sábado, 14 de agosto de 2010

16. Los Gamazo

   
     Don Juan se dirigía al Casino de la Habana. Mercedes le había dicho que Valentín le esperaba allí para almorzar. En el trayecto, se le acercó un vejete que llevaba lotería: empañados los anteojos de gruesos cristales, la colilla del puro en la boca, desdentado, con barba de pinchos blancos. “¡La cubana!, ¡la auténtica!, el 7.025, el rayo,... ¿Quién la quiere?” El azar es ciego, y aquel vendedor casi lo era. Sacó un billete − recién cambiado, crujiente −, que de inmediato fue capturado por unos dedos sarmentosos, con uñas negras de mugre.
    Continuó, errante, por Oficios, Compostela, Aguacate, Villegas... Y las tabernas “Alma Húmeda”, “La última de Pérez”. Fachadas roídas por el salitre marino, almacenes con profundas hileras de barricas que olían a tasajo. Al entrar en la calle Obispo, un hombre fue hacia él con los brazos en alto.
− Por fin doy contigo – dijo, abrazándose al embajador.
    En un primer instante, don Juan no reaccionó.
− ¿No me conoces? – insistió el hombre.
   Don Juan vaciló unos segundos; cuando acabó el abrazo, pudo verle la cara a quien no era otro que Valentín. Entonces fue él quien volvió a abrazar al amigo recuperado.
− He llegado esta mañana de “La Soledad”. Me ha dicho Mercedes que habías salido a dar un paseo y tenía tantas ganas de verte, que me he puesto a callejear por si te encontraba antes.
    No veía a su amigo Gamazo desde hacía unos treinta años. El hacha del tiempo le había tratado con relativa misericordia. Aun así, el cerco del pelo se retiraba cráneo arriba; el cuello, ensanchado, se hacía continuo con la cabeza; la boca se descolgaba en las comisuras. En suma, la figura atlética que en Granada, de estudiante, trepaba de un salto a un balcón, había desaparecido sin dejar rastro. Mientras se dirigían al Casino, Valentín le contó a don Juan lo esencial de su vida. En Cuba no pudo utilizar su título de abogado. Se empleó, primero, en una tienda de tejidos, luego montó una pequeña lavandería para uniformes de soldados. Ahí ganó un poco de dinero, que invirtió en el suministro de vestimenta a la intendencia militar. En la Guerra Grande, los pedidos fueron fabulosos. Estuvo diez años surtiendo al ejército español. Sólo él junto con "Plá y Carbonell, Paños de Sabadell”, tenían la exclusiva. Una fortuna. Con ella compró la hacienda de caña “La Soledad”, cerca de Cienfuegos.
    En la mesa, durante el aperitivo, buscaban el tono, escudriñaban los silencios, se tanteaban..., como camaradas muy cercanos en una época de la vida que, con el paso del tiempo, terminan por volverse unos extraños y, al reencontrarse, se esfuerzan por recuperar la capa del alma que guarda el calor de la antigua amistad. Gamazo − traje de fina alpaca, sombrero panamá, camisa con bordada pechera − pidió al solícito camarero: "rabo de toro para el embajador y tortilla de patatas con chorizo para mí".
− Todavía no te he preguntado por el viaje.
− Magnífico… Conducido por el sabio Pastorín.
− Sabio y patriota – añadió Valentín con orgullo.
− Veo que le conoces.
− Tiene mucha responsabilidad sobre sus hombros don José… Yo le conozco desde el tiempo de los voluntarios.
    Don Juan le contó a Gamazo las andanzas de Pastorín en Norteamérica, pero no se decidía a hablarle del asunto explosivo. Al fin lo hizo, cuando creyó haber recuperado el verdadero rostro de su amigo juvenil.
− Ahora creo que tiene más responsabilidad que nunca, trata de encontrar a un tal Agüero, que nos tememos que haya metido aquí la dinamita de los nihilistas para hacer algo gordo.
− Dile que cuenta con todo nuestro apoyo.
− ¿Nuestro?
− Sí, con el mío, y con el de los voluntarios que quedamos en el Partido Constitucional.
− De todas formas, no hables de esto a tus amigos – aconsejó don Juan.
− Descuida, pero déjale claro que cuente conmigo… Dispongo de una buena red de información que le puede ser de utilidad.
    Cuando terminaron de comer, don Juan rehusó el postre. Valentín llamó a un limpiabotas, que no pudo actuar porque Gamazo se levantó rápido y trajo a la mesa a un hombre de unos sesenta años, muy moreno, delgado, con guayabera y pantalones blancos.
− Juan, te voy a presentar a don Julio Pagliari Soler, coronel de la guardia civil y jefe de la policía gubernativa de la Habana.
    El coronel hizo un amago de cuadrarse, pero sólo juntó los pies e inclinó un poco la cabeza; luego, avanzó una mano cordial.
− Don Julio – continuó Gamazo −, hoy no cuente conmigo para el dominó.
− No se preocupe, tendré que sufrir a Cercedilla − aceptó resignado el coronel.
    Cuando se retiró Pagliari, Valentín dijo:
− De este hombre depende nuestra seguridad. Su hora y media de dominó es la única expansión que tiene en todo el día.
− No comprendo cómo podéis pensar en las fichas recién comidos.
− Nunca he dormido la siesta.
    Don Juan bostezó:
− En tu caso, bueno, pero un jefe de policía debe dormir la siesta…
− No en la Habana; su cerebro tiene que estar siempre en guardia, el dominó le ayuda a distraerse sin perder los reflejos.
    Don Juan comenzó a sentir sopor; el rabo de toro hacía su efecto... y el calor húmedo, la vegetación del patio, el zumbido del moscardón…
− Me tomaría un café solo.
    Gamazo llamó al camarero, después le ofreció a don Juan un augusto veguero.
− No te duermas, fúmate éste y hablemos del asunto Larache, ¿cómo va la cosa?
− Creo que bien. Lo consulté con el gobierno y me dio permiso para que firmara la reclamación. Pero esto es cosa lenta, complicada. Me temo que a algunos personajes habrá que untar: al subsecretario Davis, al abogado consultor del departamento de Estado, a ciertos jueces…
− Es mucho dinero, puede haber regalos para todos, y por supuesto para ti – dijo Valentín mirando a los ojos a don Juan.
− La reclamación es justa. El embajador, cualquiera que fuere, sólo cumple con su obligación dándole trámite.
− A ti, la casa, según me han dicho, podía obsequiarte con unos treinta mil dólares.
Era la primera vez que don Juan oía una cifra concreta. Sonó dentro de él un repique de campanas. Una fortuna. Su vuelta triunfal. El fin del agobio.
− Te digo que un funcionario del Estado no debe recibir más que su sueldo por cumplir con su obligación.
− ¿Pero qué escrúpulo es ése? La obligación se puede cumplir de muchas maneras… Si uno vigila, se esfuerza más allá de su estricto deber y está atento a todo, como tú lo estás, ¿por qué el beneficiario de tu esfuerzo no te va a mostrar su agradecimiento? ¿A quién le quitas tú el dinero? El millón y medio de dólares es de la casa Larache – y un veinte por ciento mío como socio −, tú ayudas a sacarlo de los sótanos del Tesoro americano que se lo apropió, ¿y no te vamos a recompensar? No es dinero del Estado español, ni procede de negocios ilícitos. Imagina que un guardia civil impide que un bandolero te robe la cosecha de aceite de tu finca, ¿qué pensarías de él si no aceptara que le mandaras una arroba?
− Que es un santo… o un tonto − reconoció don Juan.
− Y entre los extremos se halla el hombre prudente.
− Mi situación económica es desastrosa − se lamentó don Juan con tono resignado − ¿Por qué crees que he cruzado el charco a mi edad? Pues porque viniendo a América sin la familia, creí que podría ahorrar.
− Razón de más para que no dudes. Yo también necesito esa liquidez. Aunque demos a los funcionarios yankis el treinta por ciento de la reclamación, Maza y Larache recibiría más de un millón de dólares, y yo unos doscientos mil. Eso casi me quita las hipotecas con Atkins sobre la hacienda. Si tú me ayudas a salvarme, ¿no es justo que yo sólo te alivie?
− Yo creía que tú…
− Ya te contaré las amarguras otro día. Ahora vete a dormir la siesta. Tienes que mantenerte bien despierto para disfrutar de este paraíso que nos quieren quitar. Dile a Mercedes que no sé si esta noche iré a cenar.
   Al salir del casino, Gamazo le dijo a un cochero que llevara a casa al embajador. Cuando entró en el zaguán, fue recibido por el frescor y la sombra: un toldo cubría el patio tapizando el suelo con lunares de luz, goteaba monótono el chorro de la fuentecilla; desde unos grandes macetones que rezumaban humedad y olor a arcilla, la yedra ascendía por las columnas. En el piso de arriba, cantaba Sinda. Valentín hijo acababa de llegar y se había encerrado en su habitación. Don Juan, aunque necesitaba la siesta, se quedó a charlar con Mercedes.
− Juan, el niño me tiene preocupada.
− Pues parece un muchacho tranquilo e inteligente.
− ¿Tranquilo?... Será por fuera. Yo le conozco y sé que no deja de pensar. Tiene algo metido en la cabeza, y hasta que lo consiga no parará. No sé de qué se trata, pero imagino lo peor.
− A esa edad sólo puede ser una mujer − apuntó don Juan sin mucho convencimiento.
− No es una mujer. Creo que en la universidad anda con malas compañías. El convento de Santo Domingo es un mal semillero de independentistas. Siempre hay altercados entre estudiantes españoles y rebeldes. El otro día vino con el pantalón desgarrado. Me lo contó Sinda. Cuando está aquí, se pasa las horas leyendo y escribiendo, luego se va de casa y no le vemos más el pelo. Su padre no ha hablado con él en un mes. Todo nos ha venido a la vez: los problemas de la hacienda y los del niño.
− ¿El padre sabe algo? − preguntó don Juan.
− Menos mal que no. Si se enterara, no quiero ni pensar lo que pasaría.
− Bueno, a esa edad se suele ser idealista, se quiere arreglar el mundo. Los jóvenes necesitan probarse, desafiarse unos a otros y a sí mismos. Además, está en el ambiente.
− Pero nosotros le hemos educado como español, no como cubano. Le mandamos, desde los diecisiete años, cada Navidad, a Toledo con sus tías. Hasta hace unos meses, teníamos todos opiniones iguales en política. Ahora, las pocas veces que coincidimos en la mesa, se encierra en sí mismo o habla de cosas intrascendentes. Sobre todo se le nota en la mirada. Desconfía de nosotros. Ya no nos admira. Creo que se avergüenza. No sé si todavía nos quiere. Con la única que habla es con Sinda y, según ella, tampoco le dice gran cosa. Hoy, por ejemplo, salió a las nueve para la universidad y ha vuelto un poco antes que tú. Traía los ojos brillantes. Seguro que no ha comido.

