lunes, 30 de agosto de 2010

31. Servicio a la patria

            

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    Juanito se hizo acompañar por Paco, no quería encontrarse a solas con el espía en la estación. Tendría que compensarle a Ausubel el desplazamiento desde Nueva York, pero la oportunidad lo merecía. Al salir de la embajada, puso en antecedentes a su amigo: Victoria había perdido la pista de Agramonte, algo serio se estaba tramando contra España. Paco le dijo que, aun sin tener en cuenta esa desaparición, el desusado movimiento de los cubanos resultaba sospechoso. Los cónsules en Nueva York, Nueva Orleans, Filadelfia, advertían de la agitación independentista; el de Cayo Hueso, Quirós, dos días antes, había informado de que se sucedían los actos patrióticos. En cuanto a la recluta, sonaba una cifra preocupante: dos mil quinientos hombres.
− Sí, sí, pero lo de Ignacio es lo más importante. Hay que saber dónde se encuentra en estos momentos. Es uno de los cabecillas... − decía Juanito, mirando a Paco con un poco de irritación.
− Tú quieres saber dónde está Ignacio, bien. Lo que importa de verdad es el movimiento de los rebeldes.
− Y también dónde se encuentra Agramonte; para eso pago. Mi curiosidad coincide ahora con el interés de la patria. Ese poeta es un traidor, ha mamado de su madre para después buscar su perdición. ¡Si me lo encontrara cara a cara!
     La apariencia de Juanito − su estrecha cabeza comprimiendo los ojos contra la nariz, la nuez saliente como una cornisa, pálido, consumido − contrastaba con la de Paco, sólida y tranquila.
     Al bajar del tren, el espía francés dudó sobre qué dirección tomar. Paco, alzando el brazo, le indicó dónde estaban. No hubo saludos. Se dirigieron hacia un café junto a la estación. Una vez allí, sentados los tres en un velador, Juanito preguntó:
− ¿Y Agramonte?
     Ausubel sacó un pañuelo, se sonó la nariz; luego, miró parsimonioso a un lado y a otro, y se dirigió a Paco.
− Su amigo lo quiere saber todo de golpe. Igual que usted en el asunto de la dinamita. ¿ Recuerda…? Y la historia es larga. Antes de nada, me gustaría preguntar si el embajador conoce esta reunión, si estamos ante un asunto privado u oficial.
− ¡Lo que quiere saber es si puede cobrar de las dos partes! ¿No es así? − intervino Juanito impaciente −. Pues no, el embajador no está enterado. Esto es privado, para eso le pagué yo y es a mí a quien tiene que responder.
− No sea maleducado − replicó Ausubel secamente −, no se trata sólo de dinero. Me gusta conocer el sentido de mi trabajo. Yo no soy un detective privado al que contratan amantes despechados. Acepté su encargo porque Agramonte desempeña cada vez papeles más importantes, porque es una pieza de primer orden. Pero he obtenido información valiosa sobre un asunto central para ustedes: la hermandad.
− ¿Qué hermandad? − interrumpió Paco.
− Esa noticia es para el embajador, díganselo cuando vuelvan.
− ¿A qué hermandad se refiere? − insistió Paco.
− Si hay un buen precio, hasta me arriesgaría a hablar de ella − dijo, con mueca resignada, Ausubel.
− Diga ya lo que sepa de Agramonte − intervino nervioso Juanito.
