martes, 27 de julio de 2010

2. La leyenda negra. Un mujeriego.

    Al entrar de nuevo en el despacho, Paco Bustamante le estaba esperando.
− Mire el artículo del Dr. Ingersoll en el World – dijo, entregándole un periódico.
    El embajador se colocó las gafas; por el tono de voz del segundo secretario supo que se disponía a llevarse un mal rato.
    “España fue la más grande de las potencias, poseedora de la mitad del mundo, y ahora sólo tiene...
   Cuando terminó de leerlo, Don Juan miró a Paco con preocupación:
− Bueno…, una vez más la leyenda negra, las fantasías y exageraciones que produce el odio. Lo que está claro es que si esto lo leen varios millones de personas en esta nación, vamos a tener que andar escondiéndonos por los rincones.
− Aunque debemos reconocer que hay un fondo de verdad − observó Paco.
− Conforme, pero si a la verdad se la infla con la exageración, es peor que una vulgar mentira.
− ¡Nos echan en cara que acabamos con los indios taínos en Cuba! − exclamó Paco −. Y ahora pasan a bayoneta a ochocientos sioux en las llanuras de Dakota. Un periódico de Minneapolis ha dado la noticia. Los de Nueva York callan como tumbas. También ellos tienen su leyenda roja. No sólo los indios, el trato bestial a los esclavos, las atrocidades de la guerra civil, el pistolerismo en los territorios del Oeste.
− A mí no me tienes que explicar eso − contestó con cierta aspereza don Juan, como si intuyera que Paco valoraba poco sus conocimientos históricos −. Ya sé que no somos los más crueles, ni los más indolentes y supersticiosos. Cierto que antepasados nuestros cometieron crímenes horribles, los mismos quizá que otros individuos de otras potencias coloniales. Pero a las conquistas siempre va lo mejor dotado para la supervivencia, que casi nunca coincide con lo más refinado de espíritu. En fin, creo que es cosa de la especie, no de los españoles.
− Ayer fui a comprar carpetas − dijo Paco, conciliador −. Di las señas de la embajada para que nos las enviaran. El dependiente y una señora que compraba allí me miraron con malos ojos. Así todos los días. Estos bien alimentados yankis necesitan el picante de Cuba que les inyecta la prensa para hacer bien la digestión.
    Don Juan rasgó la página del diario e hizo trizas el artículo de Ingersoll.
− Con tal de que no nos trituren a nosotros...
    ¡Qué virulencia mostraba el World contra él y contra España! Todos los periódicos, excepto éste, le habían recibido de manera favorable, incluso excesiva. El Star llegó a decir que era “handsome”, con unos hermosos ojos, que no aparentaba tener más de cincuenta años. Al leerlo, una bandada de palomas dulces, un tintineo jovial de cascabeles, se adueñó de su ánimo. Luego volvió a la realidad: los halagos hay que paladearlos, no tragárselos. Este Ingersoll sonaba sincero, un librepensador mal informado, sin duda. Ya había oído hablar de él como ateo militante que daba conferencias contra Dios a dólar la entrada. Del World le dolió sobre todo el ataque personal. Lo que hace unos días publicó, en un suelto anónimo, debía proceder de alguien de la carrera. Sospechaba del abogado Foster, ahora embajador en Madrid. ¿De quién si no podía venir aquello de que él era un “salonnier”, “un hombre perezoso y sin capacidad técnica para los intrincados vericuetos de una negociación compleja?" Y lo peor, lo ofensivo en grado máximo: que era conocido en la carrera por ser un “womanizer”, un mujeriego.
    ¿Un mujeriego él, que hacía doce años que no se acostaba con Dolores, y no se había buscado una amante, ni había ido una sola vez de putas para desahogarse? Nada de aquellas buenas "prójimas" pecadoras que estuvo frecuentando y gozando desde los dieciocho hasta los cuarenta y tres años en que se casó. De algunas se acordaba: en Nápoles, La Cucurbita; en Lisboa, Antoñita La Gaditana; en Río de Janeiro, Jeannete: "blanca y rubia, más limpia que el oro, las carnes frescas y apretadas, las piernas como columnas de alabastro, romanista, dotada de una fuerza de atracción y decontracción poderosas para sorber lo líquido y apretar y contener lo sólido, con tan estupenda delicia que, aun dolido y enloquecido, me hacía aullar y morder como si fuera un lobo". En Dresde, Frau Carola, con tetas "acerbe et crude", y no pequeñas. Y la última en Madrid, antes de casarse: Leonor, con quien le costó romper. En toda su vida, sólo dos novias: una de Lisboa, la otra de Lucena. Pero tuvo que ir a casarse con la hija de su jefe en Río de Janeiro, don José Delavat. ¿No tienen los hombres memoria? ¿No hacen caso de los síntomas, de los avisos? La conoció cuando niña, con unos siete años, y entonces le pareció fea como el pecado. Su padre la llamaba “mi curiana”; siempre estaba llorando, dando gritos; sólo se apaciguaba si una esclava le rascaba la espalda. A su hermano Pepe, a diario le lanzaba coces y bocados. Y eso lo vio él durante dos años que vivió en la misma casa. ¿Qué pasó trece años después, cuando volvió a encontrarla en Biarritz?
    Al regresar de Frankfurt y quedar cesante, fracasado en su intento de ser diputado por el distrito de Cabra, se sintió solo, sin perspectivas, en una edad en la que de pronto cumples un año más y te descubres bajando la pendiente, empezando a ser invisible para las mujeres. En aquellos días, después de volver de los burdeles, del casino o del Ateneo, entraba en su casa, abría la puerta y no oía nada, no le recibía nadie. Se acostaba en la cama fría y miraba al techo en silencio. Marchito, agotado, muerto de alma, le pesaba la vida, le entraba miedo a morirse allí solo como un perro abandonado. Volvía la vista atrás, veía su juventud y los años pasados tan vacíos, tan inútiles; toda su existencia le parecía un sueño estéril, una necia pesadilla que no ha tenido objeto, ni otro resultado que el reúma, las canas, las arrugas y toda la miseria a la que olían sus noches.