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jueves, 12 de agosto de 2010

15. La Habana


Capítulo anterior

    La corbeta Astarté hendía, ligera, la capa fresca del mar. Aparejaba tres mástiles con cofas, crucetas y una sola batería: la del combés. Las velas tersas, la cubierta encerada, los cañones, relucientes como plata de monjas. Baltimore, a lo lejos, cada vez más sumido en el horizonte. Don Juan observaba el ajetreo de los marineros. Acostumbrado a los trasatlánticos, el empuje del viento en las lonas le producía pequeñas sacudidas, diminutos sobresaltos, a los que pronto se habituó. No llegaba a creerse que estuviera navegando rumbo a Cuba, dispuesto a cruzar el Caribe.
    Acabadas las tareas de salida, la tripulación rezó en cubierta una salve marinera que − con voz campanuda, una mano en el timón, otra en el breviario − dirigió el capitán desde el castillo de proa. Pastorín izó la bandera española, dio tres vivas al rey. A continuación, los científicos se presentaron ante don Juan: Fermín Paredes, santanderino, encargado de la investigación botánica; Leopoldo Factos, dibujante naturalista. Terminadas las formalidades, sufrió el embajador un ataque de conocimiento. El capitán detectó la enfermedad. Sonrió burlón y, mirando alternativamente hacia la cofa del mayor y a la levita de don Juan, le comunicó al grumete:
− Señor Ríos, tenga la bondad de mostrar la corbeta a nuestro invitado. Quizá quiera subir a la meseta del palo, desde allí se ofrece una vista espléndida de la mar oceana.
    El rapaz, al oír la orden, se ajustó los pantalones de loneta, estiró su camiseta rayada y, con acento florido del bajo Guadalquivir, preguntó:
− Señor, ¿por dónde quiere empezar?
− No por la cofa, desde luego. Allí sólo suben los monos − contestó don Juan, agarrándose a un cabo, al dar la Astarté un bandazo caprichoso a sotavento.
    Le preguntó por las vergas, la gavia mayor, el bauprés, las cuadras... El grumete respondía con amable superioridad. Pero el fuelle pedagógico del muchacho fue decayendo. Cuando el embajador quiso saber lo que medía la quilla de la corbeta, puso una mirada de desvalido agotamiento..., y suspiró:
− Me gustaría, señor. Pero le he dicho todo lo que sé. El resto, se lo pregunta al capitán.
    El sol se puso por la amura de estribor, el viento comenzaba a rolar al norte con fuertes ráfagas, la oscuridad fue invadiendo la cubierta. Cuando el aire dio en azotar de través, se izaron las trinquetillas y la vela de cuchillo del mayor. Pastorín levantó la vista hacia la sobrejuanete de proa, dio órdenes para orientarla. La noche vino negra, pura; el mar, agitado y desierto; Betelgeuse iniciaba su ascenso por el horizonte. La luz de las antorchas daba a los rostros una seriedad como de oficiantes de la adoración nocturna en una iglesia castellana; sólo faltaban el escapulario, el incienso y los rezos.
    Cenaron en el camarote del capitán. Después, en el alcázar de proa, fumaron con deleite y bebieron coñac jerezano. Don Juan, un poco apartado, se había apoyado en un cañón y, distraído, jugaba con el mecanismo de entrada del proyectil, abriendo y cerrando rítmicamente el pestillo. Pastorín le advirtió:
− No debe fatigarlo, puede vencer el pasador e inutilizar la pieza. Acaso parezca un juguete, pero está en condiciones perfectas. Este año lo hemos disparado más de veinte veces. Ese, y los otros cinco.
− ¿Todavía hay piratas? − preguntó, con divertida sorpresa, don Juan.
− Piratas con pata de palo, bandera negra, calavera..., no. Pero surcan estas aguas barcos americanos cargados de cubanos belicosos. Si ven la insignia española en un frágil velero, consideran que ha llegado la ocasión del fanfarroneo o incluso del botín. Entonces, se acercan confiados pensando: “¡Bah!, un barco escuela. Divirtámonos un poco, probemos sus bodegas”. Momento en el que yo les mando aviso con uno de mis seis ratones plateados. Al primer cañonazo, viran de repente y siguen su camino. También, algunas veces, en la desembocadura del Amazonas, han servido para disuadir a indígenas que nos lanzaban flechas veneníferas desde la playa. En fin, una antigualla que vale su peso en oro.
    Fermín y Leopoldo miraban a Pastorín con simpática reverencia; todo lo que decía lo apoyaban con gestos de cabeza o gruñidos de asentimiento. En las pausas del capitán, también el moderado oleaje − rompiendo en el casco − aparentaba aplaudir.
− No he querido contarle antes nuestra más famosa hazaña para que no creyera que se embarcaba en un navío de guerra − continuó Pastorín.
    El embajador le miró con una expresión que decía: “Me creo todo lo que usted cuente, proceda”. En ese momento, el grumete subió las escaleras y se plantó al lado del capitán. Le susurró algo al oído. Pastorín se levantó, enérgico, y le dijo a don Juan:
− Dispense amigo, no puedo hacer esperar a mi estrella.
    Se dirigió a popa, donde Ríos le había montado un telescopio en un trípode. El grumete apagó las antorchas, el barco quedó en oscuridad total. Una vez acostumbrado a la falta de luz, don Juan pudo ver la escena. El capitán movía el tubo con presteza hacia la mitad del arco celeste. Luego, durante unos segundos, su corpulenta envergadura permanecía inmóvil, hasta conseguir el enfoque perfecto de la estrella. El grumete anotaba en un cuaderno las cifras que Pastorín le iba comunicando: “ascensión recta: 34: 47: 17, declinación: 63: 22: 93. Al sur de Camelopardalis”. Después de una media hora, volvió Pastorín a la reunión.
− ¿Qué tal nuestro lucero? − le preguntó don Juan.
− Lo que me interesa son las estrellas que cambian de brillo por periodos. Hay infinidad. Muchas de las que ve ahora, lo hacen. Este viaje colabora en un catálogo general de variables. Para descubrirlas hay que tener buena vista y buenos cielos.
− Nuestro capitán recibió la medalla Steinmann del observatorio de Göteborg. Algo así como la laureada de San Fernando en las batallas astronómicas − terció con orgullo el botánico Fermín.
− Me ha dejado en ascuas. Antes de viajar a las estrellas, había prometido contar una historia marítima − intervino don Juan dirigiéndose al astrónomo.
− Ah… la utilidad de los cañones − dijo Pastorín −. Pues ni más ni menos que, gracias a ellos, pudimos ayudar a la detención por parte de nuestra armada de un barco filibustero especialmente peligroso. Le cerramos el paso con unos cuantos cañonazos a unas seis millas de tierra, con las colinas de Guantánamo a la vista. Izaron bandera blanca y se rindieron al capitán Dionisio Costilla, que les perseguía en el Tornado. Éste ocupó el vapor, hizo prisioneros a los oficiales yankis, encerró a los cubanos en las bodegas y dirigió el barco a Santiago de Cuba. Había allí dinamita suficiente para volar el castillo del Morro, y una gran cantidad de fusiles y munición.
− Pero, ¿qué me cuenta usted? ¿Está hablando acaso del “Virginius”? ¡Así que intervino en esa escaramuza! Bueno, “escaramuza” no es la palabra adecuada − se corrigió don Juan −, quiero decir “acción valerosa y patriótica”.
− Pues sí, el “Virginius”. Cuando el barco arribó a Santiago, el gobernador instruyó un sumarísimo. Mandó fusilar a los oficiales americanos, al dirigente Bernabé Varona y a unos veinte cubanos más. Llegaron un lunes por la mañana, fueron juzgados por la tarde y pasados por las armas de inmediato.
− Recuerdo el impacto que produjeron esas ejecuciones en las cancillerías − dijo don Juan.
− Más impacto habría tenido la dinamita en nuestros pechos − recalcó Pastorín −. El fusilamiento fue la solución justa, la que se correspondía con los efectos que los filibusteros querían causarnos. La justicia de los hombres debe aproximarse a las leyes del universo. A tal acción, tal reacción...
    Don Juan, al ver los ojos fríos y ardientes de Pastorín, pensó en los retratos de Antonello de Messina que de joven había contemplado en Italia. Representaban a fogosos adultos con la mirada de quienes poseen a la vez el conocimiento y el "imperium" físico: el mentón que hendía el porvenir, la frente aventanada, los ojos fulgurantes, y esa forma complaciente, alerta, de asomarse al mundo, como el leopardo que acecha, relajado, sobre la rama de un árbol en la sabana.
    El ron y el aire calmado de la noche sirvieron como acicate a los científicos para conducir la conversación, primero, hacia las novedades políticas, después a las mujeres, luego, de forma natural, a los chistes procaces. Los hachones que alumbraban en cubierta habían agotado la brea cuando llegó el momento de entonar las canciones de añoranza por la patria.
    En la litera, don Juan, mientras intentaba conciliar el sueño, cayó en la cuenta de que no había escrito carta alguna desde hacía dos semanas. Decidió redactarlas a la mañana siguiente para echarlas al correo nada más llegar a la Habana. Desde allí saldrían hacia España con floridos matasellos de palmeras y el aroma caribeño impregnado en el papel. Aquellas misivas enorgullecerían a sus hijos, por tener un padre en tierras lejanas de aventura; a su mujer le preocuparían, por creerle expuesto a los peligros de las mulatas lavanderas o de las criollas tostadas y melosas. Siempre había oído maravillas de las cubanas. Ahora, "de la carrera de la edad cansado", sin grandes esperanzas en el disfrute directo de los dones que pudieran ofrecerle, tenía la intención, por lo menos, de contemplarlas con sus expertos ojos de aficionado perpetuo.
