viernes, 27 de agosto de 2010

28. Don Juan y la realidad


     La última noche en Nueva York, don Juan cenó con Catalina en un pequeño restaurante francés, Chez Marcel, en Broadway. Los platos que pidió él tendían a la moderación; los de ella, que sonaban más poéticos, resultaron también los más escuálidos en materia. Cuando don Juan, con calma, apenas empezaba el suyo, Catalina ya había terminado y se quedaba observando el trinchado majestuoso del embajador. Poco tiempo duró la contemplación, pues, como si él fuera un niño a quien hay que distraer mientras come, Catalina inició con energía una abigarrada danza de ideas: ruiseñores, metafísica, la pálida y débil aurora, los labios que sobreviven en el camino, la juventud perenne, la barca de Caronte, la rosa triste de Sharon, el inocuo lunático de Mister Lippet en una sesión de espiritismo, el segundo estado de conciencia, los cien monstruos marinos de Escandinavia, sirenas… Don Juan, con el tenedor levantado, intentaba interrumpirla para pedirle aclaraciones; pero ella, radiante, con los pendientes reluciendo en sus orejas coloradas, no le hacía caso, y volátil, seguía brincando en el torbellino: las faldas del Parnaso, cocodrilos y albatros, gusanos de pan, burbujas, neblina, pájaros sin pies del Paraíso, espectros… 
    Cuando don Juan terminó de comer, Catalina amainó.
− ¿Ves?, no consigo domar mi imaginación.
    Don Juan le cogió la mano y la mantuvo debajo de la suya, sobre la mesa.
− Apenas has comido.
− Ni bebido, pero ahora me apetece el champán.
    Brindaron mirándose a los ojos.
    Al salir, la noche era fría; las calles, mojadas y desiertas. Catalina, que no llevaba abrigo, permitió que don Juan le echara el suyo sobre los hombros. Agarrados como dos novios, llegaron al hotel. No repitieron la estratagema del primer día, entraron sin rodeos en el elevador. Ya en el pasillo de las habitaciones, ella se le colgó del cuello y le dio un largo beso.
    En la cama, don Juan le pidió que le calentara los pies. Ella se apresuró a frotarlos contra los suyos; luego, le cogió las manos y las metió debajo de sus axilas. El cuerpo de ella ardiendo, el de él no acababa de tomar temperatura. Don Juan empezó a besarla. Le cogía la nuca, recorría su espalda hasta los glúteos, se demoraba palpándolos... Abajo tardaba un poco en animarse. Renovó sus esfuerzos, no dejó ningún rincón por explorar. Cuando detectó cierta mejora, intentó el asalto, pero la viga no abría la puerta del castillo. Catalina, afanosamente, trataba de facilitarle la entrada… Fue inútil. Don Juan se apartó con brusquedad y buscó refugio en su lado de la cama. Permanecieron unos instantes en silencio. Catalina le miraba un poco desconcertada.
− Sigue… me hace mucho bien.
− No puedo…− dijo, con voz ronca, don Juan.
− Sí puedes, estabas entrando en mí, aunque no como tú quieres… De todas formas, sigue, acuérdate de la otra noche…
− Sí, y quizás dentro de unos días… pero tú eres una mujer joven.
− A mí eso no me importa demasiado.
− Yo me siento mal así, como un impostor.
− No has comprendido mi amor, yo quiero tu corazón, tu tiempo, tu atención, estar contigo siempre, verte siempre…
− ¿Qué podemos ser tú y yo? Ni la naturaleza, ni el sentido común nos da salida. No podemos ser amantes.
− Eso déjalo para otros; tú eres mi amigo, mi compañero de toda la vida… Sonríe y no pongas esa cara.
− ¿Para qué quieres a un viejo?
− Necesito de ti, de tus consejos, de tu talento para iluminarme, de tu cariño… Eres mi destino.
− He pensado mucho en esto. La veneración que me tienes es demasiada responsabilidad.
− Si eso te agobia – murmuró Catalina con voz dolida – no te expresaré mi cariño.
− Tu cariño me hace mucho bien, es tu amor lo que temo.
Catalina se incorporó, acercó su cara a la de don Juan − que parecía don Quijote después de una paliza − y le dijo suavemente:
− Temes que me adueñe de tu corazón. Pero no debes alarmarte con mi ternura… Tu libertad no corre ningún riesgo conmigo.
− Yo no soy libre.
− Sí lo eres, tu mujer no te quiere.
− Pero tengo raíces, demasiadas, sesenta años de raíces… y no puedo ofrecerte una vida ni esperanza ni hijos.
− Yo no quiero hijos tuyos… sólo quiero tu presencia a mi lado siempre.
− Tienes murciélagos en el campanario – dijo don Juan con sonrisa agradecida, un tanto amarga.
    Ella le cogió la mano y la puso debajo de su pecho izquierdo; luego, la apretó contra las costillas, sobre el corazón.
− Cuidado, ten cuidado con él… mira que me puedo morir. Tú no sabes, no puedes saber, que puedes matarme, no lo sabes. Si quieres mi vida, si quieres conservar a tu amiga, cuídala, dale sosiego.
    Don Juan sentía el latido furioso del corazón de Catalina. Retiró la mano y le acarició la cabeza de forma suave, constante, hasta que ella se durmió.

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