    Entonces apareció Dolorcitas. Él volvía de París, de visitar a su hermana Sofía, pasó por Biarritz y allí encontró a Dolores y a la madre veraneando. Don José había muerto tres años antes, ellas vivían ahora en París. Descubrió a una joven bien hecha, de cara agradable, formas torneadas, juiciosa, con una distinción y un gusto en el vestir que a él se le figuraba que tendrían que corresponderse con semejantes prendas en el espíritu. Que fuera veintitrés años más joven, a primera vista un riesgo, podía tener una serie de prácticos alicientes: sin novios serios, virginidad asegurada; y además, le daría hijos, le satisfaría en la cama, llevaría la casa, tendría energías para cuidarle de mayor. Él podría dedicarse por entero a la literatura. Su madre siempre le aconsejó que se casara con alguien del pueblo, porque "aquí nos conocemos todos, y según el horno, así el pan". Pues bien, hasta en eso le convenía Dolores: don José Delavat era un santo varón, doña Isabel Areas, una brasileña de familia con postín tropical. El hecho es que viajó de vuelta a Madrid y desde allí, por carta, le pidió a la madre la mano de su hija. Doña Isabel respondió que sí, pero a Dolores eso de declararse a distancia, por persona interpuesta, no le gustó. Tuvo que regresar a Biarritz después de leer la contestación al discurso de ingreso de Cánovas en la Real Academia. Se comportó entonces como un gomoso pretendiente: paseaba la calle, acechaba las salidas de Dolores y a la hora del té entraba en la casa, pasando la tarde en pláticas tiernas. Consideraba un buen augurio lo a gusto que se sentía charlando con su novia; a pesar de la diferencia de edad, no surgía esa distancia socarrona y enfriada con la que los mayores escuchan las ideas de los jóvenes. Al no tener una pasión viva por Dolores, no le matarían sus desdenes, si algún día los hubiere. Después de Lucía Palladi, la llama nunca ardería por nadie, el dolor no le vendría por nadie. Un embajador, además, si está soltero, parece que representa menos. ¿Quién llevaría la vida social de las legaciones? ¿Quién le acompañaría en los miles de actos?
    Se casaron en Saint Pierre Chaillot. A las dos semanas estaban en Madrid, en la casa de la calle Costanilla. Pronto empezó Dolores a echar de menos París, a quejarse de los criados, de la comida, de los muebles que faltaban, de la ropa fea que había en las tiendas, de lo poco "comme il´faut" que eran las amistades de don Juan; sobre todo, de que tenía que tocar su dote para poder comprar al menos un vestido "chic" traído de París. Ella creía que después de casarse iban a destinar a don Juan a una embajada de relumbrón y allí ejercer de "lionne", pero las turbulencias políticas no lo permitieron, todo lo que consiguió fue una dirección general. "El mismo día de la boda le debería haber enseñado los dientes para convencerla de que conmigo no se jugaba. Así habría empezado por infundirle primero miedo, luego respeto, y por último, amor; pues, al fin se ama a quien se respeta y se teme". Pero uno se casa en una fecha. Mal que bien, con intervalos de relativa paz, fueron viniendo los hijos: en cuatro años, primero los dos varones, luego un aborto y por último Carmencita. Durante ese tiempo, las discusiones fueron en aumento. La casa era un infierno, sobre todo si les visitaba la suegra. Entonces, por las mañanas le despertaban los gritos de su mujer y de doña Isabel que ya andaban riñendo, maldiciendo y peleando con los domésticos. Durante los almuerzos, a raíz de cualquier fruslería, Dolores comenzaba una cadena de reproches sordos que iban subiendo en rabia, en irritación, hasta alturas insoportables, de tal forma que don Juan temía que le acometiera una indigestión o un síncope. A veces, debía reprimirse para no pegarle un par de bofetadas y detener en seco aquellos ataques furibundos. En esas camorras, con voz de veneno, le tachaba de fedorento y cursi, de inútil, de animal, de egoísta, de no servir para nada… de viejo. Después de nacer Carmencita, Dolores decidió dormir sola. Él tuvo que abandonar el dormitorio y arreglarse un camastro en su despacho. A partir de esto, don Juan pensó seriamente en la separación. Varias veces se la propuso, pero entonces ella caía en una especie de silencio infantil, se encerraba a llorar en su cuarto y pasaba días enteros sin dirigirle la palabra. Al final − por piedad, por los hijos, por evitar un escándalo ridículo − no tomaba una decisión y continuaba la farsa.
    Ahora en América se contentaría con cierta tranquilidad, con un estoico no sufrir. Al menos dejaría de soportar la presencia de su mujer, ya casi sin rostro, después de tanto tiempo en que no la miraba directamente a la cara. ¿Sólo tranquilidad? Quizás latiera escondido el deseo de algo más: la última llamarada. No podía despedirse de la vida, él que había disfrutado tanto de las mujeres, con el mal sabor de alma que le dejaba Dolores. Aún se creía capaz de despertar el fuego en alguien. Mantenía su aspecto varonil, la mirada..., y el pelo, aunque canoso, brillante y sano. Sin embargo, en la poca vida social que había llevado hasta el momento, sólo encontraba damas pasadas de sazón o impulsivas ninfas, hermosas y prometedoras, todavía con la pelusilla de la fruta verde.
    Pasaron bastantes días sin recibir invitaciones. Por fin, llegó una de Victoria Sackville−West, que incluía también a su sobrino Juanito.