− Bien, les seguí, a él y a un abogado del comité, hasta Nueva Orleans. Un largo viaje... Me hospedé en un hotel frente al de ellos y vigilé todos sus movimientos, que, en realidad, se redujeron a uno solo: buscar a un armador, un tal Finlay. Les vi en el muelle visitar con él un barco de vapor, el Crawford. Gesticularon y hablaron durante un buen rato; al fin, se estrecharon las manos. Cuando se fueron los cubanos, hablé con Finlay. Le apreté las tuercas con que era del servicio secreto, y me contó que acababa de vender el vapor. Debía llevarlo a Baltimore el día catorce. Le habían pagado la mitad en el momento y el resto se lo darían a la entrega. Según me dijo, era la primera vez que ayudaba a los rebeldes, y si accedía a informarme, era debido a su patriotismo: América lo primero.
     Ausubel hizo una pausa, tomó aire y observó el efecto de su relato. Miró a Juanito, que no paraba de hacer pequeñas tiras con la servilleta, y continuó:
− Ahora Agramonte se encuentra en Nueva York, anteayer estuvo en Washington. Comprenderán lo que vale en dólares toda esta historia. Me debe − dijo Ausubel dirigiéndose a Juanito con gesto frío − más de quinientos, entre viajes y alojamiento. Todo muy barato. En resumen, la expedición filibustera, como ustedes la llaman, sale de Baltimore el día quince. Díganselo al embajador.
− Mi tío no quiere saber nada de usted − repuso Juanito, con voz conciliadora.
− Háblele de esto y del otro asunto. No será tan necio como para no apreciar la calidad de mis noticias. Puede proponerle que se entreviste conmigo el día dieciséis, cuando se confirme todo.
     Juanito sacó un fajo de billetes nuevos de diez dólares y lo puso encima del velador.
− Aquí tiene la entrega prometida. Es todo lo que puedo darle. Hablaré con el embajador, pero de mí no puede sacar un céntimo más.
     La rabia se adueñó de Juanito. ¡Agramonte había estado en Washington dos días antes! ¡A verse con Victoria! ¡A sellar el pacto amoroso! La despedida del héroe que se monta en un barcucho y desembarca en una playa desierta. ¿Es eso valentía, cuando se tiene la recompensa de la admiración de la amada? ¿No es él mucho más valiente? ¡Él, que no se quita la vida! ¡Él, que aguanta las diplomacias de la respiración habiéndolo perdido todo!
     Quedaron solos Paco y Juanito delante de los vasos vacíos. Ausubel les dejó ensimismados: uno rumiaba barcos, otro miraba puñales que pasaban por su cabeza. Paco rompió el silencio.
− Hay que contarle todo esto a tu tío enseguida. Dentro de tres días, debemos hacer algo en Baltimore, tenemos que impedir ese viaje.
− Ese traidor... Es preciso eliminarlo, es una alimaña cargada de dinamita y de fusiles para matarnos a los españoles.
− Venga, venga, déjate de monsergas. Esto es una guerra y ellos creen tener la razón; creen que no van a matar, sino a liberar. Y sobre todo, es Victoria la que lo ha elegido.
− Tú siempre le has defendido...
− Hay que ser imparcial.
− Tú lo que eres es tonto. A un Mesía no lo voltea un mulato de mierda.
    Paco miró airado a Juanito, sintió el impulso de darle una bofetada allí mismo. Pero se contuvo; fijó su atención en la cara bonita de la camarera − limpia y rubia − entre la atmósfera humosa del café.
− Volvamos a la embajada − concluyó Paco, enfadado.