    El ruido de cubierta despertó a don Juan, que había pasado una noche agitada por la cena excesiva, los puros numerosos y el ron en demasía bucanera. Las pisadas sobre las tablas, encima de su camarote, sonaban ligeras; las voces, aunque roncas, festivas. El arrastrar de los baúles, los cabos al caer en el maderamen, el mugido profundo de Pastorín anunciaban que la Habana estaba cerca. Arreglado, llevando su maleta, salió don Juan al exterior. El grumete, ojeroso, sacaba brillo a la hebilla de un cinturón. Los naturalistas, con los ojos hinchados por el sueño, aspiraban la brisa mañanera. Un amanecer sereno, un mar plano como lámina de estaño. Al fondo, el alegre crepitar de los edificios que, límpidos, sin niebla, relumbraban con el primer sol. Por detrás, oyó la cavernosa voz del capitán: “Ahí la tiene usted, la muy ilustre y siempre fidelísima, villa de San Cristóbal de la Habana".
    El barco enfilaba la boca del puerto.
− Mire − indicaba Pastorín −, ese es el Morro, el castillo de los Santos Reyes. El del otro lado es el fuerte de San Salvador de la Punta. ¿Quién entra en este palacio tropical sin permiso? Véalos, como dos soldados gigantes de piedra. Aquel torreón es el Morrillo, el que está situado en la cresta del peñasco. Observe el fanal de primer orden de Fresnel, cuya luz giratoria ilumina hasta cuarenta millas. Fíjese en el recinto meridional del castillo ¿Ve la gran batería rasante? Cuente. Son doce piezas de grueso calibre las que apuntan a la entrada del puerto. “Los Doce Apóstoles”, y no tienen precisamente en la cabeza la llama del Espíritu Santo, más bien saldrá por sus bocas el fuego del infierno.
    La perorata de Pastorín seguía extendiéndose en detalles militares, todos de admiración ante "la inexpugnable y bella". La ciudad, a medida que la corbeta discurría por el canal, antes de entrar en la bahía, aparecía medio oculta por un bosque de mástiles y velas. Luego, se presentó de pronto, como si el barco navegara por sus calles.
− Ahí tiene − seguía Pastorín −, en la ribera oriental, San Carlos de la Cabaña, la primera fortaleza de América. El que se hace con ella, se hace con Cuba. Un pueblo militar con cuarteles, polvorines, caballerizas... Todas sus cortinas, rodeadas de profundos fosos. Dotación de fuego: doscientos cañones, sin contar la batería de la Pastora, que nos está mirando en este momento.
     Don Juan no atendía al capitán. Se fijaba en la brisa. ¿De dónde ese olor a jabón fresco que exhala el aire? ¿Del palmeral al fondo de la bahía?
    Atracaron en el muelle de la Luz. Mulatos descargaban barcazas, macizos oficiales paseaban orgullosos. Los sacos de azúcar, los fardos de tabaco, las barricas de aceite... todo iba a parar a barcos de bandera americana que fondeaban flamantes y pletóricos.
Don Juan acordó con Pastorín reunirse pronto. Luego se despidieron los naturalistas y Ríos. Marcharon alegres, con las cabezas ladeadas, como si eso les diera más capacidad de visión sobre el lugar donde se escondían los placeres. Guardados por el ángel inocente de la juventud, se internaron por un pasillo entre dos altas hileras de fardos.
    Al poco, se presentó un ser curioso.
− ¿Señor embajador,... don Juan..? Soy Carlos Balbuena y Prado, jefe de la Aduana. Como máxima autoridad portuaria, tengo el honor de ponerme a su disposición y de transmitirle la más cordial bienvenida por encargo del Capitán General.
    Nadie podría esperar que alguien tan pequeño fuese jefe de algo; sólo la proporción en sus miembros lo salvaba de ser un enano. El traje de lino, la cadena dorada que le cruzaba el chaleco, los gemelos de brillantes, mostraban a las claras que aquel hombre no desaprovechaba el cargo. “¿Jefe de Aduanas? Corrupto o incorrupto, buen puesto”, pensó don Juan. Balbuena le presentó a los dos policías secretos que serían su escolta, vestidos uno de guajiro, el otro de corte europeo. Ambos hablaban con acento mallorquín. Hicieron una inclinación ceremoniosa y enseguida se volatilizaron entre los cargadores.
    Balbuena le indicó la volanta que esperaba para llevarle a casa de los Gamazo. A las bridas, un joven muy serio, algo gordo, miraba con tranquilidad todo lo que ocurría a su alrededor. Cuando vio que don Juan se dirigía al coche, bajó de él y con aire deferente, se presentó. “Soy Valentín Gamazo. Mi padre se disculpa por no estar aquí, pero ha tenido que salir a la carrera para la hacienda. Vendrá a la hora de cenar”. Cogió las dos maletas como si no pesaran y las colocó en el coche. En realidad, lo que le hacía parecer gordo era, más que la cantidad neta de grasa, la particular disposición de una cabeza grande, un cuello corto y la carne torneada al hueso con blandura.
    Cuando consiguieron salir del puerto, accedieron a una calle flanqueada por tiendas con abigarrados toldos. El joven Gamazo quiso ofrecerle un recorrido que incluyera lo más notable de la ciudad. Le llevó, primero, a una plaza de imperfecto paralelogramo, embaldosada, con cuatro parterres rodeados de verjas. En el centro, el monumento a Fernando VII.
− El deseado, el deseado − exclamó el joven, irónico −. Para nosotros fue bueno. Según los libros “tuvo acertadas providencias que aseguraron la paz y la prosperidad de Cuba”.
    La estatua, más bien mala, representaba al rey felón con cetro, toisón y manto. El Palacio de Gobierno se levantaba en el lado oriental de la Plaza de Armas. Algunos curiosos esperaban para ver desfilar la tropa que hacía la guardia. Por doquier, vendedores de helados, chiquillos, apenas mujeres. Recorrieron las calles Obispo, O´Reilly, Mercaderes..., adoquinadas, con buenas aceras. Al entrar en Peña Pobre, el coche empezó a dar unos saltos despiadados: rodaba sobre un empedrado macadam deteriorado por los carros, los aguaceros y el estiércol de las bestias.
− No se asombre. El adoquín que debía haber aquí se lo han embolsillado.
    En cierto tramo de la calle, pasaron sobre unos tablones negros incrustados en el barro seco, la volanta redobló su trote espasmódico.
− Son de caoba, tienen más de un siglo. Aquí la madera sobra y la piedra falta. Hay que traerla de Veracruz.
    El coche tuvo que detenerse al poco tiempo porque un rebaño de cabras ocupaba la calzada. El joven Gamazo miró divertido alrededor, se encogió de hombros, y trató de distraer a don Juan señalándole las casas cercanas. Sus colores variaban entre el azul añil, el castaño claro y el verde aceituno. Las ventanas tenían rejas que llegaban hasta el suelo. En ellas, una joven limpiaba los barrotes, una niña, ensimismada, vestía sus muñecas, gatos somnolientos descansaban sobre los poyetes. Cuando las cabras despejaron el camino, entraron en una calle bien pavimentada, umbría, flanqueada por grandes casas solariegas. El coche se detuvo ante una con fachada de piedra, ventanales de cristales polícromos, y un balcón corrido que ocupaba toda la planta superior. La casa de los Gamazo.
    Don Juan se apeó. Valentín dejó la volanta a un criado mulato. Atravesaron el fresco zaguán y entraron en un patio con soportales. Dos niñas, a todo correr, se echaron encima de Valentín, alegres, gritonas, jugando primero, después un poco cohibidas por la presencia de aquel señor desconocido.
− Sinda, coge a las niñas − ordenó Valentín a una mulata que se acercaba.
    Entonces salió Mercedes. Don Juan, que la conocía desde su juventud, la encontró con la misma mirada generosa y verde; el cuerpo, sin embargo, desfigurado por la gordura. Llevaba una blusa de gasa, casi morada, que dejaba al descubierto los hombros lechosos, salteados de lunares. Las blanduras del trópico se habían instalado en aquella que fue enjuta castellana de Toledo.
− Dichosos los ojos, Juan. No quiero halagarte, pero has ganado con los años. ¿Cómo está Dolores? ¿Y tus hijos?
    Hubo un intercambio atropellado de acontecimientos familiares; salieron a relucir los muertos, las bodas, los bautizos de ambas estirpes. Pidió Mercedes noticias de sus hermanas, a las que frecuentaba el embajador, también del "Pollo de Antequera", ministro de la Gobernación en la Regencia, que de joven fue su pretendiente, "entonces no me gustaba porque tenía un tic en las cejas, ¿lo tiene todavía, Juan?" Mercedes hablaba sin parar. Él la escuchaba, encantado del lugar tan fresco en el que habían ido a sentarse: una sencilla habitación que recibía la brisa de Cojímar a aquellas horas agobiantes del mediodía. El refresco de limón, hierbabuena y un poco de ron, servido por la esclava Sinda, acabó de ponerle en concordancia tropical.
− Las cosas no van bien en la hacienda − se lamentó Mercedes con voz seria y tono resignado −. Ya te contará Valentín. Quiero que le animes a volver a España. Él mismo está deseando pasearse por Madrid y ver a la gente, pero su orgullo se lo impide.
Sinda retiró el servicio de refrescos. Llevaba falda larga y blusa escotada. La ligereza de la ropa fue uno de los primeros choques tropicales que recibió don Juan. Las norteamericanas tenían andares enérgicos, costumbres liberales, pero iban vestidas hasta el cuello. Las cubanas, sin emancipar, andaban rumorosas, ofrecían a la vista sus carnes firmes, morenas y sedosas.
    Mercedes siguió hablando y abanicándose un buen rato. Al fondo, en el patio, se oían las voces de las niñas, que arrastraban una pequeña caja de madera.
    Al fin, pudo don Juan subir a la habitación que le tenían destinada. Sinda, solícita, cargada de ropa blanca, le guió hasta el segundo piso. El dormitorio era acogedor y fresco. Se echó en la cama; sacó de la maleta la fotografía de Catalina. Medio adormilado, oyó una bocina de oro.