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lunes, 26 de julio de 2010

1. El Nuevo Mundo

  (Sinopsis:  Don Juan Valera, el autor de "Pepita Jiménez", viaja a los Estados Unidos en 1884 como embajador de España (una potencia moribunda) ante una joven nación orgullosa de su destino que da los primeros pasos para convertirse en primera potencia mundial. Agobiado por los acreedores, destruido su matrimonio, América le ofrece la promesa de una vida tranquila y de una recuperación de sus finanzas domésticas. Pronto verá que eso es imposible. El acoso, la agitación, las amenazas de los independentistas cubanos no le dan tregua. El gobierno español, que no parece tomarse en serio la rebelión, muestra indiferencia. América no resulta ser la frontera del oro. Se encuentra, sin embargo, con otra frontera: la del espíritu indomable y complejo de una "belle" de Washington, Kate Bayard, hija del secretario de Estado del presidente Cleveland. El amor apasionado de la muchacha, su obsesión por el budismo esotérico, su oscura y contradictoria fatalidad tampoco le darán sosiego.)


    A bordo del "Cefalonia", don Juan podía atisbar en la distancia, un poco velados por la niebla, los grises barracones del puerto de Nueva York. Novios fantasmales, matrimonios de jubilados ingleses, camareros somnolientos deambulaban por cubierta.
− ¿Qué hago yo aquí? - se preguntó, al ver los hombros de los gigantes surgir entre la bruma. El humo del puro que apretaba entre los dientes le era devuelto por la brisa, punzaba la gota en sus nudillos.
− Oficialmente, sustituir a un suicida - reconoció, melancólico.
Una llovizna fría le empañaba las gafas, olía el aire a madera podrida, bufaban graves las sirenas.
− En realidad, quemar el último cartucho - concluyó, arrojando el puro por la borda.
Su sobrino Juanito llegó jadeante:
− ¡Le he visto las piernas a una italiana cuando subía por las escaleras de babor!
    El transatlántico atracó en el muelle East River. Al pie de la escalera, confundidos entre marineros con mirada perdida que volvían a sus barcos, esperaban dos miembros de la legación. Sobre la manga de los abrigos tenían cosido un brazal de luto. Mientras los funcionarios colocaban el equipaje en el coche, Juanito se encaramó al pescante y desde allí, con voz alegre, exclamó:
− ¡ Tito, esto no es Doña Mencía !
− Ya veremos.
− Me han dicho que las americanas se mueren por los europeos con clase.
− ¿Somos europeos?
    Los ojos del sobrino se clavaron en dos damas jóvenes que despedían risueñas a un militar. Juanito se agitó en el asiento, levantó la nariz − audaz y esperanzado − como un lobezno husmeando la cañada. De un salto bajó al suelo, dio una carrerilla y entró en el coche delante de don Juan.
− Mi madre me ha dicho que viaje a los balnearios de moda, que alterne con la alta sociedad, con los diplomáticos de las grandes potencias...
− ¿Nada más que eso te ha dicho mi hermana?
− Bueno…, sobre todo, que busque a una joven con dólares. La señora de don Juan Mesía de la Cerda y Valera, agregado "ad honorem" del Reino de España.
− ¿Y si no la encuentras?
− Siempre queda la hija de Morenito − sonrió, pícaro, el sobrino.
    Don Juan se vio rodeado por gente rubia, corpulenta, vestida con paños recios, moviéndose entre carros, toneles y cestos, trasladando mercancías de una mano a otra, de un barco a otro. Zumbaban los vapores; chavales roncos voceaban los periódicos. Nueva York emergía muy cerca, con las calles saliendo del mismo muelle; altos edificios rojizos y otros, más bajos, de ladrillo negruzco, se apretaban contra un cielo desplomado, en un turbio atardecer de clara de huevo.
