sábado, 4 de septiembre de 2010

36. Las máscaras del tiempo


    Catalina llegó a la embajada sobre las doce. Wilson le ayudó a bajar del coche. Llevaba el vestido blanco con el que la conoció don Juan. Iba sin abrigo, sostenía bajo el brazo un pequeño bolso de malla. Abrió la puerta el mismo don Juan; le indicó que le siguiera hasta el despacho. De la oficina, salían las voces apagadas de Paco y de don Saturnino. Una vez dentro, Catalina se dirigió al sofá y se desplomó en él. Durante unos segundos, le miró interrogante.
− ¿Cómo estás? − comenzó él, cauteloso.
− Estoy dispuesta para lo que tú digas – contestó Catalina con voz débil −. Estoy dispuesta a seguirte a Bruselas o a donde vayas… Lo que me queda de vida lo quiero pasar contigo.
− Todavía no es seguro ese destino.
− Tengo el dinero para instalarme y esperarte…
    Don Juan mantuvo un silencio demasiado largo. Catalina vio el dique que le impedía contestar.
− ¿Qué va a ser de mí ahora? − preguntó, muy fijos los ojos en un lugar indeterminado entre la frente y la nariz de él.
− Sabíamos que alguna vez ocurriría. Hay que afrontarlo.
− Ya, ya, no puedo irme contigo, vas a volver con tu mujer y con tus hijos.
− Veo que lo comprendes.
− Claro.
− Te recordaré siempre. Has sido una compañera ideal, el calor de América...
    Se arrepintió al instante de esas palabras, pero como no observó reacción en    Catalina, continuó:
− Nos seguiremos escribiendo, colaboraremos literariamente, mantendremos viva nuestra amistad...
− Sí, sí,... − Catalina comenzó a sollozar. Se levantó del sofá para coger el pañuelo que don Juan le ofrecía.
− No llores, que me vas a contagiar.
− Sí, sí,... Yo sola, para siempre.
− Nos escribiremos, puede que nos veamos…
− Te vas, ya no te veré más.
    Con el pañuelo apretándose la nariz, se sentó sobre uno de los brazos del sofá y comenzó a balancearse como si fuera a tirarse al suelo desde allí. Sus ojos miraban ya directamente a los de don Juan, con una fijeza desamparada.
− ¿Por qué me haces esto?
− Nunca te he prometido nada. Tenemos una amistad profunda. Y los amigos a veces se separan. No tengo intención de romper mi familia. No me llevo bien con mi mujer, pero los dos hijos que me quedan son lo mejor de mi vida, no quiero decepcionarlos, ni hacerles sufrir.
− Me has dejado soñar... − dijo Catalina con un hilo de voz.
− Te he advertido de los excesos de tu amor por mí, de lo inapropiado que era. He intentado hacerte ver lo mucho que me exigías.
    Las lágrimas brotaron otra vez; caían de forma tan copiosa que, resbalando por los pómulos, llegaban hasta la barbilla y goteaban en el suelo. Don Juan no pudo contenerse. Se abrazó a ella.
− No puede ser, mi niña. No puede ser.
    Trató de consolarla acariciándole el cabello.
− No quiero vivir…
    Llamaron a la puerta del despacho. Don Juan se separó bruscamente de Catalina.
− Deja de llorar.
    Catalina se secó las lágrimas y fue hacia la esquina más protegida de la habitación. Desde fuera, Pestaña le dijo al embajador que la jueza Chivers quería verle para entregar un cheque a favor de las víctimas del terremoto de Andalucía. Don Juan llevó a Catalina hacia la puerta del despacho que comunicaba con el pasillo, le cogió las manos y se las besó de manera apresurada. Luego arregló su chalina, estiró la levita y trató de componer la expresión. Abrió la otra puerta; con gesto amable, hizo pasar a la vieja dama.
    Catalina salió de la habitación a la penumbra del pasillo. Al final de éste, en vez de torcer hacia la salida, siguió hasta la cocina. Llegó allí, no vio a nadie. Sobre la mesa, en un plato grande, había un trozo de carne fresca con perejil. Oyó el trajinar de Therèse dentro de la despensa. La voz de la cocinera le hizo recuperar la orientación. Volvió sobre sus pasos para encontrar la salida. La empujaba un viento interior, a ráfagas, que le hacía tambalearse, a veces chocar contra las paredes. Allí una mancha, más al fondo, la luz de la puerta principal. Oyó la voz alta de la jueza Chivers. Miró con fijeza el paragüero de la entrada. Se paró delante del espejo, no pudo ver nada enfrente. El viento la empujaba ahora en una sola dirección. Trató de recuperar la visión, pero no pudo; sólo atendía al ruido del viento, cada vez más fuerte. Temía que la estrellara contra el espejo. Quiso aflojarse el cuello del vestido, pero no acertó con el pequeño botón. Se miró otra vez al espejo: una vieja loca sentada en un banco de piedra le sonreía con una mueca. Bajó la mirada hacia el bolso, lo abrió. Sacó la pequeña pistola, la apuntó hacia su sien derecha, cerró los ojos y disparó.