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miércoles, 11 de agosto de 2010

14. Brilla el áureo sol

    La semana que pasó en Newport le supo a poco. A la vuelta, don Juan percibió un cambio drástico en la capital. Acabadas las sesiones del Congreso y del Senado, la desbandada de los políticos fue general. El cuerpo diplomático buscó los lugares chic de veraneo. Se acabaron las tertulias. Nicolai y Olga viajaron a San Petersburgo. Las calles, desiertas; el calor, sofocante. Por las noches parecía refrescar un poco, pero era un espejismo. La gente sacaba las hamacas a la puerta de sus casas y, entre abanicos y limonadas, aguantaban hasta altas horas. Don Juan no podía dormir con aquellas temperaturas. Por las mañanas, escribía cartas. A mediodía, iba a la biblioteca de la Smithsonian Institution, que sí permanecía abierta. Los techos altos, los ventiladores, el silencio..., creaban un clima agradable en el único lugar de Washington donde se podía respirar. Allí leyó a Howells, recomendado por Catalina, e intentó, sin conseguirlo, el esbozo de una novela sobre amores tardíos. Por las siestas, modorra general hasta que, después de cenar, se armaba la mesa de tresillo. Entonces, su sobrino hacía mil renuncios, fallaba los reyes del compañero o dejaba pasar los del contrario; todas las noches perdía tres o cuatro dólares y terminaba rabiando, despotricando, queriendo volverse a España.
    Por aquellos días, recibió don Juan un paquete de Cuba: la caja de puros que le mandaba su amigo Gamazo. También había una carta. Le invitaba a la Habana. No se veían desde que estudiaban Derecho en Granada. Hablaba de una reclamación muy importante. Durante la guerra civil, la casa española Maza y Larache compraba algodón al gobierno sudista para exportarlo luego a Méjico. Poco después de terminar las hostilidades, el gobierno federal se apoderó en Shreveport, Luisiana, de 1369 pacas de algodón que la empresa española había comprado a los sudistas por valor de setecientos mil dólares. El gobierno las vendió en Nueva Orleans y se embolsó el dinero. Su amigo Valentín había entrado como socio en esa firma hacía poco. Le contaba que, aunque los abogados de Maza y Larache llevaban mucho tiempo con las reclamaciones judiciales, hasta ahora los americanos no habían querido ni hablar del asunto. Algo había cambiado, sin embargo, con Cleveland, y parecían más dispuestos a negociar. Pero era necesaria una reclamación oficial promovida por el Estado Español. Le rogaba encarecidamente que la iniciara. Don Juan vio las puertas abiertas. ¡Desde el Caribe brilla el áureo sol! Sería lo más natural del mundo que, si la reclamación triunfaba, pudiera reportarle, sin escrúpulo de conciencia, algún tipo de presente no pequeño, dada la cantidad fabulosa de dólares que estaba en juego. “En la Habana perfilaremos los detalles”, finalizaba la carta.
    A últimos de julio, llegó Pastorín. Volvía de Cayo Hueso con unos kilos de más. Había dejado la Astarté en el astillero de Baltimore para un leve ajuste en la caña del timón. Era necesario actuar inmediatamente. Los nihilistas de Tampa tenían ya en su poder la dinamita de Marrero, y Agüero estaba dispuesto a transportarla. En el muelle, el hijo de Quirós había visto al filibustero hablar con varios gerifaltes del tabaco. Le siguió y descubrió cuál era su barco. Al día siguiente, Agüero y el barco habían desaparecido. Pastorín telegrafió a Capitanía General advirtiendo de la expedición. Pasado mañana saldría él para Cuba. Don Juan, en un impulso, propuso acompañarle. ¿Por qué no? ¿Qué le esperaba en la capital sin Catalina, con el calor, con Juanito…? En Cuba, sin embargo, un tiempo delicioso, la hospitalidad de Gamazo, detalles sobre la reclamación de la casa Larache, la belleza del aquel paraíso. Dos inconvenientes: los tifones del Caribe y que, según todos los indicios, era probable que hubiera explosiones en la Habana. De esto último no le habló a Pastorín; confiaba en que él encontrara la dinamita. Además, antes había habido otras amenazas y todas terminaron en nada. La Habana era muy grande, si ocurriera el atentado no le iba a tocar a él. Respecto a los tifones, Pastorín le mintió sin piedad:
− No tiene que preocuparse, en esta época del año el mar está tranquilo.
    Y luego:
− ¿Ha vuelto a ver a Agramonte?
− No – respondió don Juan.
− Gómez se está moviendo en Nueva York… Creo que el poeta ha entrado en contacto con los masones de aquí.
− Lo sé, se ha entrevistado con Jessop.
− Otro cerdo, peor bicho que Herlizer, si cabe. ¿Lo conoce?
− Sí, me invitó en una ocasión al club Cosmos – dijo don Juan.
− Ese club es una madriguera para hacer trabajos sucios con el pretexto de la geografía. Hemos encontrado en manos de los rebeldes mapas suyos con las conducciones de agua, los polvorines y las baterías de la Habana. Harían cualquier cosa por conseguir los planos de las minas en el puerto. El Departamento de Guerra dispone de proyectos concretos para tomar la ciudad por mar. Sabemos que se reúnen con regularidad y planifican estrategias. Herlizer calienta a la opinión, Jessop y Carnegie financian al comité de Nueva York, la Marina prepara sus destructores.
− No creo que los del comité colaboren con los dinamiteros…
− Tienen el mismo objetivo, lo que no van a hacer es denunciarlos, ni perseguirlos.
− Yo confío en Cleveland y en Bayard.
− Quizá no hagan nada violento, si pueden. Pero la hermandad acecha, y los políticos duran sólo cuatro años en el poder. Ellos, sin embargo, permanecen en sus puestos de mando a la espera del momento oportuno. Son profesionales y patriotas ¿Quién dice que Cleveland no se verá arrastrado por las circunstancias?