    Una vez acomodados en el coche, se dirigieron a la estación. Durante el trayecto, pasaron por avenidas rectilíneas atestadas de tranvías, banderas colgantes y aparatosos velocípedos. Subieron al tren de Washington. En el espacioso departamento, todo parecía a mayor escala que en Europa: los colores de los tapizados más brillantes, la pintura más viva, los revisores igual que jefes de pista de un circo.
    Avanzaba la locomotora, como la ballena de Jonás, devorando la noche fría y estrellada. Frente al embajador iban sentados don Saturnino Pestaña y Paco Bustamante, secretarios primero y segundo.
− Ya me imagino los días que han pasado − dijo don Juan.
− Sí, han sido muy desagradables – admitió fúnebre Pestaña.
− No entiendo cómo, con su carrera política, a punto de ser nombrado consejero de Estado...
− La vergüenza puede llevar a un hombre a matarse − sentenció Bustamante.
− Quizás tenga usted razón − concedió don Juan, meditabundo.
    La vergüenza, y las deudas, y las mujeres... pueden llevar a un hombre a cualquier cosa, como cruzar el charco con casi sesenta años. ¿Por qué, si no, estaba él ahora en Nueva York? Hace poco, en el casino de Doña Mencía, don Luis Vergara, propietario de bodegas y olivos, le preguntó: “¿No juega usted esta tarde?", con un tono que significaba: “He aquí al embajador en espera de destino, gloria de las letras españolas. Ayer perdió unos duros al tresillo y hoy no tiene más remedio que mirar por el ventanal”. Disparado por el orgullo, al día siguiente escribió a don Servando Ruíz Gómez, ministro de Estado y amigo del Ateneo, para que le procurara una misión, la que fuera, la que mereciese después de tanto tiempo de servicio. Gracias al suicidio de su antecesor, pudo conseguir, de la noche a la mañana, un destino tan suculento.
Iba solo, cargado de vinos franceses, "foiegras" y equipo completo de trajes nuevos. Pero sobre todo solo, decidido a no vivir en el futuro bajo el mismo techo que su mujer. Confiaba en este viaje a un país lejano, frontera del oro y las pistolas. La energía del Nuevo Mundo arrasaría las sombras. Y las deudas: la paga de embajador no le llegaba para hacer frente a los gastos de la casa ni a las fantasías de su mujer. Pese al éxito que tuvo con algunas novelas, vivir de la literatura en un país pobre, con las tres cuartas partes de la población analfabeta, era tan improbable como la más ardua tarea de Hércules. A veces, sólo podía salir adelante gracias al amigo Morenito que con sus duros plateados, aceitosos, le evitaba la extremaunción. Ahora, en América, las cuatro mil pesetas mensuales y la bendita soledad le permitirían saldar sus deudas más cuantiosas.
    Tras cinco horas de viaje, llegaron a Washington. En la estación, dos mozos se disputaron las maletas brillantes y escudadas de don Juan. El perdedor se resignó a llevar las del sobrino. Para cruzar el andén tuvieron que esperar al tren de Baltimore, que entraba solemne, chirriante, cubriéndolo todo con una nube de vapor. Sentado en un cajón, un mendigo negro cantaba algo monótono y ronco, incomprensible, pero de una tristeza universal; una salmodia de abandono, de cama vacía y botellas por el suelo, que le hizo recordar a don Juan las coplas quejumbrosas de los gitanos de Andalucía. Dio al negro unas monedas, no supo cuántas, ni siquiera si iban mezcladas con calderilla española.