    Se oyó un tremendo estampido en el vestíbulo. La jueza comenzó a gritar. Don Juan quedó paralizado, luego salió corriendo hacia la entrada. Se extendía un humo azul y olía a pólvora. Vio a Pestaña inclinado sobre Catalina, que en el suelo, boca abajo, tenía un charco de sangre alrededor de la cabeza. El revólver diminuto, a poca distancia de ella, todavía humeaba.
− Está muerta – confirmó don Saturnino, sin atreverse a mirar a don Juan
    La jueza Chivers había desaparecido. Paco y Pestaña, ayudados por Wilson, metieron el cuerpo de Catalina en el coche. Antes miraron si pasaba alguien por la calle, por lo general desierta a esas horas del mediodía. Apoyaron el cadáver contra uno de los laterales del interior. Paco se sentó al lado para sostenerlo y le tapó la cabeza con su chaqueta. Pestaña agarraba el bolso de Catalina, sentía el revólver todavía caliente a través de la malla. Al llegar a Highland Terrace, Wilson y Paco entraron el cuerpo en la casa; el cochero avisó a Sally para que llamara a su padre y al médico. Salió Florence, comenzó a gritar. Trató de subir a la primera planta con la intención de avisar a su madre. Sally la detuvo. “Espera a que venga tu padre”. Paco, viendo que se habían hecho cargo de la situación, se reunió con Pestaña que lo esperaba fuera.
    Don Juan, después de que se llevaran el cuerpo de Catalina, subió a su habitación, se sentó en la butaca y comenzó a mecerse con bruscos impulsos. Aún la veía delante de él, viva. Aún oía su voz: “… estoy dispuesta a seguirte…”. Se levantó de la mecedora. No debía continuar allí, una mala garra podía atraparlo. Respiraba con dificultad, alzaba las cejas, se echaba hacia atrás para coger aire. Era necesario actuar. Pero, ¿para qué? ¿Con respecto a quién? La única persona que le quería de verdad ya no contemplaba sus actos. Fue hacia la ventana, la nieve cubría todo lo visible. Cruzó la calle un perrillo, encogido, tiritando..., mirando al cielo como si de arriba pudiera venirle un zarpazo. Lo siguió hasta que desapareció de su vista. Volvió a la butaca y no pudo llorar.
    Llegaron Paco y Pestaña. Don Juan bajó de su cuarto; Paco le dijo que todo estaba arreglado. Therèse trajo una cubeta con agua y un trapo de fregar. La sangre de Catalina formaba un charco coagulado en el recibidor. Pestaña cogió del brazo a don Juan y le condujo hacia el despacho. “Esto es horrible, Saturnino, esto es horrible”. El secretario sacó un cigarro y se lo ofreció a don Juan, quien lo rechazó. Estuvieron un rato en silencio, hasta que Paco entró y dijo que iba a buscar a Juanito para ponerle en antecedentes. Don Juan murmuró un agradecimiento. Pestaña salió, le dejó solo. Sintió que todo se derrumbaba. Si se publicaba el suicidio, tendría que separarse de Dolores, no conseguiría jamás una embajada ni puesto alguno de importancia. En España le mirarían con la típica mezcla de ironía y asco que provocan los viejos verdes.
    Aquella noche utilizó el láudano que aún guardaba en su habitación. Con todo, no pudo evitar despertarse sobresaltado varias veces. En una de ellas, vio la última mirada de Catalina, resignada, decidida. ¡Ojalá fuera verdad lo que ella creía! ¡Ojalá se le apareciera su espíritu! Le diría que se quedaba en América, que renegaba de su patria y de sus hijos.
    El Evening Star, en la edición de tarde del mismo día del fallecimiento, traía a dos columnas: “Miss Katie Bayard stricken by heart disease”. Y en el texto: “Miss Katherine Bayard, la hija mayor del Secretario de Estado, fue encontrada muerta en su cama ayer a eso de las dos de la tarde. Un ataque al corazón, del que llevaba padeciendo hace años, fue la causa de su muerte”. El New York Times ofrecía idéntica versión. En The Constitution, de Atlanta, apareció una entrevista con el doctor Gardner; declaraba que cuando llegó a la casa “no encontró en ella la más débil indicación de actividad en el corazón”.
