodioso por encima de las olas. No tardarían mucho en llegar a la altura de Cayo Hueso. Allí debían cargar carbón y agua potable, recoger los uniformes confeccionados por las mujeres de los tabaqueros. No, eso ahora había que descartarlo. El cónsul español estaba alertado. Irían, sin dilación, a las playas de Sierra Maestra.
    Maceo cantaba:

El soldado que no bebe
y no sabe enamorar
¿qué se puede esperar de él
si lo mandan avanzar?

    Ahora comprendía Ignacio lo que era un caudillo: el que quita el pánico, el que hace natural y necesario el peligro, el que, con su presencia, ahuyenta las balas y hace creer a los soldados que son indestructibles, el que saca del fondo cobarde de cada uno la llama altruista de la entrega. ¿A qué? A lo que él, el iluminado, señale. El que libera las energías del miedo y las concentra en un objetivo, ennoblecido por ser fruto de su propia voluntad. Ignacio oía en la voz de Maceo el desgarro, la alegría de la lucha próxima. Y se sentía ligero, en paz, justificado.
    Avisó el vigía de una vela a babor. El capitán Pattyson, con el catalejo, pudo distinguir un barco, pero se encontraba muy lejos, apenas una pelusa blanca en la barra de neblina gris que soldaba el mar con el cielo.
− Parece un velero...
    Siguieron las canciones. Ya no eran patrióticas. Volvían las guajiras del campo, de las penas de la vida, de los desengaños. Salió el ron, y un guitarro, al que el soplo de la brisa arrebataba las notas. Gómez y Maceo consultaban mapas de la Sierra. Ignacio escribía en su libreta sentado sobre las tablas de cubierta.
    El vigía volvió a avisar: el barco se acercaba. El capitán reconoció la bandera española, quizá un buque−escuela, por lo blancas que se veían las velas, por los uniformes que ya era posible divisar sobre cubierta. Maceo ordenó evitar cualquier movimiento extraño. Sólo saludar, si se presentaba el caso, y seguir. No abrir la boca, dejar de cantar para que no oyeran el español. Cada marinero debía tener un arma a su disposición. ¿Qué les iban a hacer unos guardiamarinas? Poco, aunque podían informar. El encargado de parlamentar sería el capitán; a todos los efectos, aquello era un barco americano, con los papeles a nombre de Pattyson. Maceo, Ignacio y Gómez se escondieron en el puente. Por la banda de estribor del velero, surgió una figura erguida que gritó con voz campanuda:
− El capitán de la Astarté presenta sus respetos al capitán de ese buque.
    Pattyson se adelantó y saludó con la mano.
− Good afternoon, Can I help you?
− Sí, puede ayudarme. Busco un carguero que transporta armas y filibusteros. La descripción es parecida a la del vapor que está bajo su mando.
− Hay miles de cargueros viejos… − replicó Pattyson en castellano.
− Sí, sí, no pienso molestarle; sólo le agradecería que permitiera a un par de mis hombres mirar en sus bodegas. Debe entenderlo, se trata de una inspección militar.
    El capitán Pastorín hablaba con energía ulisíaca. El tono firme y marcial del marino se alzaba entre las ráfagas de espuma picada y brisa insistente.
− Usted no puede abordar una nave que no es de su país. Esta es territorio americano.
− Lo sé, lo sé. Pero tampoco me podrá impedir que le siga a dondequiera que vaya. Si no nos deja subir, me tendrá pegado a su popa hasta los confines del mundo.
    Comenzaron a salir de sus escondites en la Astarté marineros con fusiles.
− Haga lo que quiera − concluyó enfadado, orgulloso, Pattyson.
    El americano fue al puente de mando. Allí deliberaron. No les quedaba otro remedio que seguir el camino. Tratarían de esperar la ocasión propicia, quizás alguna de las calmas tan frecuentes en la época, para desembarazarse del velero. De lo contrario, tendrían que pelear. La lucha sería fusil contra fusil.
    Faltaban unas dos horas para pasar por Cayo Hueso. A menos de media milla, les seguía la Astarté como un avestruz: rígida, empinada, con los ojos gallináceos puestos en aquel ataúd mohoso lleno de odio y de ilusión. El viento que inflaba las velas amainó de repente. Cada vez avanzaba menos la corbeta. El vapor seguía su ritmo cansino, aunque ya con una ventaja de una milla. Pastorín, al ver que se alejaba el Crawford, maniobró para aprovechar el gramo de brisa que quedaba. No consiguió nada. Continuaba la calma, el vapor aumentaba la ventaja. Los cubanos vieron con júbilo cómo se empequeñecía el velero. Pattyson ordenaba más carbón. Al fin, la lógica se impondría: el vapor vencería a la vela. El americano ya no necesitaba que Maceo le insinuara la pistola, actuaba por iniciativa propia, le había desafiado un igual, un orgulloso marino, y estaba dispuesto a que no le cogiera.