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lunes, 9 de agosto de 2010

13. Newport

    Desde el séptimo piso del hotel Labrador, en Newport, podía distinguir don Juan, allá abajo, en el suelo, cuatro figurillas dentro de un rectángulo de tierra que se desplazaban a saltos hacia una línea blanca, avanzando y retrocediendo, mientras daban bastonazos al aire. En la cancha de tenis, su sobrino Juanito se agitaba más que los otros. Fijó la vista en el mar destellante de aquel día limpio de verano. “¿Quién aguanta en Washington con el bochorno? El mar, gran separador. Mi familia no quiere venir; sí mis hijos. Carmencita, seguro. Tengo ganas de verla. Pero entonces vendrá mi mujer. Se acabaría la libertad… Le debo a Santiso, de Baena, dos mil reales, y tres mil al padre de Juanito. ¿Cuándo se venderá El Alamillo? Aquella barca quieta en el horizonte ¿a dónde irá? Esa luz que rebota en los pañuelillos blancos que alza el viento ¿qué hace aquí? No tengo dinero, ni esperanza, ni astucia, ni capacidad para conseguirlo. Hay que quitar esa Biblia de la mesilla de noche. Van a venir dentro de poco las limpiadoras para arreglar la habitación. Ya las oigo cerca. No entrarán, si yo no quiero. Colocaré el "don´t disturb". Estoy contento con Catalina aquí. Me rejuvenece. Extravagante, sí, pero joven, sensible. No debo tocarla, mis manos de viejo temblarían".
    El hotel organizó por la noche un baile de disfraces. Don Juan condescendió a ponerse antifaz por no desentonar, pero le apretaba demasiado y estaba deseando quitárselo. Acompañada por el general Grant, apareció Catalina. Iba disfrazada “a la marquise”, con peluca blanca, lunar en la mejilla y labios de cereza. Don Juan la veía en el extremo de la gran mesa, rodeada por dorados candelabros, copas cristalinas, criados dieciochescos... Mientras tomaban con sus grupos respectivos algo de aquí o de allá, se fueron acercando hasta que estuvieron al lado. Don Juan reparó en el gran escote. Salvo las piernas el día del yoga, sólo conocía su cuerpo vestido de invierno en la calle o, dentro de los salones, con blusas cerradas al cuello. Aquella noche, coronada por una diadema de brillantes, llevaba un vestido de terciopelo oscuro, sujeto en la cintura por un gran broche a la antigua que lanzaba reflejos acaramelados sobre sus espléndidos pechos. Espléndidos. No se le ocurría otro nombre. Es decir: justos, llenos, tersos, palpitantes. Los libros, los poemas, la naturaleza, pero nunca aquella carne blanca y suave. Los ojos de ella, como siempre, fijos en don Juan con insistencia.
− El embajador de España, presidente…− dijo Catalina con formalidad.
    Grant, con la barba canosa, vivaces los ojos protegidos por cejas hirsutas, campechano, le dio un cálido apretón de manos:
− Tenía muchas ganas de conocerle. Algunos amigos míos también.
    Don Juan pensó que aludía a la hermandad belicista y se puso en guardia. Pero el general no continuó por ese camino, habló un poco con Catalina sobre su caballo Alabastro y después los dejó solos.
− ¿Por qué le llamas "presidente"?
− Todo el mundo lo hace, hasta Cleveland. No puedes imaginar otra cosa: un héroe de la guerra civil, dos veces presidente, todavía con energía y metido en grandes empresas... – Catalina se interrumpió un instante, dudó, y continuó –... que quizás no te beneficien. Se rumorea que tiene cáncer. Pero ahí está. Cuidado con el gran hombre. No hace mucho fue a ver a mi padre. Delante de mí, dijo que Cleveland debía mandar a Cuba los destructores y reconocer diplomáticamente al Comité Revolucionario como legítimo representante del pueblo cubano.
− ¿Y qué contestó tu padre?
− Que no hay "casus belli", que tendría que esperar a que los republicanos ganaran las elecciones, si quería una guerra.
    Catalina no siguió con la conversación. Estuvieron un rato callados. Luego, salieron a la terraza ante una noche serena, olorosa, densa de estrellas. Se sentaron en un velador. Catalina posaba sobre él sus ojos cálidos mientras sonaba la música y les servían deliciosos cócteles de ron. La orquesta del hotel inició un vals. Ella se levantó, se alisó el traje, cogió de la mano a don Juan y le condujo hasta la pista de baile. El embajador − la barbilla alzada, los brazos altos − sostenía a Catalina mostrándola, luciéndola, y ella giraba, ligera como una pluma, en los brazos del hombre maduro. Don Juan compuso cara de bondadosa sonrisa, como si bailara con su hija. Se miraban con fijeza a los ojos; los de él, negros, hundidos en la cueva de la experiencia; los de ella, azulgrises y rendidos.
     Volvieron a sentarse cuando acabó la pieza. Catalina miró hacia arriba doblando el cuello hasta que su nuca tocó el respaldo de la silla.
− ¡Qué noche! ¡Cómo brilla Vega! ¡Siento por mis venas una corriente de electricidad que podría encender todas las farolas de esta ciudad!
− De modo que ya has conseguido los poderes – dijo don Juan en tono de chanza.
Sólo en ciertos momentos, como éste de ahora. Pero todavía me falta mucho camino.
    Catalina miraba la copa de licor, doblaba la servilleta, parecía estar muy lejos de allí. Por un instante, don Juan no dominaba la escena, otra presencia gravitaba sobre la frente de ella.
− La tierra es un cuerpo magnético – siguió con voz distante –, está cargada de electricidad positiva. Los cuerpos humanos y todos los objetos materiales tienen electricidad negativa, por eso generamos de forma continua una corriente contraria a la de la tierra, la que hoy me sobra, la que vibra a mi alrededor.
    Catalina se incorporó un poco en la silla. Puso su brazo sobre el velador de mármol:
− ¿Ves cómo tengo erizado el pelo?
− Sí, aunque creo que de electricidad saben más los físicos que esos teósofos a los que tú lees.
− No tengo ganas de discutir. Tu escepticismo ha hecho que se vengan abajo − suspiró ella, mientras miraba el pelo de su brazo ya aplacado por completo.
− Los viejos siempre establecemos comparaciones, pero tú no le pareces a ninguna.
− ¿Qué me ves de raro?, ¿tengo poco pecho?, ¿pienso demasiado en ti?
− No es rareza, ni nada físico. Me agrada que pienses en mí, que te preocupes por quien nadie se preocupa.
− ¿Entonces?
− No quiero halagarte. Mañana te espera un duro compromiso.
− Ganaré.

***

     Junto a la pista, Juanito presumía de la doma andaluza. Intentó coger las bridas del caballo de Victoria para hacer una demostración. Ella no le dejó, siguió hablando con don Juan y con Catalina. Ésta, vestida de amazona, le hacía mimos a Alabastro, palmeaba su cuello, aspiraba el olor de sus crines. A don Juan se dirigía con tono cálido, pero a distancia sideral de la ternura con la que hablaba al purasangre; sin embargo, durante un momento se fijó en él con la misma mirada cargada de amor que acababa de posar en su caballo. Don Juan, sin darse cuenta, adoptó con la cabeza el mismo arqueo comprensivo que el equino. La brisa del mar ondeaba las banderas. El olor a bosta, los perfumes de las damas, los sombreros floreados, los resoplidos roncos de los animales... Don Juan miraba embobado e inquieto a Catalina. Sabía que era una magnífica amazona. Alabastro un caballo fiero, sí, pero noble y domado por la obstinada voluntad de su dueña. Observó la pista. Los obstáculos, a los que él ni con una escalera osaría encaramarse, vistos al nivel del suelo parecían muros insalvables. No podía existir animal alguno capaz de elevarse sobre ellos, extenderse, caer y seguir corriendo. Los megáfonos anunciaron el comienzo de la competición. Juanito cruzó las manos y se las ofreció a Victoria para que subiera a su caballo. Don Juan quiso hacer lo propio, pero Catalina dio un brinco y montó encima de Alabastro, que alzaba la cabeza, se encrespaba y sentía el desafío. Ella rebotaba sobre la silla al paso gallardo del animal. Árboles, muros, céspedes, esquinas... y el amigo elemental, robusto, serio, conduciéndola con su fuerza esbelta.
     Don Juan y todos los demás se dirigieron a las tribunas. Clover Adamslarga la nariz, pequeño el sombrero, de negro abrió la carrera. Saltaba con elegancia, pero perdiendo tiempo entre cada obstáculo. Derribó dos palos. Aplausos. Victoria saltó el primero, perdió el sombrero en el segundo, derribó en el sexto; todo a muy buen ritmo. Juanito brincaba en las tribunas. Le llegó el turno a Catalina. Alabastro tomó carrera, con suavidad rebasó el primero, pasó el segundo, no dudó en el triple, superó la ría sin tocar agua, dio la vuelta, encaró el paredón y se elevó sin que su panza rozara los bloques. Otro triple, y el final. No hubo derribos. Vítores. Don Juan, con el puro en la boca, aplaudía inflamado. Catalina saludaba con la mano a la tribuna. Entonces, Alabastro dio un brinco inesperado, ella perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la grupa; no llegó al suelo porque pudo agarrarse a la cola del caballo, pero la espuela se le había enganchado en el estribo, y quedó de lado, inclinada hacia la derecha, a punto de caer sobre la pista. Alabastro siguió corriendo unos diez metros. Catalina hizo varios intentos de torcer el tobillo para sacar el pie del estribo, al final lo consiguió. Como no pudo, desde su posición, erguirse sobre la grupa, dejó de agarrarse a la cola y cayó al suelo. Don Juan, lívido, con el corazón desbocado, se dirigió hacia la pista. Allí, los mozos trataban de levantarla. Cuando pudo incorporarse, un poco aturdida, fue junto a Alabastro y le acarició la frente: “no tienes la culpa, yo te he fallado”. Miró a don Juan con intensidad. No había pasado nada. Dos enfermeros del club la llevaron en camilla a una carpa levantada sobre lanzas azules. Don Juan les siguió. No le dejaron entrar. Victoria sí pudo y, poco después, aparecía entre las cortinas con cara alegre. “Sólo un esguince en el tobillo. El pie inmóvil tres semanas”.
    Al día siguiente, don Juan trató de ver a Catalina. Subió al piso quince, a la habitación 422. La doncella le dijo que no estaba arreglada y que volviera por la tarde.
     Don Juan se puso hecho un Medoro. Tomó un baño para calmar los nervios, para estar bien limpio y oloroso. Se afeitó más a contrapelo que nunca, eliminó todo olor a cigarro con polvos de la Sociedad Higiénica y elixir odontálgico del doctor Pelletier, echó en el pañuelo esencia triple de violetas de Mister Bagley y, en fin, se atildó como Gerineldos cuando fue por la noche en busca de la Infantina.
    Ella estaba recostada sobre dos grandes almohadones apoyados en el cabecero de la cama. Sus ojos tenían una lánguida dulzura con cierta viveza y resplandor temerosos.
− Estoy horrible, no sé como he dejado que subas.
− Estás muy guapa − dijo don Juan, entregándole un ramo de camelias.
− Te agradezco las flores.
    Catalina se puso pálida y, al instante, colorada. Miraba el ramillete, lo olía. Arrancó la camelia más encendida y se la colocó sobre el pecho. Don Juan se sentó al pie de la cama.
    Catalina le tiró un pétalo de la flor, despidiendolo de sí con un capirotazo.
− Así empieza a enamorarse don José de la gitana en la novela de Merimée − observó don Juan.
− Acércate. Tengo una curiosidad.
    Él se sentó en la cabecera. Catalina cogió la bujía de la mesita de noche.
− No sé si son negros o verdes.
   Escrutó los ojos de don Juan. Éste se quitó las gafas para que los viera mejor y miró también hondo en los de ella, en silencio, de forma implacable, sostenida. Catalina hizo como que se adormecía.
− Me magnetizas, me voy a dormir. ¿Sabrás despertarme?
− No – contestó don Juan, en tono inocente.
Pues entonces, por Dios, no me mires.
    Obedeció él con humildad y dejó de mirarla; se separó de la cama, se hundió en un sillón, suspiró, quedó quieto y callado. Catalina se incorporó entonces, le miró con ojos tan cariñosos y provocativos, que don Juan se levantó − alígero, acucioso − y la besó, la estrujó, la mordió, como si tuviese el diablo en el cuerpo. Ella no opuso resistencia, unió y apretó su boca contra la de don Juan, le besó mil veces los ojos, le acarició y enredó el pelo con sus temblorosas manos.
     Todo fue muy breve. Sally llamó a la puerta, traía un telegrama. Catalina lo abrió.
− Es de mi madre, la costilla fea me llama otra vez. El mes de julio es suyo, siempre se las arregla. Dice que, como estoy inválida, debo dejar Newport para que nos cuiden a las dos en Wilmington.
    Catalina sacó de la mesilla de noche una fotografía.
Tómala, me la ha hecho Clover. Como me quiere, me ha sacado bastante bien.