    A la mañana siguiente, Paco preguntó a Juanito, encerrado en el cuarto de baño, si le esperaban para ir a dar el pésame oficial a casa de Bayard. Juanito contestó que no estaba él para enterrar a nadie. Paco y Pestaña se dirigieron a Highland Terrace. En el recibidor, hicieron cola hasta llegar a una mesa sobre la que había un libro de firmas. Dejaron sus tarjetas con mensajes de condolencia. Al salir, unos colegas diplomáticos les dijeron que no habría funerales ni ninguna ceremonia religiosa en Washington. Los restos de Catalina viajarían a Wilmington en un vagón especial acompañados por Bayard, su hija Mabel y los hermanos varones. El funeral se iba a oficiar en la iglesia sueca; el entierro, en el pequeño cementerio que hay delante de ella.
    Durante los días que siguieron, don Juan intentaba despachar los asuntos de rutina, pero hasta firmar le costaba un mundo. Seguía recibiendo invitaciones, todos querían consolarle. Olga y Nicolai le visitaron varias veces; la jueza, con más frecuencia, pues le había encargado buscar a alguien que comprara sus muebles. A las dos semanas del entierro, murió la madre de Catalina de una congestión cerebral. La prensa decía que no pudo superar la muerte de su hija. Bayard abandonó el puesto por un tiempo y fue sustituido por el subsecretario.
    Un día se enteró de que la reclamación de la casa Larache marchaba por buen camino; pero, al ritmo que iban las cosas, los frutos los recogería el nuevo embajador, o sea, Muruaga, que ya había sido confirmado. Estuvo más de un mes sin escribir a su mujer. Sólo mandó una carta a su hermana Sofía.
    En la cama le roían las preguntas: ¿habría llegado tan lejos de no ser Catalina hija del Secretario de Estado?, ¿creyó en los primeros tiempos que esa relación podría favorecerle en sus asuntos? Desde que la conoció, supo que le iba a resultar fácil encandilarla porque su temperamento apasionado buscaba un ideal. Poco a poco le fue proporcionando motivos, miradas, sugerencias para forjar el ídolo. En más de una ocasión, pudo parar y no lo hizo. Los últimos momentos surgían sin poder evitarlo. ¿Por qué se llevó el revólver a la embajada? ¿Tenía la seguridad de que él rechazaría sus proyectos? ¿Desde cuándo? ¿Desde la noche de la recepción? ¿Vio Catalina la condena cuando al servirle el ponche se cruzaron sus miradas? ¿Por qué lo hizo dentro de la embajada? ¿Quiso decirle que si no quería cargar con ella, cargaría con su cadáver? ¿Fue un único y último acto de hostilidad o estaba tan hundida en el instante de dispararse que no pensó en las consecuencias para él?
    Una tarde sacó las cartas que le escribía desde Wilmington con la intención de quemarlas. Imposible volver a su casa con ellas. ¿Y por qué no? Era el único rastro que le quedaba de ella, a partir de sus letras formaría su cara, oiría su voz. Debía mantener vivo el recuerdo de quien le había amado sin hacer caso a las máscaras del tiempo.
    Se acostumbró a pasear durante el crepúsculo, cuando las farolas de las calles aún no estaban encendidas. Washington le parecía un gran parque en el que ha terminado la fiesta y vuelve la tristeza a los rincones en donde antes bullía la espuma de la vida. Esa tristeza no le molestaba, casi le hacía compañía. Por la noche, al regresar a la embajada, entraba en su despacho, un poco más vacío, las paredes más blancas, el ruido del reloj más hueco.

    A bordo del Aquitania, don Juan miraba las gaviotas, los remolcadores, la niebla... Juanito, detrás de él, dormitaba tumbado en una hamaca. Saldrían dentro de unos minutos. La sirena lanzó su última llamada. Los camareros del trasatlántico recorrían inquietos la cubierta buscando por todos los sitios, como si el capitán hubiera perdido algo. Don Juan saludó con el brazo a Paco y a don Saturnino que le despedían en el muelle. El barco comenzó a moverse. Se volvió hacia Juanito; aun sabiendo que no iba a oírle, le aconsejó:
− Abrígate, sobrino, que se ha levantado el frío.








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