lunes, 23 de agosto de 2010

24. Mi corazón será un fuego apagado



    Al entrar en Washington, don Juan despertó de una cabezada creyendo ver la Plaza de Armas entre las calles y esquinas que el tren dejaba atrás. Cuando llegó a la legación, nada más abrir la puerta, el olor a madera seca le demostró de forma inapelable que ya no estaba en Cuba. Salió a recibirle el criado Andrés. Según él, nada extraordinario había ocurrido en aquellos días: estuvieron los carpinteros para arreglar el suelo del comedor, la cocinera se puso enferma una semana y había muerto el vecino, el general Parker.

    En el despacho, sobre la mesa, encontró una carpeta hinchada por la abundante correspondencia. Se sentó con intención de ver lo más importante. Paco había hecho dos montones con las cartas: en un lado, las oficiales, en el otro podía distinguir las letras indecisas de sus hijos, el trazo caligráfico de su mujer, un sobre azul pálido de Catalina. Estuvo un rato sentado en el sillón, jugueteando con un pisapapeles. Sintió curiosidad por ver qué le escribía Catalina. Dirigió su mano hacia el sobre azul, pero prefirió irse a la cama todavía con sabor cubano.
    A la mañana siguiente, mientras desayunaba, Juanito le resumió la vida diplomática durante su ausencia. El sobrino, mucho más delgado, había adquirido un tic en la comisura derecha del labio superior.
− Victoria dio una fiesta maravillosa en honor del príncipe de Gales, que iba de paso hacia las regatas de Savannah. Un individuo fantástico. Ella me presentó como “un noble español”. Eduardo me miró con simpatía, hasta con un poco de camaradería, ¿sabes? Miraba mucho a Victoria. Se dice que es un conquistador. Yo llevaba puesto el frac que me hice en Madrid en casa de Padrós. Victoria me regaló una orquídea blanca para el ojal. Eduardo bailó con ella varias veces; bebía a pequeños sorbos, aunque sin parar. Todo resultó encantador. ¿Qué más? ¿Qué más?
   Al final le confesó:
− Si me ves tan delgado, es porque tengo una solitaria. Como más que nunca, pero ese bicho se lo aprovecha todo. No sé dónde he podido cogerla. Cuando Therèse me ve entrar en la cocina, me sienta en la mesa y empieza a acercarme bollos, leche y todo lo que se le ocurre. Yo, la verdad, me veo más elegante. No se lo digas a mi madre, si le escribes, que es capaz de presentarse aquí a ver qué me pasa. Esto no lo sabéis más que Paco, Therèse, el doctor Gibson y tú. No quiero ni pensar que se enteren mis amigas de que tengo en las tripas una gran lombriz. Sobre todo Victoria – dijo con miedo, mientras le asaltaba su pensamiento recurrente: “Castigo de Dios. Había soñado meterse dentro de ella y vivir a su costa, recogido en su corazón batiente, bañado en su sangre, acompañándola a todas partes, asomándose a sus ojos, aun a costa de ahogarla”.
− ¿Y a ti, cómo te ha ido por Cuba? – le preguntó a su tío, tras volver a la realidad.
    Mientras se fumaba el puro del desayuno, de manera desganada, don Juan le contó la vida social que había llevado en la Habana. Al terminar, Juanito recordó algo:
− ¡Ah!, no te he dicho que me han escrito de casa contándome lo del terremoto. Una pared del cortijo de mi madre se vino abajo y mató a diez cochinos. Los caseros se salvaron porque estaban echando comida a las gallinas. Ha muerto mucha gente, sobre todo en Alhama de Granada. Se sintió en toda Andalucía. El rey Alfonso ha encabezado una colecta para las víctimas, aportando cincuenta y cinco mil pesetas. De Madrid llegó un despacho sugiriendo que la embajada le imitara.