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sábado, 7 de agosto de 2010

12. Entrevista con la bruja

         Don Juan, junto a los rusos durante la ceremonia, escrutaba el grupo de gente que rodeaba a Bayard con la esperanza de descubrir a Catalina. Pero en vano, porque al senador no le acompañaba su hija. Había pasado casi un mes desde su desaparición. Olga, que captó la dirección y el sentido de las miradas de don Juan, le susurró:
− Tengo noticias de que Kate lleva dos días en Washington. Me extraña que hoy no acompañe a su padre.
    Cuando bajaban del estrado, Nicolai le preguntó:
− ¿Estás preocupado?
− Sí. No quiero que se me escape Jessop.
− ¿Todavía con eso?… Pues allí lo tienes - dijo el ruso volviéndose un poco hacia su derecha y señalando con la barbilla a un grupo de gente que se aproximaba.
    El banquero, rodeado por tres torres masónicas, se hallaba ya a unos veinte metros. Don Juan dejó plantado a Nicolai y caminó rápido hacia el grupo. Cuando Jessop le vio acercarse, fue hacia él con la mejor sonrisa, patente en ella un filo de desprecio:
− Recibí su nota. Lamento las molestias que le he ocasionado.
− ¿Tiene lo que le pedí? - le preguntó seco don Juan.
− Sí.
− ¿Por qué ha maniobrado tanto para que no consiga pagarle?
− Ya le dije que en mi banco no éramos muy amigos de su gobierno.
− Pero me los prestó usted, no su banco, y aseguró que íbamos a ser amigos. A los amigos no se les coacciona.
− ¿Quién le ha coaccionado?
− ¿Cómo sabía el general Grant que yo tenía problemas con el juego, si sólo he jugado con usted, y una vez?
− Había más gente aquel día.
− ¿Me toma por imbécil?
− Digamos que le tomo como adversario político − dijo Jessop en tono imparcial − . De todas formas, no me sobra tiempo para ocuparme de pequeñas deudas − concluyó con aire de superioridad.
− Para entrevistarse con Agramonte sí tiene tiempo.
− Mantenemos estrechas relaciones con nuestros amigos los masones cubanos. ¿No pretenderá controlar mis amistades? Yo no me ocupo de sus compañías de trabajo, ni de las de placer… – y brilló un destello casi soez en la mirada de Jessop.
− Es inútil seguir…
    Don Juan sacó dos sobres de su bolsillo. Ni Nicolai ni los guardianes de Jessop prestaban atención. El banquero le miraba con una sonrisa irónica y fría.
− ¿No pretenderá usted pagarme aquí, en público?
− Eso es lo que pretendo, y si usted se niega tendré que llamar al embajador de Rusia para que sirva de testigo.
    Jessop dudó un instante, miró a los masones, y sacó los pagarés de su chaqueta con discreción . Los introdujo entre las hojas del discurso que acababa de leer. Se los dio disimulados entre dos de ellas. Don Juan hizo como si leyera las hojas por encima y le devolvió los sobres con el dinero de la misma forma.
− No hay nada personal en todo esto, estamos en distintos campos de batalla, sencillamente – dijo Jessop con tono conciliatorio.
    Don Juan le dio la espalda y se dirigió hacia donde estaba Nicolai.

***

    Al día siguiente fue a casa de Bayard. Le abrió Sally. La doncella se compuso el delantal y bajó los ojos. Don Juan le preguntó por Catalina.
− Ya ha llegado de Wilmington… si quiere le aviso, pero tiene visita.
− ¿Está en la biblioteca?
− No, en su habitación. En la biblioteca la aguarda "madame" – dijo Sally con voz forzada, como si se avergonzara de haber usado ese nombre.
    Después de dudarlo, la doncella decidió avisar a Catalina. Don Juan dejó el sombrero en el vestíbulo y se acercó a la escalera. Miraba hacia arriba esperando noticias. Sally bajó, le dijo que Catalina no podía verle ahora. En ese momento, salió de la biblioteca una mujer gorda, de ojos verdes y ropa estrafalaria. Se dirigió hacia él mirándole sin sorpresa, con una leve sonrisa, casi una mueca. Levantó levemente la mano izquierda a modo de saludo.
− Me llamo… − comenzó a decir don Juan.
    Pero ella volvió a levantar la mano, esta vez para imponer silencio. Le tomó del brazo y le condujo al interior de la biblioteca. Desprevenido por la autoridad que mostraba la mujer, se dejó llevar. De cerca pudo ver que era bizca de uno de sus enormes ojos verdes, fijos en don Juan sin parpadear, con una insistencia penetrante, no del todo humana. Blanca como la leche y edad imposible de determinar, llevaba un vestido gris que cubría con una mantilla de dragones orientales. La biblioteca olía a un dulzón aroma parecido al azafrán. La mujer soltó el brazo del embajador, se dirigió a un tarro humeante sobre una mesita y sopló en la brasa. Entre la niebla de aquel incienso, miró a don Juan con rigidez de máscara, entornando un poco los ojos, como si tratara de ver dentro de él, o quizás de hipnotizarle. Por fin, dijo:
− Tomemos el té.
− Sólo he venido para ver a Catalina, y ahora no puede recibirme.
− Usted ha venido a conocerme... Siéntese, la vida es corta, señor embajador.
− ¿Cómo está Catalina?
− Mucho mejor. Ahora lee, medita… creo que respira hondo.
− ¿Cómo sabe usted quién soy?
− Le ha descrito muy bien Kate… Su nombre es Valeégga – pronunció con el más estudiado y auténtico acento francés.
− Y el suyo, Helena Blavatsky.
− Ese es el último, por ahora.
− He leído su libro. Está bien escrito, pero la materia es oscura.
− No es la materia, sino el alma turbia la que la oscurece.
− Usted cree tener poderes psíquicos – dijo don Juan.
− ¿Y usted, no los tiene? ¿No tiene poderes psíquicos el que se cree Dios creando el mundo en una novela? Porque usted escribe novelas, ¿verdad?
− Sí, pero no es mi intención imitar a Dios.
− ¿Qué sabemos verdaderamente de nuestras intenciones?
− Yo sí creo que lo sé, igual que sé que carezco de poderes psíquicos.
− ¿Qué opina usted de los que los tenemos?
− Infantilismo.
− Eso opino yo – dijo la Blavatsky
− Claro.
− Su primera reacción ante mi Isis es característica de este siglo, tan negado para el misterio, tan dado a la incredulidad, a la refutación.
− ¿No es también su siglo?
− He vivido en otros siglos. No puedo librarme todavía del lapso de vida humana que me ha correspondido.
    La Blavatsky se sentó en el mismo sillón que él ocupaba durante las traducciones; replegada, confundida con el respaldo negro, era sólo una sombra en la que brillaban dos ojos fosforescentes, como los de un animal de noche. Un delgado escalofrío recorrió la espalda de don Juan.
− ¿Estoy loca?
− Está equivocada, y me temo que equivoca a Catalina.
− ¿Qué sabe usted de ella?
− Que es una mujer extraordinaria y que es buena, sobre todo que es buena de corazón.
− De acuerdo, es una elegida. No todos pueden llegar a la liberación, debe estar contenta, pero hay que pagar un precio.
− ¿Qué precio?
− El amor es un obstáculo, el recurso desesperado, el grito desgarrado del cuerpo para no ser relegado en la misión que el alma tiene encomendada.
− ¿Qué ideas son esas tan falsas y destructivas?
− Usted es un obstáculo para ella. Ha tenido que recurrir a mí para que la vuelva al camino.
− ¡Le ha dicho ella que yo soy un obstáculo?
− No, ella me ha dicho todo lo contrario, pero…
− Pero usted se empeña…
− Ella me llama, y si puedo, como ahora, trato de curarla.
− ¿Curarla de qué?
− De sus ataques de tristeza… le dan desde los dieciocho años. ¿No lo sabía? Sin causa, sin motivo, en cualquier momento se siente arrastrada a un pozo oscuro del que no puede salir por sí sola. Llevaba tiempo sin sufrirlos, pero ya ve, aparece usted y vuelven a escena. Yo le hablo, le doy hierbas, recitamos mantras, vamos a alguna sesión de espiritismo… Así poco a poco, va saliendo. Ahora ya está casi bien. Pero le aconsejo que no toque mi autoridad, que no me desprecie ante ella. Puede ser que algún día sólo me tenga a mí.

