jueves, 12 de agosto de 2010

15. La Habana


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    La corbeta Astarté hendía, ligera, la capa fresca del mar. Aparejaba tres mástiles con cofas, crucetas y una sola batería: la del combés. Las velas tersas, la cubierta encerada, los cañones, relucientes como plata de monjas. Baltimore, a lo lejos, cada vez más sumido en el horizonte. Don Juan observaba el ajetreo de los marineros. Acostumbrado a los trasatlánticos, el empuje del viento en las lonas le producía pequeñas sacudidas, diminutos sobresaltos, a los que pronto se habituó. No llegaba a creerse que estuviera navegando rumbo a Cuba, dispuesto a cruzar el Caribe.
    Acabadas las tareas de salida, la tripulación rezó en cubierta una salve marinera que − con voz campanuda, una mano en el timón, otra en el breviario − dirigió el capitán desde el castillo de proa. Pastorín izó la bandera española, dio tres vivas al rey. A continuación, los científicos se presentaron ante don Juan: Fermín Paredes, santanderino, encargado de la investigación botánica; Leopoldo Factos, dibujante naturalista. Terminadas las formalidades, sufrió el embajador un ataque de conocimiento. El capitán detectó la enfermedad. Sonrió burlón y, mirando alternativamente hacia la cofa del mayor y a la levita de don Juan, le comunicó al grumete:
− Señor Ríos, tenga la bondad de mostrar la corbeta a nuestro invitado. Quizá quiera subir a la meseta del palo, desde allí se ofrece una vista espléndida de la mar oceana.
    El rapaz, al oír la orden, se ajustó los pantalones de loneta, estiró su camiseta rayada y, con acento florido del bajo Guadalquivir, preguntó:
− Señor, ¿por dónde quiere empezar?
− No por la cofa, desde luego. Allí sólo suben los monos − contestó don Juan, agarrándose a un cabo, al dar la Astarté un bandazo caprichoso a sotavento.
    Le preguntó por las vergas, la gavia mayor, el bauprés, las cuadras... El grumete respondía con amable superioridad. Pero el fuelle pedagógico del muchacho fue decayendo. Cuando el embajador quiso saber lo que medía la quilla de la corbeta, puso una mirada de desvalido agotamiento..., y suspiró:
− Me gustaría, señor. Pero le he dicho todo lo que sé. El resto, se lo pregunta al capitán.
    El sol se puso por la amura de estribor, el viento comenzaba a rolar al norte con fuertes ráfagas, la oscuridad fue invadiendo la cubierta. Cuando el aire dio en azotar de través, se izaron las trinquetillas y la vela de cuchillo del mayor. Pastorín levantó la vista hacia la sobrejuanete de proa, dio órdenes para orientarla. La noche vino negra, pura; el mar, agitado y desierto; Betelgeuse iniciaba su ascenso por el horizonte. La luz de las antorchas daba a los rostros una seriedad como de oficiantes de la adoración nocturna en una iglesia castellana; sólo faltaban el escapulario, el incienso y los rezos.
    Cenaron en el camarote del capitán. Después, en el alcázar de proa, fumaron con deleite y bebieron coñac jerezano. Don Juan, un poco apartado, se había apoyado en un cañón y, distraído, jugaba con el mecanismo de entrada del proyectil, abriendo y cerrando rítmicamente el pestillo. Pastorín le advirtió:
− No debe fatigarlo, puede vencer el pasador e inutilizar la pieza. Acaso parezca un juguete, pero está en condiciones perfectas. Este año lo hemos disparado más de veinte veces. Ese, y los otros cinco.
− ¿Todavía hay piratas? − preguntó, con divertida sorpresa, don Juan.
− Piratas con pata de palo, bandera negra, calavera..., no. Pero surcan estas aguas barcos americanos cargados de cubanos belicosos. Si ven la insignia española en un frágil velero, consideran que ha llegado la ocasión del fanfarroneo o incluso del botín. Entonces, se acercan confiados pensando: “¡Bah!, un barco escuela. Divirtámonos un poco, probemos sus bodegas”. Momento en el que yo les mando aviso con uno de mis seis ratones plateados. Al primer cañonazo, viran de repente y siguen su camino. También, algunas veces, en la desembocadura del Amazonas, han servido para disuadir a indígenas que nos lanzaban flechas veneníferas desde la playa. En fin, una antigualla que vale su peso en oro.