    A la mañana siguiente, ya en la embajada, en cuanto salió de su habitación, sintió de golpe el espíritu del lugar: olor a humo, pasillos fríos, muebles de pino, alfombras verdosas y gastadas por todas partes. Entró en el despacho. Se puso a leer el "memorandum" que le tenía preparado el primer secretario. Empezó con los recortes de prensa. Uno de ellos lo había leído en España. Al rato, oyó un crescendo de tos − cascada, húmeda, silbante − seguida por una carraspera que trataba de aclarar el resuello. Después de pedir permiso, compareció don Saturnino con la cara aún congestionada. Llevaba un traje gris marengo usado, pero limpio; delgado en extremo, cargado de hombros, con un bigote pequeño, geométrico, y una calva inmoderada en el centro del cráneo. El embajador le ofreció un puro. Don Saturnino rehusó el habano, dirigió rápida la mano a su bolsillo y sacó una petaca.
− Si no le importa, prefiero cigarrillos. Me están matando. Había dejado el vicio, pero al llegar aquí, entre las preocupaciones y lo bueno que está el tabaco de Virginia, otra vez despido humo como una locomotora – dijo el secretario, con mirada dudosa entre la ironía y la sumisión.
− Yo también toso de vez en cuando. Los puros perjudican menos. Supongo que algún día tendré que dejarlos.
− ¿Ha leído usted el "memorandum"? − preguntó don Saturnino con voz modulada y resonante, perfecta, si no fuera por la fatiga respiratoria.
− No del todo. Las esquelas y poco más… Por su acento diría que es de Castilla la Vieja, ¿me equivoco? − inquirió don Juan.
− No se equivoca. Soy de Zamora − respondió orgulloso Pestaña.
− ¿Y qué me cuenta de mi antecesor? Supongo que todo estará en el informe, pero ya que está usted aquí...
− No hay mucho que contar. El banquero de la embajada, Mr. Riggs, tenía unos pagarés de Salazar y le advirtió que, si no se los libraba, iría a los tribunales. La tarde en que recibió la citación, se pegó un tiro en su cuarto. Estábamos en unas condiciones desastrosas. No se pagaba el alquiler, ni al servicio, los proveedores habían cortado los suministros. Hasta los espías nos agobiaban tratando de cobrar.
− ¿Espías? − exclamó sorprendido don Juan.
− Cuba sólo ha servido para que los anteriores ministros comieran turrón.
Pestaña se ruborizó un poco. Mientras tosía, observaba cómo había encajado don Juan esa alusión irrespetuosa a sus compañeros de carrera. Al ver que le animaba a seguir, el secretario continuó:
− Con el pretexto de vigilar la isla, no sólo Salazar, sino también los otros, robaron de veras. Pedían dinero extra a Madrid acogiéndose a que lo necesitaban para el servicio secreto. La mujer de Mantillo, por ejemplo, quería una joya, un traje de Worth, un dije nuevo, lo que fuera... Entonces, lo compraba y se cargaba en la cuenta de la embajada una cantidad idéntica en concepto de pago a un espía o de precio de un soborno.
    Don Saturnino se tanteó el lazo de la chalina, metió la mano en el bolsillo de la levita para coger el pañuelo.
− Y no hablemos del dineral en telegramas submarinos a Cuba...
− ¿Cómo se han portado las autoridades ante el suceso? − preguntó don Juan.
− Los políticos, con discreto silencio. Los periódicos han aprovechado para hablar de la corrupción, del ladroneo general de los españoles.
    Pestaña seguía:
− Lo peor de Salazar es que exageró. Los otros respetaron los gastos corrientes. Enredaban con los sobornos, pero mantenían las formas.
− ¿Por qué esa exageración? − inquirió don Juan.
− La primera gran oportunidad de dinero se le ofreció al poco de llegar. En Cuba, durante la Guerra de los Diez Años, fueron destruidas por nuestras tropas algunas plantaciones en manos de capital americano. El gobierno español aceptó que la indemnización la determinaran los tribunales de aquí; se hablaba de dos millones de dólares. Para rebajar esa cifra, Salazar ideó ofrecer una gratificación a ciertos jueces y personas influyentes: unos trescientos mil dólares. En Madrid estuvieron de acuerdo, pero al final no enviaron los fondos. Él, contando con que recibiría una gran comisión de los sobornados, le pidió crédito a Riggs. El hecho es que comenzó a gastar de forma desaforada, sobre todo jugando al póquer en el vagón dorado de Filadelfia. Ahí empezó, creo yo, su conducta extravagante.
− ¿Cuánto debe la embajada?
− Más de quince mil dólares.
    El humo del despacho hacía lagrimear y toser a Pestaña. Cuando éste quiso continuar hablando de Cuba, don Juan le interrumpió con amabilidad.
− Dejemos eso para otro día, con lo de hoy tengo bastante. Ahora, si es tan amable, me enseña la casa y me presenta al resto del personal.
    Salieron a la calle para ver la legación desde fuera. La fachada, pintada de un ocre apagado, con ventanas demasiado estrechas, recordaba a la de un edificio parroquial, nadie la miraría sino con la vaga indiferencia de un cartero. Aún así, según Pestaña, era un palacio comparada con el casucho donde se encontraba la anterior: "sólo digna de ser local para un burdel modesto". Allí permanecían todavía, en habitaciones alquiladas, Bustamante y el mismo don Saturnino. Los agregados militares vivían uno en Filadelfia, el otro en Nueva York. Así que aquella casa tendría que albergar las oficinas de la embajada, a don Juan y a su sobrino. Saltaba a la vista que en tal lugar, con aquellos muebles de cabaña de bosque, no se podría celebrar recepción alguna. En Lisboa residió en un palacio; en Dresde, en una quinta señorial; incluso en Nápoles, cuando empezó de agregado sin sueldo, tenía una habitación soleada, forrada de finas maderas, buena cama y amplio baño. ¿O era la juventud, la que agrandaba los espacios y los hacía más luminosos?