***

    Aquella misma tarde Catalina se presentó en la embajada. Llamó tres veces a la campanilla, el último golpe más prolongado. Fue a abrirle don Juan. Su habitual cara luminosa la tenía pálida, apagada, el brillo de los ojos perdido.
− Hola, Juan − dijo con voz baja, ronca.
− Por fin tienes la bondad…
    Catalina le ofreció la mejilla. Él depositó un beso fugaz de saludo. Entraron en el despacho.
− Te he echado mucho de menos. Mucho…− musitó ella.
− Me has tenido muy preocupado. Ni una sola noticia.
− No he querido que me vieras así. La tarde del yoga ya presentía la oscuridad. Al día siguiente, me fui a Wilmington. Tres semanas después, viajé a Nueva York, Helena volvía de Bombay.
− Ya he hablado con esa mujer – dijo don Juan con tono sombrío.
− Sí, me lo ha contado… ya sabes, entonces, que he pasado una mala temporada. Ahora estoy mejor. Atravesé el túnel y les compré a mis hermanos pequeños todos los dulces que querían, un pony para Philip, unos vestidos para Nellie, organizamos guiñoles y lecturas poéticas, a pesar de que a mi madre no le gusta que los niños pierdan el tiempo.
− ¿Cómo está tu madre?
− No hablemos de ella ahora. Bien, está bien.
− ¿Y tu padre?
− Sólo le veo algunos fines de semana. Se puede decir que lleva dos meses viviendo en la oficina.
− Una de las oficinas más atareadas de la tierra.
− Es tan bueno que el poco tiempo libre que tiene lo pasa con mi madre, que siempre le ha atormentado. Mucho cuando estaba sana, pero ahora más…
− Es difícil la vida de un político.
− De un político que además tiene una mujer como ella. Después de odiarme y hacer todo lo que está en su poder para dañar mi vida, hoy llora por mí.
− ¿Por qué?
− Porque no me he casado todavía, porque no me casé con quien ella quiso… Por todo. Porque lleva diez años que no se levanta de la cama y cree que yo no cumplo como anfitriona, por mis extravagancias. Porque mi padre siempre le habla maravillas de lo bien que llevo la casa. Porque está celosa, porque cree que la sustituyo.
    Don Juan trató de intervenir, pero no sabía qué decir. Catalina miraba con fijeza a un punto indefinido cerca del ventanal.
− Desearía no haber nacido de su miserable cuerpo.
    Era la primera vez que don Juan la oía hablar de esa forma. Un torrente oscuro se le vino encima. Se vio a sí mismo como un cura viejo durante la confesión.
− Quiere que me integre en una hermandad para cuidar enfermos, pero le he dicho que me he propuesto vivir y amar con toda la fuerza que pueda.
    Catalina miró a don Juan; al ver su expresión de desconcierto, le dijo:
− No amo a mi madre, pero no me creas un monstruo… Quiero calmar su sufrimiento. Estos días, a pesar de todo, he hecho lo que se espera de una buena hija, con una paciencia infinita. Siempre que flaqueaba pensaba en ti, aparecías vestido con la armadura solar de Amadís.
    Don Juan le cogió las dos manos. La derecha la tenía muy fría, como si hubiera estado lavando ropa, la izquierda, cálida y suave.

    Una semana después, continuaron la traducción. Helena Blavatsky había vuelto a Nueva York. Catalina recuperó el relleno de la piel en la cara, sus ojeras menguaron, el tono de voz se hizo más enérgico. Esa tarde tuvieron que interrumpir el trabajo porque la modista debía probarle un vestido. Don Juan se quedó solo en la biblioteca. Aún olía al dichoso incienso de la bruja. Trató de abrir la ventana. Para hacerlo tuvo que pasar por delante del escritorio de Catalina. En él vio su diario azul, cerrado, pero sin el candado. Sintió la tentación de abrirlo. Resistió y continuó hacia la ventana. Volvió a sentarse. Pensó que ella tardaría más de media hora con el traje. Fue hacia el escritorio y abrió el diario. Leyó un poema, después un trozo fechado en noviembre del 1882.
Don Juan oyó la voz aguda de la modista despidiéndose en el vestíbulo. Cerró el diario, lo colocó en su sitio y se dirigió al sillón. Catalina entró diciendo:
− He tardado… No tengo ropa para Newport.



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viernes, 6 de agosto de 2010

11. El Gran Maestro. El Obelisco

                      