    Fermín y Leopoldo miraban a Pastorín con simpática reverencia; todo lo que decía lo apoyaban con gestos de cabeza o gruñidos de asentimiento. En las pausas del capitán, también el moderado oleaje − rompiendo en el casco − aparentaba aplaudir.
− No he querido contarle antes nuestra más famosa hazaña para que no creyera que se embarcaba en un navío de guerra − continuó Pastorín.
    El embajador le miró con una expresión que decía: “Me creo todo lo que usted cuente, proceda”. En ese momento, el grumete subió las escaleras y se plantó al lado del capitán. Le susurró algo al oído. Pastorín se levantó, enérgico, y le dijo a don Juan:
− Dispense amigo, no puedo hacer esperar a mi estrella.
    Se dirigió a popa, donde Ríos le había montado un telescopio en un trípode. El grumete apagó las antorchas, el barco quedó en oscuridad total. Una vez acostumbrado a la falta de luz, don Juan pudo ver la escena. El capitán movía el tubo con presteza hacia la mitad del arco celeste. Luego, durante unos segundos, su corpulenta envergadura permanecía inmóvil, hasta conseguir el enfoque perfecto de la estrella. El grumete anotaba en un cuaderno las cifras que Pastorín le iba comunicando: “ascensión recta: 34: 47: 17, declinación: 63: 22: 93. Al sur de Camelopardalis”. Después de una media hora, volvió Pastorín a la reunión.
− ¿Qué tal nuestro lucero? − le preguntó don Juan.
− Lo que me interesa son las estrellas que cambian de brillo por periodos. Hay infinidad. Muchas de las que ve ahora, lo hacen. Este viaje colabora en un catálogo general de variables. Para descubrirlas hay que tener buena vista y buenos cielos.
− Nuestro capitán recibió la medalla Steinmann del observatorio de Göteborg. Algo así como la laureada de San Fernando en las batallas astronómicas − terció con orgullo el botánico Fermín.
− Me ha dejado en ascuas. Antes de viajar a las estrellas, había prometido contar una historia marítima − intervino don Juan dirigiéndose al astrónomo.
− Ah… la utilidad de los cañones − dijo Pastorín −. Pues ni más ni menos que, gracias a ellos, pudimos ayudar a la detención por parte de nuestra armada de un barco filibustero especialmente peligroso. Le cerramos el paso con unos cuantos cañonazos a unas seis millas de tierra, con las colinas de Guantánamo a la vista. Izaron bandera blanca y se rindieron al capitán Dionisio Costilla, que les perseguía en el Tornado. Éste ocupó el vapor, hizo prisioneros a los oficiales yankis, encerró a los cubanos en las bodegas y dirigió el barco a Santiago de Cuba. Había allí dinamita suficiente para volar el castillo del Morro, y una gran cantidad de fusiles y munición.
− Pero, ¿qué me cuenta usted? ¿Está hablando acaso del “Virginius”? ¡Así que intervino en esa escaramuza! Bueno, “escaramuza” no es la palabra adecuada − se corrigió don Juan −, quiero decir “acción valerosa y patriótica”.
− Pues sí, el “Virginius”. Cuando el barco arribó a Santiago, el gobernador instruyó un sumarísimo. Mandó fusilar a los oficiales americanos, al dirigente Bernabé Varona y a unos veinte cubanos más. Llegaron un lunes por la mañana, fueron juzgados por la tarde y pasados por las armas de inmediato.
− Recuerdo el impacto que produjeron esas ejecuciones en las cancillerías − dijo don Juan.
− Más impacto habría tenido la dinamita en nuestros pechos − recalcó Pastorín −. El fusilamiento fue la solución justa, la que se correspondía con los efectos que los filibusteros querían causarnos. La justicia de los hombres debe aproximarse a las leyes del universo. A tal acción, tal reacción...