     ¿De dónde iba a sacar el dinero para encabezar la lista? Si no ocurría un milagro, tendría que ser de su sueldo, es decir, privándose. Menos de cien duros, imposible. Lo discreto serían unos doscientos. Si el rey había puesto la cantidad que decía Juanito, habría que llegar a las mil pesetas. Seguro que la fortuna de Alfonso era cincuenta veces superior a la suya. ¿Y si organizara una colecta entre el cuerpo diplomático? Siempre hay damas dispuestas. Debía hablar con la jueza Chivers.
    Juanito, que vio a su tío metido en cavilaciones, aprovechó para irse a la calle. Al salir, se cruzó con Paco. “El jefe viene más moreno..., pero tan sin blanca como siempre. No le des malas noticias”.
    Bustamante entró en el comedor y saludó, efusivo, a don Juan.
− Por fin está usted aquí. Le hemos echado de menos. Sin el trabajo que nos mandaba, sin el tresillo, el aburrimiento nos iba a devorar.
    Lo primero que hizo fue contarle la publicación anticipada de las cláusulas del Tratado de Comercio.
− Alguien las ha filtrado al World, que tituló en primera plana: “Un regalo a los tiranos”. Según el periódico, el Tesoro dejará de ingresar treinta millones de dólares, si se suprime la tasa del veinte por ciento que tiene que pagar la caña para entrar aquí. La cosa se pone difícil. Por si fuera poco, a raíz del fusilamiento de Agüero, hemos tenido manifestaciones frente a la embajada.
    Paco le pasó a la firma una multitud de papeles atrasados, después lo dejó solo en el despacho. Había llegado la hora de dedicarse a la correspondencia. Primero abrió las cartas de la familia. Dolores le pedía dinero, le reprochaba que los hijos no tuvieran un padre, le insinuaba que no hiciera el ridículo, a sus años, con su típico galanteo añejo, le recordaba, en fin, que no estaba para muchos trotes. Una vez más, se sintió feo y despreciable.
    Abrió después la carta de Catalina, escrita con letras apretadas y lanudas, como ovejitas en fila:
     "Aunque algunas veces me agrada pensar: “todo llega, todo se rompe, todo pasa”, solamente lo hago cuando me siento infeliz y necesito convertirme en una piedra sin corazón para no ser herida. Si amo, debe ser a vida o muerte. Por eso he temido tanto al amor; tanto como un ser humano puede temerlo, incluso desde que era niña. Entonces, veía a otros amar un poco, llorar por su amor perdido..., y encontrar uno nuevo en breve tiempo. Yo sabía que no podía hacer eso, que no lo haría. Me aterrorizaba dar mi corazón a cualquiera de las personas que eran capaces de amar a la ligera. En consecuencia, he hecho gran cantidad de cosas odiosas. Como ves, me gusta posar de diabólica.
    Ahora, querido, escúchame. Te amo como nunca podré amar a nadie. Si te pierdo, mi corazón será un fuego apagado. Podría ser amable con la gente, apenarme con sus problemas, pero el amor no es eso. Cuando estoy contigo soy más feliz, aunque estemos en circunstancias infelices, que si tuviera un corazón ligero y poseyera todo lo que los mundanos desean. Yo no quiero no ser desgraciada, sólo quiero estar contigo. Prefiero ser infeliz y estar contigo, que estar en el cielo.
    Con el cabello blanco y la piel llena de arrugas, aún serías para mí el primero de los hombres, el objeto de mi estimación y mi ternura. Aunque no espero hacer eterna en tu alma la ilusión del amor, creo que nunca desaparecerá de ella el afecto profundo que sobrevive a la juventud y a la muerte. Sí, a la muerte; porque el principio eterno de vida que sentimos en nosotros, y que vemos flotar en la naturaleza, no puede ser sino amor. Amor espiritual, que no se destruye con el cuerpo, y que debe existir mientras exista el gran principio del cual es emanación. Juan, tú serás siempre para mí el más amable de los hombres y el más querido de los amigos: lo eres ahora y lo serás mientras yo viva. Es preciso que te diga una y mil veces que te quiero más que a ningún hombre he querido. Nada tengo que temer de ti, mi obligación es adorarte."