***

     En la antesala del despacho de Bayard, don Juan apenas tuvo que aguardar unos minutos. El secretario le hizo pasar antes que a una comisión de polacos que esperaba desde muy temprano. Bayard le recibió con atenta seriedad. Se imaginaba el objeto de la visita. Hasta él había llegado noticia del ajetreo rebelde. Lo que no sabía, dijo, era lo de la compra del barco.
− Tenga la seguridad de que impediremos la salida del buque si transporta armas, pero para ello debe ser más concreto. Por ejemplo, ¿cuál es el nombre?
− El Crawford, matrícula de Nueva Orleans...
− ¿Puede describirlo...?
− Según mis informes, un vapor remendado, aunque amplio y con capacidad de carga.
− ¿Quién fue el vendedor? ¿Y el número de la matrícula?
− No lo sé.
    En realidad, don Juan no quiso reconocer que a pesar de habérselo dicho Paco, había olvidado el nombre del armador. La matrícula no la tomó Ausubel.
    Bayard anotaba todo lo que decía don Juan. Se traslucía en su actitud un interés sincero por el asunto. Don Juan observó, sin embargo, que su mirada no era tan recta como de ordinario, que no se demoraba en el contacto cara a cara con la misma naturalidad que antes. La expresión, aun siendo amable, tenía un toque mínimo, pero perceptible, de frialdad. Don Juan dudaba sobre el origen de ese leve cambio. Lo achacó, por fin, a Catalina. Bayard sabía ya quién hacía sufrir a su hija. No había puesto reparos al entusiasmo de ella por el embajador español, lo había entendido como una amistad espiritual, literaria, a la que la diferencia de edad ponía a salvo de complicaciones. Aunque veía poco a su hija, cada vez la notaba más distraída, menos comunicativa, más al borde de uno de sus terribles ataques de tristeza. Llegó a pensar que padecía amores desdichados con algún joven diplomático. Sin embargo, una tarde, al atravesar el parque, desde el coche que le trasladaba al despacho, vio a su hija paseando con don Juan. Percibió, en una ráfaga, la actitud de ella y lo comprendió todo: Catalina no cogía del brazo a un viejo amigo y simpático embajador, sino al hombre de su vida.
    Bayard hizo una pausa en sus anotaciones y miró inexpresivo a don Juan:
− Supone usted que en Baltimore cargarán las armas... Enviaremos allí a la policía de aduanas para que registre el barco.
− Si el Crawford llega allí el día catorce, es lógico que los fusiles también. Por eso preferiría que mandara a los federales. Los de aduanas son iguales en todos sitios.
− No podemos invadir competencias... − dudó Bayard.
− Según se me alcanza, esto es un caso de política exterior y es la policía del Estado la que debe actuar. Por otra parte, ¿qué han hecho los de aduanas en todos los embarques filibusteros del pasado? Por lo que sé, absolutamente nada.
− Debo advertirle que en este país el tráfico de armas es legal. Lo ilegal es que no paguen las tasas exigidas para la exportación.
− En todo caso, le rogaría que mandara a los federales.
− Veré qué puedo hacer.
− También quería hablarle del periódico del comité de Nueva York. A diario, hace llamadas a la rebelión o publica falsedades y exageraciones sobre la actuación de mi gobierno en Cuba. Y sobre todo, estamos seguros − mi cónsul tiene todas las pruebas − de que las consignas para la expedición que se prepara, se publican camufladas dentro de sus páginas.
− El presidente no puede cerrar un periódico. Sólo pueden hacerlo los jueces. En estos momentos, por lo demás, no veo muy oportuno para ustedes airear esa cuestión. A toda la prensa la tendrían en contra. Debe saber que el Senado ha adoptado una resolución urgiendo al presidente a reconocer la beligerancia de los rebeldes cubanos. Usted conoce a Cleveland, sabe que no acepta imposiciones a su autoridad, que rechaza apoyar la insurrección de los cubanos, pero no sería favorable para nuestro gobierno tener la hostilidad de la prensa, del Senado y, tal vez, del Congreso.
    Don Juan quedó en suspenso durante unos segundos.
− De todas formas, le ruego que no olvide mandar a los federales.
− No deja de admirarme − y Bayard cambió a un tono confidencial − el valor de estos hombres. Hacer la travesía del Caribe en semejante cascarón, arriesgarse a la vigilancia de la flota de ustedes, desembarcar en sitios difíciles, esconderse y sobrevivir en las sierras...
− Razón de más para que impidamos que corran tales peligros y calamidades − replicó, con una sonrisa, don Juan. Y luego más serio:
− Yo también admiro el heroísmo, aunque trato de derrotarlo si es a mi costa. Ni usted, ni yo, seríamos buenos soldados. Para matar, supongo que hay que odiar al enemigo, animalizarlo, nunca comprenderlo.
− Tampoco, me temo, que sea un buen padre − soltó de pronto Bayard, cuando se dirigía hacia la puerta con don Juan para despedirle −. Apenas tengo tiempo para mi hija.
− Los políticos cargamos con esa cruz − admitió don Juan sin mirar a Bayard −. Yo quisiera traerme aquí a mis hijos, pero no convenzo a mi mujer.
    Creía él que, presentándola en medio de la escena, su familia actuaría como escudo para evitar indagaciones que temía inminentes por parte de Bayard.
− Seguro que usted ve a mi hija más que yo − dijo el padre de Catalina, con aire de reproche y celos paternos.
− Casi todos los días, en casi todas las tertulias − puso don Juan énfasis en “tertulias”.
    Ya en la puerta del despacho, el jefe de la comisión, harto de esperar, se precipitó hacia Bayard y le estrechó la mano; a continuación, los polacos desfilaron hasta que estuvieron todos dentro. Don Juan vio pasar la caravana como un soplo alegre de pájaros bienaventurados.