    Pasaron dos semanas, el gabinete liberal de Posada Herrera entró en crisis. Alfonso XII encargó a Cánovas formar gobierno. Don Juan confiaba en que “El Monstruo” le mantuviera en Washington: eran amigos desde el comienzo de sus carreras, se veían a menudo en la Real Academia y en el Ateneo, los dos compartían pasión por los libros antiguos; pero la política es juego despiadado, y al cabo, lo natural era que un cargo así lo tuviera un correligionario del partido conservador. Algunas noches despertaba de pronto viéndose otra vez en Madrid, enfrentándose a la sonrisa sardónica de su mujer: “gran hombre, legado breve”. Al fin, el nuevo ministro de Estado, Elduayen, le escribió una carta confirmándole el nombramiento. Se apresuró a presentar las credenciales.
    Don Juan llegó en su modesto coche de un solo caballo a la sede del Departamento de Estado. Allí le esperaba Frelinghuysen para acompañarle a la Casa Blanca. El Secretario de Estado no debía llegar a los sesenta años, pero su actitud casi letárgica le producía a don Juan la sensación de acompañar a un abuelo exhausto al que había que cuidar para que no diera un traspié y aterrizara en los suelos marmóreos. Una vez en la mansión presidencial, entraron en el Salón Azul, donde permanecieron más de quince minutos hasta que apareció Chester Alan Arthur. El presidente le estrechó la mano con simpatía. Don Juan hizo una reverencia y retrocedió unos pasos. Leyó el discurso de salutación, al que Arthur respondió con palabras afables y medidas. Luego, entregó las credenciales firmadas por el rey y se retiró acompañado de Frelinghuysen.


    Pronto se estableció la rutina. Al fin y al cabo, el trabajo dentro de la legación era como en cualquier negociado de España. El material humano llegaba tarde y había que andar siempre detrás de él para que hiciera lo indispensable. A las diez, dictaba a Paco Bustamante un resumen de los acontecimientos del día anterior. A continuación leía los periódicos, llenos de animosidad contra España por el problema cubano. Después, los telegramas descifrados por Paco. Cuando llegaba la valija, encargaba a Pestaña que repartiera el papeleo. De las doce en adelante, recibía a periodistas, cónsules, compatriotas en apuros… Los asuntos de siempre: pasaportes, visados, indemnizaciones. Dedicaba un buen rato a redactar notas y despachos: “Mi gobierno no puede permanecer indiferente...”, “debe formular reservas expresas...”. Hasta que su oído se habituaba otra vez a esa jerga, no se sentía ministro en ejercicio de la diplomacia.


