sábado, 28 de agosto de 2010

29. Romeo no acude


     Llegó la hora. Victoria contemplaba los cisnes, lanzaba ojeadas al sendero. “En este momento saldrá de la logia. Se está subiendo al coche... Han dado las cuatro y cuarto. De sobra ha tenido tiempo de llegar. Debo tener paciencia. Son asuntos importantes. No puede despedirse diciendo que le espera una mujer. Voy a acercarme a las tiendas de enfrente”. Una joyería, un escaparate, maniquíes sin cabeza embutidos en vestidos largos... Pronto supo el precio de todas las prendas. "Algo serio le habrá impedido llegar. También él estará pasándolo mal". Volvió a cruzar la calle, a pasear por el parque. Contaba las pequeñas grietas del suelo seco, los faroles, los adornos de los bancos... Miró el reloj, eran las cinco. Trató de pensar en las flores que le habían enviado por la mañana, en la fiesta del martes próximo, en las invitaciones que tenía que mandar... "¿Habrá intervenido el espía? Ignacio detenido, quizás asesinado ¿Y si se hubiera arrepentido? En cualquier momento va a presentarse”. Se volvió de espaldas, y nada. Eran ya las seis. Regresó a la embajada.
    Desde su habitación, se asomaba continuamente a la ventana. Creía que Ignacio acabaría apareciendo, por muy tarde que fuera. No podía dejarla en aquella congoja. Trató de arreglar un collar que tenía vencido el cierre, pero las manos no le respondían. Llegó la noche, las doncellas la llamaron para la cena. Dijo que tenía dolor de cabeza, que se iba a acostar. Trató de dormir, no lo consiguió hasta la madrugada.
    Por la mañana se despertó tarde. Sin volver por completo de la inconsciencia, abandonó la cama con esfuerzo y anduvo indecisa hacia su bata de baño. Debía ir cuanto antes a buscar ayuda. Visitaría a la jueza Chivers, le pediría consejo. Con lo bien informada que estaba, quizá supiera algo.
    Al llegar a casa de la jueza, le abrió la puerta don Juan. Victoria no pudo evitar una sombra de fastidio y de urgencia en su cara. El embajador lo advirtió.
− Laura ha subido con la doncella al cuarto de la costura. Me está arreglando el uniforme. Poca cosa, afirmar unos botones...
− No tengo prisa.
    La palidez, las ojeras, la voz apagada, resultaban tan patentes que don Juan se dirigió a la escalera y llamó con voz poderosa.
− Laura,... Laura,... Victoria te busca.
    Enseguida emergió la amable figura en el rellano de las escaleras y bajó con animación al encuentro de su joven amiga. Don Juan intentó despedirse, pero la jueza le conminó a que esperara un poco más para poder llevarse el uniforme arreglado. Ellas saldrían al jardín.
− ¿Qué te ocurre querida?
− Ignacio ha desaparecido.
− ¿Ignacio?
− Sí, el poeta cubano, Agramonte.
− ¿Y por qué tenía que aparecer?
− Porque había quedado citado conmigo. Ayer le estuve esperando dos horas y no se presentó.
− Perdona, pequeña, pero no sabía que las cosas con ese joven estuvieran tan avanzadas.
− Le quiero – soltó, brusca y orgullosa, Victoria.
− Por fin te oigo decir eso; ya desconfiaba yo de que, rodeada de tanto petimetre, pudieras enamorarte alguna vez. Hay mujeres que nunca lo consiguen. ¿Tienes alguna idea de lo que ha podido pasarle?
− Me dijo que vendría a Washington a pedir dinero para la causa de Cuba. Tenía que visitar a ciertos señores de la logia de Columbia.
− Por ese lado no debemos temer. Yo conozco a todos los masones de la ciudad, con ellos está una más segura que con los doce apóstoles.
− Quisiera que usted le preguntara a alguno de sus amigos si le han visto, si ha llegado a entrevistarse con alguien... Si ha puesto los pies en Washington, al menos.
− Podemos preguntarle a Jessop. O al mismo jefe de policía.
− No, a la policía no − rechazó Victoria con viveza.
− No podemos denunciar una desaparición porque alguien no haya acudido a una cita amorosa.
− En Nueva York le seguía un individuo.
− Pero él es un poeta − dijo la jueza.
− Está deseando dejar de serlo. Quiere combatir, ofrecer su sangre. Sé que tiene una pistola para defenderse − afirmó Victoria con orgullo manifiesto y cierto temblor en la voz.
− Ay, hija mía, creo que has ido a enamorarte de un problema andante.
    Victoria apretaba su bolsito floreado, lo abría y lo cerraba como si dudara en dar una limosna. Se habían sentado en una pequeña pérgola, las buganvillas caían en su regazo a impulso de la leve brisa del mediodía. No se ocupaba de sacudirlas. La jueza lo hizo por ella. Luego cogió a Victoria del brazo y la zarandeó para animarla.
− Tienes que confiar en que todo saldrá bien. Por ahora, lo que ocurre es que Romeo se retrasa.
    Victoria se levantó. Antes de bajar los escalones de la pérgola, dirigió una mirada de agradecimiento a la jueza. Ésta la acompañó hasta la puerta del jardín que daba a la calle.
    Don Juan la vio salir desde el salón. “Muy serio debe de ser lo que le pasa, para que no se haya despedido de mí. La cortesía nunca la pierde esta muchacha”.
    La jueza entró en la casa:
− Usted no se mueva.... que ya lo tenemos casi dispuesto. Lo que no comprendo es cómo ha cogido tanta mugre negra. Si quiere, se lo lavamos también. ¿A quién se le ocurre llevar un traje así en un tren, y además ponérselo?