    Volvió andando a la embajada. “No puedo hacer el ridículo. Seducir a la hija de quien depende mi éxito profesional es una majadería, una maldita vanidad de donjuán decadente. No hay pasión por mi parte. Ni locura, ni método. Abandonarla, eso sería responsabilidad y sensatez. No quiero pensar en lo que va a sufrir. No quiero ponerme en su lugar. Si lo hiciera, nunca tomaría la decisión. Ahora, bastante tengo con los cubanos. Debo ir enfriando poco a poco a Catalina. ¿Enfriarla? ¿Y quien me dará su calor? A mi edad, es lo máximo a que puedo aspirar. Voy a dejar de frecuentar las tertulias. Le diré que no podemos traducir juntos porque el trajín con los independentistas me exige todo el tiempo. Si las cosas se ponen dilemáticas, si hagas lo que hagas te vas a equivocar, lo mejor es dejar el mundo correr. Mañana, Dios dirá. Hoy, sólo es urgente mandar un cable cifrado a don Ignacio María, advertirle de la expedición que se proyecta para que tome medidas, por si Bayard no puede impedirla”.
    Juanito, Paco y Pestaña le estaban esperando. Al entrar don Juan por la puerta de la embajada, se fueron todos hacia él. “Ha prometido detener la operación. Enviará los federales a Baltimore para requisar las armas”.
− ¿Cree usted que lo hará? − dudó Pestaña.
− Es un hombre de palabra − contestó don Juan.
− Pero los que mandan aquí no lo son. ¿Confía usted en que los federales hagan algo?, ¿qué ocurrió en ocasiones anteriores?
− Nunca hemos tenido informes tan precisos, ni un Secretario de Estado tan favorable. Mi única duda ahora es lo del periódico.
− No podemos permitir ese panfleto− intervino Paco con vehemencia.
    Don Juan miró a Pestaña y a Juanito. La expresión de los dos concordaba con la de Bustamante. Entonces, dirigiéndose a don Saturnino, le encargó:
− Prepare usted los papeles para presentarlos en el juzgado. No tenemos otro remedio. Ya sabe, la ley de neutralidad de 1818, el carácter bélico de las proclamas…
− Creo que debemos ir a Baltimore para asegurarnos. Si nos presentamos allí como testigos, no creo que tengan la desfachatez de dejarlos marcharse − propuso Juanito.
− Ve tú y que te acompañe Paco, si quiere.
    Don Juan se sorprendió de lo pronto que había aceptado la idea de su sobrino. Si su hermana lo supiera... Fue algo superior a sus afectos familiares. Quería alejar a Juanito, cada día más irascible, más impertinente, con la cantilena histérica más desatada. “Sí, sobrino, vete lejos y desfoga tus ímpetus, haz algo útil... Y tarda en volver. Necesito tranquilidad en estos días virados”.
− ¿Cree usted que eso es prudente? − preguntó Pestaña.
− No tienen por qué darse a conocer, sólo observar la operación: vigilar el barco y ver lo que ocurre. Y si Bayard no cumple, podremos reprochárselo − contestó don Juan.
− No te preocupes, no nos perderemos un detalle de lo que hagan esos sinvergüenzas − aseguró, fogoso, Juanito.
− En fin, no sé. Haced lo que queráis. Pero nada de tonterías, ni de heroísmos. Sois diplomáticos profesionales − concluyó don Juan, mirando a su sobrino de manera especial.
    Juanito salió a comprar equipo para el viaje. Su tío, cosa rarísima, le había enviado a una misión pasiva y agradecida, aunque, si la contemplaba con imaginación, encerraba cierto riesgo. Defender a la patria de aquellos dinamiteros, vigilar un barco de guerra con hombres armados: he ahí una aventura. Y ver a Ignacio, por fin, detenido, esposado, humillado. Eso no tenía precio. La ocasión merecía una ropa de "sport" elegante. Había oído que en Baltimore, a pesar de su carácter portuario, la gente vestía a la última moda.
    Al volver de las tiendas, comprado ya el atuendo necesario, se detuvo ante una armería. En el escaparate, los cañones relucientes le sacudieron al instante. Se fijó en un revólver Smith&Weson pequeño, adecuado a sus manos mínimas, diseñado a la perfección para encajar en sus necesidades. Le daría seguridad. “Nunca se sabe con los cubanos. Como intenten algo, se van a encontrar con Lady Smith”. Si le miraban raro en la armería, diría que era para un regalo. Entró, y todo fue tan sencillo como comprar un peine. El dependiente había empezado a empaquetar el revólver, pero Juanito lo sacó de la caja y se lo metió en el bolsillo. Le cabía con holgura, con el abrigo puesto, no se notaría nada.
     Cuando llegó a la embajada, fue a buscar a Paco. Desde fuera de la oficina, le hizo un gesto para que le siguiera. Ambos subieron a la habitación de Juanito. Paco la vio más revuelta que nunca: ropa y revistas ilustradas tiradas por el suelo, copas de coñac vacías, ceniceros atestados de colillas... A lo que había que añadir, para acabar de pudrir la atmósfera, la mezcla de colonia de París con el olor espeso de los zapatos desperdigados. Debajo de la ventana, colgaba una repisa repleta de frascos medicinales; destacaban por su volumen, uno de láudano para dormir y otro de masa azul para el estreñimiento.
     Juanito sacó el revólver y, apuntando a la ventana, fingió disparar.
− Plomo al terrorista, balitas al cubano.
    Paco se sobresaltó.
− ¿Qué haces, estás loco? Deja eso.
− Quería enseñártelo. Nos protegerá.
− Si lo llevas, no cuentes conmigo para ir a Baltimore − dijo Paco, mirando fascinado el arma que aún blandía Juanito.
− Ellos irán armados.
− ¿Y qué? Son los federales los que actuarán. Tú vas de observador, de diplomático. ¿Cómo se te ha ocurrido comprarlo? No has disparado en tu vida. Si la policía te lo encuentra, puede confundirte con un filibustero. Es más, ahora pareces un facineroso − observó Paco, cambiando a un tono menos áspero.
− ¿Y lo que me ha costado?
− Guárdalo como recuerdo. Es una pieza bonita.
− Bueno, tú ganas. No lo llevaré. No sé manejarlo, ni cómo se carga, ni lo del seguro.
− A ver, déjamelo.
    Paco cogió el Lady Smith, lo miró y manoseó durante unos instantes.
− Hay que reconocer que tienes buen gusto.





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