    Don Juan, al ver los ojos fríos y ardientes de Pastorín, pensó en los retratos de Antonello de Messina que de joven había contemplado en Italia. Representaban a fogosos adultos con la mirada de quienes poseen a la vez el conocimiento y el "imperium" físico: el mentón que hendía el porvenir, la frente aventanada, los ojos fulgurantes, y esa forma complaciente, alerta, de asomarse al mundo, como el leopardo que acecha, relajado, sobre la rama de un árbol en la sabana.
    El ron y el aire calmado de la noche sirvieron como acicate a los científicos para conducir la conversación, primero, hacia las novedades políticas, después a las mujeres, luego, de forma natural, a los chistes procaces. Los hachones que alumbraban en cubierta habían agotado la brea cuando llegó el momento de entonar las canciones de añoranza por la patria.
    En la litera, don Juan, mientras intentaba conciliar el sueño, cayó en la cuenta de que no había escrito carta alguna desde hacía dos semanas. Decidió redactarlas a la mañana siguiente para echarlas al correo nada más llegar a la Habana. Desde allí saldrían hacia España con floridos matasellos de palmeras y el aroma caribeño impregnado en el papel. Aquellas misivas enorgullecerían a sus hijos, por tener un padre en tierras lejanas de aventura; a su mujer le preocuparían, por creerle expuesto a los peligros de las mulatas lavanderas o de las criollas tostadas y melosas. Siempre había oído maravillas de las cubanas. Ahora, "de la carrera de la edad cansado", sin grandes esperanzas en el disfrute directo de los dones que pudieran ofrecerle, tenía la intención, por lo menos, de contemplarlas con sus expertos ojos de aficionado perpetuo.
    El ruido de cubierta despertó a don Juan, que había pasado una noche agitada por la cena excesiva, los puros numerosos y el ron en demasía bucanera. Las pisadas sobre las tablas, encima de su camarote, sonaban ligeras; las voces, aunque roncas, festivas. El arrastrar de los baúles, los cabos al caer en el maderamen, el mugido profundo de Pastorín anunciaban que la Habana estaba cerca. Arreglado, llevando su maleta, salió don Juan al exterior. El grumete, ojeroso, sacaba brillo a la hebilla de un cinturón. Los naturalistas, con los ojos hinchados por el sueño, aspiraban la brisa mañanera. Un amanecer sereno, un mar plano como lámina de estaño. Al fondo, el alegre crepitar de los edificios que, límpidos, sin niebla, relumbraban con el primer sol. Por detrás, oyó la cavernosa voz del capitán: “Ahí la tiene usted, la muy ilustre y siempre fidelísima, villa de San Cristóbal de la Habana".
    El barco enfilaba la boca del puerto.
− Mire − indicaba Pastorín −, ese es el Morro, el castillo de los Santos Reyes. El del otro lado es el fuerte de San Salvador de la Punta. ¿Quién entra en este palacio tropical sin permiso? Véalos, como dos soldados gigantes de piedra. Aquel torreón es el Morrillo, el que está situado en la cresta del peñasco. Observe el fanal de primer orden de Fresnel, cuya luz giratoria ilumina hasta cuarenta millas. Fíjese en el recinto meridional del castillo ¿Ve la gran batería rasante? Cuente. Son doce piezas de grueso calibre las que apuntan a la entrada del puerto. “Los Doce Apóstoles”, y no tienen precisamente en la cabeza la llama del Espíritu Santo, más bien saldrá por sus bocas el fuego del infierno.
    La perorata de Pastorín seguía extendiéndose en detalles militares, todos de admiración ante "la inexpugnable y bella". La ciudad, a medida que la corbeta discurría por el canal, antes de entrar en la bahía, aparecía medio oculta por un bosque de mástiles y velas. Luego, se presentó de pronto, como si el barco navegara por sus calles.