    Febrero, mes loco en España, a orillas del Potomac resultaba de una fiereza fría, implacable. Don Juan procuraba no bajar al despacho hasta el mediodía. Entre las mantas, con la estufa al lado, resistía mejor la saña helada. Desde la cama podía divisar la plaza Lafayette. En primer plano, las copas de los árboles − negras de puro desnudas −, más allá, la bandera americana sobre el tejado de la Casa Blanca y, al fondo, las colinas de Virginia desvaneciéndose en la lejanía. Una de aquellas mañanas se puso a escribir cartas a cada uno de sus hijos. "Me siento solo. Me remuerde haberos abandonado en una edad tan difícil. Quiero que seáis ágiles jinetes, diestros cazadores, buenos bailarines, pero ante todo, que tengáis una profesión independiente y bien pagada: la de ingeniero me parece la mejor". Justo cuando imaginaba a Carlos, su hijo mayor, construyendo caminos, canales y puertos, con largos rollos bajo el brazo, botas embarradas, impasible ante el estampido de los barrenos, fue avisado por el criado Víctor. Don Bernardo Quirós, cónsul español en Cayo Hueso, pedía audiencia ordinaria por asunto que no quiso revelar al sirviente. Don Juan no tardó mucho en bajar al despacho. Ante la puerta, le aguardaba un hombre que agarraba con las dos manos su sombrero como para defenderse el pecho; hizo una reverencia al embajador; con ese gesto dejó a la vista la cortina de pelo que le cruzaba el cráneo intentando disimular la calva.
− Excelencia, espero no molestarle - dijo Quirós con voz nerviosa - .Es bien cierto, podría haberle escrito en código, pero precisaba una entrevista facial con usted y he aprovechado que mi mujer debe visitar aquí a un médico...
− No se preocupe, es pleno día, y aunque no lo fuera, usted puede hablar conmigo a la hora que le parezca − contestó don Juan, haciéndole entrar en el despacho.
− Me han hablado con mucha fe del doctor Hausmann, aplica la electricidad para aliviar el dolor en las articulaciones con pequeñas descargas. Mi mujer lleva diez años sufriendo y ahora, por fin, tenemos reunidos los ahorros necesarios para un tratamiento – dijo el cónsul, mientras se ajustaba la cadena de oro que le cruzaba el chaleco.
− Yo padezco de reúma, sé lo que es eso… ¿Cómo han hecho el viaje? − preguntó don Juan.
− ¿El viaje? Todo él pensando en cómo se las arreglará mi hijo en la tienda. Ahora que está allí solo, a los cubanos se les puede ocurrir otra fechoría. Hace una semana me lanzaron por la noche un petardo incendiario. Quieren amedrentarme para que abandone y me vaya a otro lugar.
− Yo creía que el asunto había quedado resuelto con la amnistía de Martínez Campos. Por lo que vengo oyendo, no veo mucha pacificación que digamos.
− Pues no, excelencia; todavía hay muchos exiliados que no se conforman, que no comprenden los esfuerzos de concordia y perdón hechos por España. Quieren la independencia total, la expulsión completa de la autoridad española. Cayo Hueso es su trampolín natural, dan un salto y están en su amada Cuba. Ahora los tabaqueros esperan la llegada de Gómez y Maceo. Por la agitación que observo, se trata de un intento de invasión armada. Ya he avisado al Capitán General sobre eso. Pero el peor de todos los rebeldes es Carlos Agüero, que se dice almirante de la república cubana. Él es quien me trae ante usted.
− ¿Agüero?, ¿Agüero?... Yo conozco a unos Agüero de Soria − dijo don Juan, revolviéndose en el sillón y encendiendo un puro que sostenía desde hacía rato.
− Quizás sus antepasados sean de allí − siguió Quirós −. El caso es que hace una semana salió de Cayo Hueso en un barco con cincuenta hombres cargado de armas. Seguro que desembarcará efectivos, se esconderá en las montañas y repartirá los fusiles entre los campesinos.
− ¿Qué cree usted que podemos hacer? − preguntó don Juan.
− Al menos, enviar una nota de protesta al gobierno de los Estados Unidos. Lo han hecho todo a la luz del día. Cargaron las armas, izaron la bandera cubana, entonaron cánticos, lanzaron gritos contra España a la vista de todo el mundo en el muelle. La negrita Juana, mi criada, vino a contármelo espantada. La autoridad del puerto y los guardacostas les dejaron el campo libre.
− ¡Eso es beligerancia! − exclamó don Juan −. Mañana mismo enviaré al Secretario de Estado mi más enérgica protesta. Exigiré que detengan a ese almirante de pega cuando regrese aquí.
− Yo no creo que lo hagan; pero si protestamos, por lo menos tendrán que ofrecer explicaciones.
− Y si vuelve de Cuba sin armas, ¿con qué base detenerlo? − dudó don Juan.
− Agüero tiene sentencias de los tribunales cubanos por robo y asesinato. En derecho, debían entregárnoslo porque existe tratado de extradición con los Estados Unidos. Los americanos no querrán hacerlo, consideran que sus delitos son políticos. Es lo que suelen decir ante todas nuestras reclamaciones contra los rebeldes.
    El miedo le arrugaba la cara, le encogía el cuerpo. Quirós pronunció “rebeldes” con temblor, como presagiando una plaga de patriotas escondidos en cualquier recoveco. Sacó el reloj del bolsillo de su chaleco y lo miró impaciente: "Disculpe, no debo llegar tarde al médico". El embajador le acompañó a la puerta. Quirós se alejó con paso indeciso. Don Juan continuó fuera un rato hasta verle desaparecer. Pensó que aquel hombre era el verdadero legado de España en los Estados Unidos: allí en Cayo Hueso, rodeado de hostilidad, abría su comercio todos los días, vigilaba, informaba, se arriesgaba, con el convencimiento ingenuo de que a la Madre Patria se la debe defender, aunque fuera madre seca que le hizo emigrar. El volcán cubano aún no estaba apagado. No le habían informado bien en Madrid o, quizás, en el Ministerio se interesaban poco por aquellas escaramuzas lejanas. La independencia, idea sagrada, fuego que quema las almas. Su principal quebradero de cabeza, lo veía claro, iba a ser la Perla de las Antillas, anhelada románticamente por los patriotas, codiciada por el Águila del Norte.