    Quemaba en su bolsillo la carta que le había entregado Paco después de abrir la valija. Juanito, en la puerta de la embajada, mientras esperaba a su tío, no pudo contenerse, rasgó el sobre y sacó dos hojas. Ahí tenía el informe sobre Agramonte. El día después de la tertulia en casa de la jueza, cegado todavía por los celos, telegrafió en clave a Madrid para pedir la ficha policial de Ignacio. Con el viaje al Oeste, casi lo había olvidado. Cumplía con su obligación: la defensa de los intereses y las vidas de sus compatriotas en el extranjero. Lo de Cuba era una guerra. Cierto que odiaba la luz fuerte, honrada, de los ojos del poeta y la actitud melosa con que le distinguía Victoria. Aunque no hubiera mujer por medio, él debía hacer averiguaciones sobre un insurgente. ¿Era obligación suya?, ¿del agregado militar? o ¿del mismo embajador, que también oyó la proclama de Ignacio en casa de la jueza? Sin embargo, su tío estaba empeñado en considerarlo inofensivo. Así que fue preciso asumir la responsabilidad.
   La ficha policial, escrita en el enrevesado estilo de los atestados, decía que Ignacio era hijo de Enrique Agramonte; por tanto, sobrino de Ignacio Agramonte y Loynaz, el Apóstol Inmaculado, patriota muerto en combate durante la guerra de los Diez Años. Nació en Sancti Espiritus, provincia de Camagüey, en una familia de empresarios ferrocarrileros. Había vivido en Cuba durante la juventud, protegido por sus abuelos. A los veinte años se casó con una maestra. Seis años después, la abandonó y se fue a Nueva York. En la actualidad dedicaba todos sus esfuerzos a la causa revolucionaria. Terminaba la ficha con una localización estética digna de Clarín: “en lo literario, puede considerársele un poeta mitad romántico, mitad estetizante, de los muchos que ramonean por la escena madrileña”. Lo importante, pensó Juanito, era que estaba casado. Un detalle que quizá no supiera Victoria.
    Salió don Juan vestido de gala, ambos se dirigieron al coche. El embajador estaba decidido a que esta vez Jessop no pudiera escapársele. Pensaba encararse con él delante de Cleveland, si fuera preciso; como gran maestro de la logia de Columbia, debía asistir a la inauguración del obelisco. Le había mandado una nota al Club Cosmos dos días antes para que llevara consigo los pagarés.
    El coche tuvo que detenerse, la calle estaba cortada por un desfile. Juanito le dijo a su tío:
− Los masones ayudan a los rebeldes. El otro día vi entrar a Agramonte en el Club Cosmos − el sobrino miraba a su tío con precaución −. Debemos vigilar en serio al cubano.
− ¡Te dije que no te metieras en eso! – tronó don Juan.
− Lo vi por casualidad… yo iba a comprar tabaco.
    Don Juan quedó unos instantes en silencio, tenso y enfadado. Luego, más tranquilo, continuó:
− No te extrañes, los cabecillas de la guerra del 68 eran todos masones y tenían el apoyo de sus hermanos españoles. En cuanto a Agramonte, te lo he repetido veinte veces: sí, es uno de los principales del comité, pero un político idealista. Tú no debes vigilar a nadie. No es cosa tuya, no se te ocurra meterte otra vez en camisa de once varas.
    ¡Así que Agramonte visitando a Jessop! El cónsul Chamorro, desde Nueva York, le venía advirtiendo de los movimientos del Comité Revolucionario Cubano para comprar armas, pero no tenía nada concreto. Este de Agramonte quizá fuera un primer contacto para pedir financiación. En el fondo, agradeció a su sobrino la noticia. Sería necesario seguir las andanzas del poeta, pero de ningún modo Juanito. Y si no él, ¿quién lo iba a hacer? Pastorín estaba en Cayo Hueso. A Paco Bustamante, por muy competente que fuera, no debía embarcarlo en otra tarea de espía.
    Terminó la parada; cuando llegó el coche a la explanada reservada a las personalidades, don Juan se dirigió a la tribuna y Juanito a mezclarse con la multitud. El obelisco lo dominaba todo. A pocos metros del monumento, se levantaba un estrado cubierto, adornado con guirnaldas y banderas, destinado al presidente de la nación y al cuerpo diplomático. Marchas patrióticas atronaban el aire. El himno americano anunció la entrada de Cleveland.
     Jessop, en su discurso, trazó un recorrido por los cuarenta años que había durado la construcción del obelisco, hizo una semblanza patriótica de Washington, después, un elogio de la masonería. Para acabar, leyó una oración dirigida al Arquitecto Universal. Ostentaba el Gran Maestro una estampa marmórea. Le rodeaban tres jerarcas de la logia de Columbia; cada uno sostenía en sus manos el libro, el compás y el delantal que pertenecieron a Washington. Cuando terminó de hablar Jessop, Cleveland declaró inaugurado el monumento. Desfilaron las quince logias de la capital y una representación de todas las de América. Cerraban la marcha los Socios Raros, los del Fénix, los caballeros de Pythias, los Hombres Rojos, los de la perfección de Mitra.
     El sol había sobrepasado la punta del obelisco y se dirigía de vuelta hacia occidente. Juanito, confundido entre el gentío, divisó a Victoria, a la que Roustan, con el uniforme pomposo de la diplomacia francesa, ayudaba a descender por la escalerilla de la tribuna. Llevaba el vestido rosa pálido que a él le gustaba. Tenía la mirada lejana y aburrida de las jóvenes que asisten a ceremonias en las que deben mantenerse quietas y oír discursos. Juanito intentaba que los ojos de Victoria se cruzaran con los suyos, pero ella los dirigía a la barandilla de madera, o, un poco de reojo, hacia atrás, a donde estaba Roustan. Poco después, derramaba la vista por la zona en la que se encontraba el agregado con la digna inexpresividad de la mujer que se siente observada: los pómulos un poco afilados, los labios prietos. Cuando bajó del estrado, Juanito la vio sonreír mirando en su dirección: desapareció la máscara oficial, brotaron el reconocimiento y la simpatía. Era en su dirección, sí, pero no estaba seguro de ser él el destinatario de la ruptura luminosa de su rostro. No era él. El joven cubano se acercaba, la saludaba. Llevaba un delantal con la bandera de Yara: franjas azules y blancas, triángulo masónico rojo, dentro, la estrella solitaria.
    La pareja se sumó al río de la multitud en retirada. Juanito no les quitaba ojo de encima. Iba dos o tres filas más atrás. Podía ver los sombreros de Ignacio y de Victoria entre las cabezas numerosas.
    Agramonte explicaba a Victoria que el atuendo masónico le venía grande, se lo había prestado un amigo gigantón de Nueva York. Debía reconocer que la inglesa estaba preciosa: frágil, las mejillas encendidas, lanzandole suaves miradas."Esta mujer, regalo para el héroe, hurí fugaz, sólo para el momento que precede al triunfo o a la muerte". Siguió intentado el poema que la deslumbrara. No podía avanzar. La palabra “plenitud” ocupaba toda su mente e impedía a las demás jugar entre sí, alternarse, para conseguir acordes sonoros. Las rimas “virtud”, “rectitud”... le resultaban imposibles de encajar en la ocasión. Victoria le pidió:
− Cuéntame cómo es la Habana.
− Tienes que conocerla por el alma de sus nombres: “Regla”, “Varadero”, “Tacón”... − declamó Ignacio con tono nostálgico, mirándola a los ojos, y continuó − ..."Guanabacoa", "Obispo", "Aguacate"...
− La otra noche soñé con un niño esclavo − interrumpió Victoria −. El negrito estaba solo en la calle, mi madre me dijo que me quedara con él. Unos negreros me lo quitaron; yo era el capitán del barco negrero; luego, vino un espadachín y salvó al esclavito luchando cuerpo a cuerpo conmigo, matándome en cubierta de una estocada; después, me resucitó y me entregó al niño. Los dos llegamos a un puerto blanco.
− También nosotros soñamos algo parecido. Soñamos con que eso sólo pueda ocurrir en los sueños. La liberación tiene que venir para todos: negros y blancos, pobres y ricos, creyentes y ateos.
− ¿Me dejarás que te ayude en esa lucha? – preguntó Victoria precipitadamente.
− Te agradezco la generosidad, pero es imposible.
    Ignacio se sorprendió. Sólo se habían visto una vez. Este brote repentino era auténtico, nacía como el agua de una fuente. En casa de la jueza habían simpatizado, sí, y todavía recordaba el brillo de sus ojos, el ardor con que le defendió; pero ¿y si se lo tomaba en serio? Así empezó su esposa. Creía que compartiendo sus ideas, su forma de vida, conseguiría tenerle más cerca y, quizá un día, domesticarle por completo. Aunque pronto, el curso duro de la lucha, las inevitables elecciones − por ejemplo, entre quedarse con el hijo enfermo o emprender un viaje para una misión − crearon un fondo de amargura y de reproche que había secado los sentimientos de los dos. ¿Debía ahora implicarse con Victoria? ¿No sería mejor dejar el agua correr y seguir su lucha sagrada? Ella no valdría como madre para sus hijos ni como compañera de batalla. La gente de su mundo juzgaba las emociones como algo plebeyo, habitaba una atmósfera de sobreentendidos sutiles y tenues delicadezas que perseguían siempre ignorar lo desagradable. Demasiado delicada y consentida, para que, de pronto, pudiera adaptarse a una vida de sacrificio o de penuria. Creía conocerse a sí mismo. Era enamoradizo; sincero, pero inconstante. Le deslumbraba la belleza y el misterio. Ahora bien, cuando ella, la que encarnaba esos ideales, se rendía impresionada por el ardor de su persecución − y mostraba su rostro mortal, sus demandas demasiado humanas − él comenzaba a perder fuego poético, entraba en un periodo de distanciamiento y, mirando a la rendida con compasión inconsciente, volvía a la política, al seguro seno de la Patria, su amante verdadera. ¿Le pasaría igual con Victoria?
    Anduvieron un rato silenciosos, sumidos en una especie de aturdimiento. A veces, las filas de gente, demasiado próximas, se detenían obligando a la pareja a esperar hasta que se reanudaba la marcha. En esos instantes, se miraban con humor y deleite. (Otros ojos, llenos de angustia, brillaban detrás de ellos. Juanito, en un relámpago, sorprendía sonrisas que le arrancaban el alma). Pararon a descansar en un banco; contemplaron las evoluciones de un tiovivo cercano, las garzas blancas que se posaban en las copas de los pinos...
    Juanito les observaba confundido entre unas damas que acudían a un pabellón de modas. Por andar ocultándose entre setos y muros, la chaqueta la llevaba cubierta de polvo, la flor del ojal se había convertido en un trapo arrugado. Tenía los ojos apagados por la tristeza, humedecidos de envidia y curiosidad. Quiso abandonar la vigilancia. Estaba tan abatido que no veía el mundo. Aunque no le gustaba beber fuera de las comidas, ahora necesitaba algo para el dolor, para cambiar aquel estado, para matar aquellos minutos. Pensó en el clorhidrato de cocaína que le sobró del dentista, pero tenía que ir a la embajada. Terminó por sobreponerse. Cuando Victoria y Agramonte se separaron, siguió al cubano. A unos metros de él, podía ver sus andares triunfales, como si sobre las espaldas llevara a Victoria ligera, invisible, rendida. Al poco tiempo, Ignacio llegó a una modesta pensión de la calle 47. Juanito tomó el número y se dispuso a regresar.
    Su mirada inquieta pronto descubrió uno de los pocos bares públicos abiertos en Washington, el Artemisa. Entró en el club. En la penumbra, al fondo de la barra, un camarero atareado picoteaba sobre una orquesta compuesta por vasos y cucharillas. A pesar de que aún no se había acostumbrado a la bebida nacional, se sentó y pidió un whisky. Tomado el primer trago, saltarín y ardiente, adivinó una sombra detrás de él, se giró hacia ella y la vio corporeizarse. Un individuo gris, acuoso, con testa triangular, le miraba con fijeza.
− Yo le conozco a usted. No sé su nombre, pero sí qué anda buscando.
    A Juanito no le gustó el sujeto, aunque le interesó su introducción. Además, eran los únicos que se encontraban en el bar. De manera neutra, le contestó:
− Usted me aventaja. Yo no sé con quién hablo.
− Soy Pierre Ausubel − dijo extendiéndole la mano −, representante y fontanero internacional. Realizo ciertas operaciones en las cañerías, arreglo grifos, limpio pozos ciegos. Y mis honorarios no son tan altos como los de los fontaneros de verdad. España me debe aún una avería.

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