− Ahí tiene − seguía Pastorín −, en la ribera oriental, San Carlos de la Cabaña, la primera fortaleza de América. El que se hace con ella, se hace con Cuba. Un pueblo militar con cuarteles, polvorines, caballerizas... Todas sus cortinas, rodeadas de profundos fosos. Dotación de fuego: doscientos cañones, sin contar la batería de la Pastora, que nos está mirando en este momento.
     Don Juan no atendía al capitán. Se fijaba en la brisa. ¿De dónde ese olor a jabón fresco que exhala el aire? ¿Del palmeral al fondo de la bahía?
    Atracaron en el muelle de la Luz. Mulatos descargaban barcazas, macizos oficiales paseaban orgullosos. Los sacos de azúcar, los fardos de tabaco, las barricas de aceite... todo iba a parar a barcos de bandera americana que fondeaban flamantes y pletóricos.
Don Juan acordó con Pastorín reunirse pronto. Luego se despidieron los naturalistas y Ríos. Marcharon alegres, con las cabezas ladeadas, como si eso les diera más capacidad de visión sobre el lugar donde se escondían los placeres. Guardados por el ángel inocente de la juventud, se internaron por un pasillo entre dos altas hileras de fardos.
    Al poco, se presentó un ser curioso.
− ¿Señor embajador,... don Juan..? Soy Carlos Balbuena y Prado, jefe de la Aduana. Como máxima autoridad portuaria, tengo el honor de ponerme a su disposición y de transmitirle la más cordial bienvenida por encargo del Capitán General.
    Nadie podría esperar que alguien tan pequeño fuese jefe de algo; sólo la proporción en sus miembros lo salvaba de ser un enano. El traje de lino, la cadena dorada que le cruzaba el chaleco, los gemelos de brillantes, mostraban a las claras que aquel hombre no desaprovechaba el cargo. “¿Jefe de Aduanas? Corrupto o incorrupto, buen puesto”, pensó don Juan. Balbuena le presentó a los dos policías secretos que serían su escolta, vestidos uno de guajiro, el otro de corte europeo. Ambos hablaban con acento mallorquín. Hicieron una inclinación ceremoniosa y enseguida se volatilizaron entre los cargadores.
    Balbuena le indicó la volanta que esperaba para llevarle a casa de los Gamazo. A las bridas, un joven muy serio, algo gordo, miraba con tranquilidad todo lo que ocurría a su alrededor. Cuando vio que don Juan se dirigía al coche, bajó de él y con aire deferente, se presentó. “Soy Valentín Gamazo. Mi padre se disculpa por no estar aquí, pero ha tenido que salir a la carrera para la hacienda. Vendrá a la hora de cenar”. Cogió las dos maletas como si no pesaran y las colocó en el coche. En realidad, lo que le hacía parecer gordo era, más que la cantidad neta de grasa, la particular disposición de una cabeza grande, un cuello corto y la carne torneada al hueso con blandura.
    Cuando consiguieron salir del puerto, accedieron a una calle flanqueada por tiendas con abigarrados toldos. El joven Gamazo quiso ofrecerle un recorrido que incluyera lo más notable de la ciudad. Le llevó, primero, a una plaza de imperfecto paralelogramo, embaldosada, con cuatro parterres rodeados de verjas. En el centro, el monumento a Fernando VII.
− El deseado, el deseado − exclamó el joven, irónico −. Para nosotros fue bueno. Según los libros “tuvo acertadas providencias que aseguraron la paz y la prosperidad de Cuba”.
    La estatua, más bien mala, representaba al rey felón con cetro, toisón y manto. El Palacio de Gobierno se levantaba en el lado oriental de la Plaza de Armas. Algunos curiosos esperaban para ver desfilar la tropa que hacía la guardia. Por doquier, vendedores de helados, chiquillos, apenas mujeres. Recorrieron las calles Obispo, O´Reilly, Mercaderes..., adoquinadas, con buenas aceras. Al entrar en Peña Pobre, el coche empezó a dar unos saltos despiadados: rodaba sobre un empedrado macadam deteriorado por los carros, los aguaceros y el estiércol de las bestias.