− No me riña más y dígame qué le ocurre a Victoria.
− Nada malo, asuntos de amores.
− Pues yo le vi más bien cara mortuoria.
− La tenemos enamorada... Su amor no ha acudido a una cita.
− El cubano, claro.
− El mismo.
− A ver si esa muchacha se centra de verdad y deja en paz a mi sobrino. En la cena de Nueva York ya estaba claro que tortoleaban. Me da lástima de Juanito, que es más débil. Pero bueno, el alma de los jóvenes cicatriza pronto.
    De vuelta a la embajada, don Juan llamó a su sobrino. Juanito tardó más de veinte minutos en bajar de la habitación. Cuando entró en el despacho, su tío le dijo sin preámbulos:
− ¿Sabes que Agramonte ha desaparecido?
    Juanito sintió una oleada de albricias, un vahído, un minúsculo desvanecimiento. “...Desaparecido. O quizás muerto, anulado, borrado. Victoria, liberada. No se puede uno alegrar de la muerte de un semejante. Aunque todavía no he oído la palabra “muerte”, sólo “desaparición”. Además, no es un semejante, sino un adversario de mi patria y de mi corazón. Él me mataría indiferente en el campo de batalla. Seguro que no se ha apiadado de mí, cuando triunfaba con Victoria. Desaparecido no es muerto. Ya no presumirá con su mirada empalagosa”.
− ¿Qué ha pasado? − terminó preguntando Juanito, con voz indiferente.
− Me he enterado por la jueza de que no asistió a una cita con Victoria − dijo don Juan.
− ¿Una cita…?
    “Bien, así tiene que ser. Bien hecho por el destino. Una cita con Victoria. Las relaciones debían de estar muy avanzadas para que ella se comprometiera así, a solas. Definitivo. No quiero la muerte de nadie.”
− Descartando que esté muerto – continuó don Juan −, sólo se me ocurre pensar en que algo serio preparan los rebeldes.
− ¿Cómo lo ha tomado Victoria? − preguntó Juanito.
− Yo la vi desencajada... si quieres que te diga la verdad. Debemos averiguar qué traman los cubanos. Tengo que decirle a Pestaña y a Paco que investiguen.
− ¿Y conmigo no cuentas?
− ¿Qué vas a investigar tú?, que no eres capaz de copiar un despacho, que te levantas a las doce de la mañana.
− Pues, a pesar de eso, creo que sé más que todos vosotros de este asunto − exclamó Juanito enrabiado.
− ¿Qué quieres decir?
− Quizás hayan espiado para mí...
    Juanito le contó a su tío la entrevista con Ausubel en el Club Artemisa, el día del obelisco. El francés se ofreció a vigilar a Agramonte. Durante el rato que estuvieron bebiendo, dedujo con claridad la ceguera celosa de Juanito. Trató de obtener de él dinero fresco. En efecto, éste le entregó dos semanas después quinientos dólares para mantener la vigilancia de Ignacio en Nueva York. Con la euforia etílica, le había prometido trescientos más si le traía algo grande.
− ¿Y de dónde sacaste tantos dólares? − preguntó don Juan con un nudo en la garganta, temiéndose lo peor: que su sobrino hubiera cogido dinero oficial.
− Me los mandó mi madre. Ha tenido buena cosecha y le he revelado lo de mi solitaria. Quiere que me traten los mejores médicos de aquí.
    La irritación de don Juan subía. Tuvo que contenerse para no darle una bofetada. Su hermana, engañada por aquel botarate, sufriendo por la enfermedad del querido niño, mientras él encargaba a un reptil que vigilara a su rival amoroso por si encontraba algo para destruirle.
− Bueno, pues esa locura que tú crees que hice − continuó Juanito − nos puede ser muy útil. Por el mismo precio, le voy a decir a Ausubel que me informe del lugar en que se encuentra Agramonte en estos momentos. Mira por donde, voy a prestar con mi dinero un servicio a España. Porque si tenemos que esperar...
− No veo bien que eso lo pague mi hermana. Pediré al ministro un fondo especial para este asunto.
     Juanito salió del despacho con un brillo patriótico en los ojos. Don Juan encendió un puro. “¿Qué le habrá pasado a Agramonte? ¿Por qué me intereso por ese muchacho? Después de ir a Cuba, dudo. No sé de qué lado me encuentro. Pero no puedo permitírmelo. Él representa la fuerza que puede matar a los jóvenes de mi tierra, incluidos mis hijos. No puedo dejar las cosas correr. Hoy menos que nunca. No puedo tener otro fracaso. Catalina me ha dicho que Cleveland va a retirar la ratificación del tratado de comercio. Sabe que el Senado no lo aprobará y no quiere una derrota política. El maldito Herlizer ha hecho bien su trabajo publicando prematuramente las cláusulas. Esto afectará a mi situación. Le calentarán la cabeza a Cánovas para que mande aquí a un conservador. El embajador Foster rugirá de satisfacción y seguirá con los chismes. Menéndez Pelayo me dice por carta que en casa de los Campo Alange, la anfitriona le había preguntado sin ambages: "¿Cómo van los amores de su amigo con esa dama americana?". Mi hermana Sofía, desde París, me aconseja que no haga extravagancias. A Dolores todavía no le han llegado los rumores, de lo contrario me habría mandado una carta feroz. Pero no puedo tentar a la suerte, siempre hay un alma caritativa dispuesta a abrir los ojos por amistad”.

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