    Se levantó otra vez el viento. La Astarté comenzó a acercarse, aunque todavía de forma poco preocupante. Una racha más fuerte, sin embargo, la situó de nuevo pisando los talones del vapor, con tal impulso que Pastorín pudo aprovechar para cortarle el paso.
    Los cañones asomaron por las disimuladas troneras. La primera andanada no alcanzó al barco, pero hizo que todos los cubanos subieran a cubierta con sus armas. Maceo desenvainó el sable y dirigió las descargas de fusilería contra el navío español. Ignacio salió movido por el ejemplo de los demás. Vio las caras secas, los ojos ausentes, de los guerreros. El agobio, la curiosidad, la asfixia, el valor, y ya estaba en la pelea. Cogió el rifle que le pasó un marinero; se puso también a disparar. Pastorín separó la Astarté lo suficiente para que no llegaran con dirección las balas, pero pudieran alcanzar al vapor sus cañonazos. La segunda andanada fue dirigida a la bodega. El estruendo del impacto puso en todos los cubanos una mueca de asombro y estremecimiento. Le habían dado a las armas, el agua entraba en la bodega, las cajas flotaban, la paja protectora podía verse ya en el mar.
− Tenemos que rendirnos, hacemos agua − gritó el capitán Pattyson.
− No hay rendición − contestó Maceo. Y siguió disparando.
    Un tercer cañonazo dio en proa. La metralla derribó a tres marineros. Ignacio sintió el plomo ardiente penetrar en su hombro derecho, justo donde apoyaba el fusil. Perdió la visión por un instante. Aturdido, dio unos pasos inciertos, y cayó al suelo. Desde allí, podía oír los gritos de Maceo animando al combate, a los marineros heridos chillando de dolor.
    Pattyson alzó la bandera blanca. Cesaron los disparos. Por la borda, dijo:
− Tenemos una vía de agua y heridos.
− Pueden ir a Cayo Hueso. Nosotros les escoltaremos − gritó Pastorín, entre la azul neblina de la pólvora.
− ¿Tienen médico a bordo? − preguntó Pattyson.
− Sí, ahora va para allá.
    En la cubierta del sollado los heridos gemían y maldecían. Ignacio fue trasladado al interior, llevaba la camisa ensangrentada. Tenía paralizada la parte inferior del cuerpo. El cirujano español intentó buscar el trozo de plomo, pero había penetrado mucho, no tenía herida de salida en la espalda. La metralla era evidente que estaba alojada en la columna vertebral. El cirujano le preguntó qué sentía. Ignacio contestó que un torrente de sangre cada vez que respiraba y un dolor agudo en el pecho. “Noté cómo me rompía”.
    Maceo y Gómez entraron a verle.
− No se preocupe. Ya mismo llegaremos a Cayo Hueso. En el hospital se pondrá bien − le dijo Maceo con voz bronca y afectuosa.
− Derrotados…− susurró Ignacio.
− Sólo unos rifles − contestó Maceo.
    Había perdido mucha sangre; estaba sin conocimiento cuando las dos monjitas quisieron quitarle la ropa para meterlo en la cama del hospital. El médico le dijo a Gómez que no tenía salvación; la metralla le había perforado el pulmón derecho, era inútil extraerla de la columna vertebral. El general dispuso que permaneciera a su lado un cubano de uniforme. Si volvía en sí, debía sentirse acompañado por las armas de la patria.
    Maceo habló con la prensa y con los cubanos de Cayo Hueso, que le rodeaban ceremoniosos. La mayoría de los rifles había desaparecido, el boquete que hizo el cañonazo tenía arreglo. La expedición había fracasado, explicaba, pero era necesario minimizar las pérdidas. El Crawford podría servir en otro momento. Sería el primer barco de la marina cubana.
    El capitán Pattyson se evaporó. Huyó sin reclamar el sueldo. El hijo de don Bernardo Quirós presenció la llegada del barco, el descenso de los héroes, el traslado de Ignacio. Vio la corbeta de Pastorín, altiva y pacífica, esperar en la boca del puerto hasta que terminó el desembarco, luego, largar velas hacia el océano. Llegó jadeando a la tienda; le contó todo a su padre. Don Bernardo fue a la oficina de telégrafos y puso un cable: “Crawford desfondado Cayo Hueso. Agramonte probablemente muerto. Quirós”.





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