− No se asombre. El adoquín que debía haber aquí se lo han embolsillado.
    En cierto tramo de la calle, pasaron sobre unos tablones negros incrustados en el barro seco, la volanta redobló su trote espasmódico.
− Son de caoba, tienen más de un siglo. Aquí la madera sobra y la piedra falta. Hay que traerla de Veracruz.
    El coche tuvo que detenerse al poco tiempo porque un rebaño de cabras ocupaba la calzada. El joven Gamazo miró divertido alrededor, se encogió de hombros, y trató de distraer a don Juan señalándole las casas cercanas. Sus colores variaban entre el azul añil, el castaño claro y el verde aceituno. Las ventanas tenían rejas que llegaban hasta el suelo. En ellas, una joven limpiaba los barrotes, una niña, ensimismada, vestía sus muñecas, gatos somnolientos descansaban sobre los poyetes. Cuando las cabras despejaron el camino, entraron en una calle bien pavimentada, umbría, flanqueada por grandes casas solariegas. El coche se detuvo ante una con fachada de piedra, ventanales de cristales polícromos, y un balcón corrido que ocupaba toda la planta superior. La casa de los Gamazo.
    Don Juan se apeó. Valentín dejó la volanta a un criado mulato. Atravesaron el fresco zaguán y entraron en un patio con soportales. Dos niñas, a todo correr, se echaron encima de Valentín, alegres, gritonas, jugando primero, después un poco cohibidas por la presencia de aquel señor desconocido.
− Sinda, coge a las niñas − ordenó Valentín a una mulata que se acercaba.
    Entonces salió Mercedes. Don Juan, que la conocía desde su juventud, la encontró con la misma mirada generosa y verde; el cuerpo, sin embargo, desfigurado por la gordura. Llevaba una blusa de gasa, casi morada, que dejaba al descubierto los hombros lechosos, salteados de lunares. Las blanduras del trópico se habían instalado en aquella que fue enjuta castellana de Toledo.
− Dichosos los ojos, Juan. No quiero halagarte, pero has ganado con los años. ¿Cómo está Dolores? ¿Y tus hijos?
    Hubo un intercambio atropellado de acontecimientos familiares; salieron a relucir los muertos, las bodas, los bautizos de ambas estirpes. Pidió Mercedes noticias de sus hermanas, a las que frecuentaba el embajador, también del "Pollo de Antequera", ministro de la Gobernación en la Regencia, que de joven fue su pretendiente, "entonces no me gustaba porque tenía un tic en las cejas, ¿lo tiene todavía, Juan?" Mercedes hablaba sin parar. Él la escuchaba, encantado del lugar tan fresco en el que habían ido a sentarse: una sencilla habitación que recibía la brisa de Cojímar a aquellas horas agobiantes del mediodía. El refresco de limón, hierbabuena y un poco de ron, servido por la esclava Sinda, acabó de ponerle en concordancia tropical.
− Las cosas no van bien en la hacienda − se lamentó Mercedes con voz seria y tono resignado −. Ya te contará Valentín. Quiero que le animes a volver a España. Él mismo está deseando pasearse por Madrid y ver a la gente, pero su orgullo se lo impide.
Sinda retiró el servicio de refrescos. Llevaba falda larga y blusa escotada. La ligereza de la ropa fue uno de los primeros choques tropicales que recibió don Juan. Las norteamericanas tenían andares enérgicos, costumbres liberales, pero iban vestidas hasta el cuello. Las cubanas, sin emancipar, andaban rumorosas, ofrecían a la vista sus carnes firmes, morenas y sedosas.
    Mercedes siguió hablando y abanicándose un buen rato. Al fondo, en el patio, se oían las voces de las niñas, que arrastraban una pequeña caja de madera.
    Al fin, pudo don Juan subir a la habitación que le tenían destinada. Sinda, solícita, cargada de ropa blanca, le guió hasta el segundo piso. El dormitorio era acogedor y fresco. Se echó en la cama; sacó de la maleta la fotografía de Catalina. Medio adormilado, oyó una bocina de oro.

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