***

     Una semana después, Catalina le mandó una nota. Acababa de regresar de Wilmington. Quería verle cuanto antes.
    Al llegar don Juan a Highland Terrace, Sally le abrió la puerta. Bogui, el perrillo autor de su primer batacazo americano, ladró de alegría, movió el rabo y le olió el bajo de los pantalones; luego, se alzó sobre las patas traseras, tratando de asaltarle la levita. Don Juan le rascó la cabeza y se dirigió al salón. A los pocos minutos, entró Catalina. Fue hacia él muy despacio; poco a poco aceleró. Don Juan sintió el choque en sus huesos. Le abrazó con tal fuerza, que podía sentir las costillas de ella pugnando por meterse entre las suyas. No dijeron nada. Catalina, sin aflojar la tensión, hundía su cara en el hombro de don Juan. Nunca nadie se había incrustado contra su cuerpo con tanta energía. Gratitud. ¿Quién le iba a decir a él, viniendo del frío y del desdén, que una mujer joven se le aferraría con la fiereza de una estrella de mar a una roca azotada por las olas? Al fin, Catalina se separó; tenía los ojos enrojecidos.
− ¡Cuánto te he echado de menos! – jadeó ella.
    Don Juan la atrajo hacia sí, la besó en la boca con ternura. El cuerpo de Catalina perdió peso; cálido como un colchón de pluma, lo sentía él descansar entre sus brazos. Estuvieron así un buen rato. Luego, don Juan le contó sus días en Cuba. Al terminar el relato, Catalina, con media sonrisa, le preguntó:
− ¿Te has acordado de mí?
− Mucho
− ¿Todos los días?
− Todos
− ¿Has leído mi carta?
− Sí. No me la merezco.
− He soñado contigo todas las noches. Íbamos a París, a Italia, a Granada, a tu pequeño pueblo cordobés. Sentía tu presencia junto a la cama de mi madre, tu aliento cuando me peinaba ante el espejo. Oía tu voz en los pasillos.
− Me parece muy bien ese uso de tus poderes especiales.
− Antes de caer dormida, me tocabas el pelo y decías “estoy aquí”.
   Don Juan extendió la mano y le acarició la cabeza.

    En los días siguientes, tomaron la costumbre de dar largos paseos. Catalina se mostraba infatigable. Don Juan, a veces, quedaba rezagado y ella tenía que esperarle. Caminaban hasta Anderson Cottage, la casa que utilizara Lincoln como residencia familiar, a cuatro millas del Capitolio. Allí, el aire en verano estaba lleno de frescor vegetal. Se sentaban en un banco, debajo de un gran sicomoro. Luego, entraban en un restaurante cubierto de yedra y pedían una comida ligera; a los postres, se miraban a los ojos con las manos entrelazadas sobre la mesa. Después del almuerzo iban a tumbarse en la hierba, bajo unos álamos. Don Juan pedía a Catalina una balada, siempre la misma, la de Susan Jane, así iniciaba su dorada y breve siesta.
    Uno de aquellos días vieron, en la portada del periódico que leían dos jubilados, el grabado de una enorme estatua portando una antorcha. Catalina le dijo:
− Estoy deseando ir a Nueva York, te encantará conocerlo a fondo.
− Lo que más detesto es la indigestión de "grandeur" que nos propinarán los franceses – se lamentó don Juan, pensando en la multitud de veces que el embajador Roustan le había mostrado la maqueta de la "Libertad Iluminando al Mundo".
− Pero tú no puedes faltar...− dijo Catalina.
− Me temo que de ninguna forma. Tampoco podrá faltar sir Lionel. No le hará ninguna gracia. En realidad, es una fiesta que se celebra contra los ingleses.


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