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jueves, 22 de julio de 2010

Murakami lanzará su novela multimedia en el iPad antes que en papel


    Esta noticia proviene del diario japonés Nikkei y ha sido comentada por el Wall Street Journal. A continuación resumimos la información aparecida en este último periódico.

    "El novelista Ryu Murakami planea publicar su última novela exclusivamente para lectores digitales a través del iPad antes que la versión impresa, si la hubiera. Murakami ha escrito 15 novelas (en español se han publicado Azul casi transparente y Sopa de Miso). La noticia es que por primera vez un autor consagrado que vende muchos libros en papel con su editorial tradicional (Kodansha) reemplazará a ésta por una compañía de software que le ayudará a desarrollar el ebook titulado "A singing whale". El paquete digital incluirá videos y música compuesta por el compositor Ryuichi Sakamoto.

    El ebook costará 17 dólares y estará listo para su descarga pendiente de la aprobación de Apple. Al ofrecer material inédito sólo en formato electrónico, Murakami ha eliminado totalmente al editor tradicional del trámite de la publicación. El proyecto, en teoría, daría a los autores unos beneficios mayores. Según el autor, su objetivo inicial de 5000 descargas amortizaría los costes de la inversión, y si Apple acepta, recibiría el 30% de beneficio con el resto para repartirse entre Murakami, Sakamoto y la compañía de software.

    Lo que Murakami va a publicar no es un ebook en el sentido tradicional, sino una completa experiencia multimedia que no puede ser replicada en imprenta. En algunos respectos es similar a Alice for the iPad, una aplicación que recrea la obra de Carroll con animaciones a todo color y rasgos interactivos.
"

   Vemos en esta noticia algunas tendencias interesantes. La primera es que se configura una literatura específica para un dispositivo como el iPad, que al contrario que los e-readers, permite navegación y multimedia, aunque no disponga de tinta electrónica, ni flash, ni multitarea. Todo se andará. La aplicación iBooks puede convertirse en el canon de la lectura en pantalla y desplazar a los e-readers que al fin y al cabo son aparatos para una sola función, donde no pueden disfrutarse estos "libros enriquecidos".

    La segunda afecta a la literatura electrónica. Por fin existe un dispositivo ampliamente mayoritario donde leer obras diseñadas específicamente para internet, nacidas para internet, que no pueden ser replicadas en imprenta. Los verdaderos libros electrónicos con hipertexto, multimedia e interactividad tienen ya el aparato donde lucir todas sus potencias.

    La tercera es que entra en juego un nuevo actor: la compañía de software. Ya no se necesitan tipógrafos, sino creativos web que plasmen ideas en la nueva plataforma.Es difícil que un autor tenga una especialización informática que le permita ser autónomo en sus creaciones multimedia. Por tanto las editoriales tradicionales, si quieren sobrevivir, deben ir pensando también en asociarse con esas compañías de software.

    La última afecta al autor, que ya no necesita para distribuir y rentabilizar su obra la intermediación de una editorial tradicional. Seguirá necesitando a los diseñadores web, a los autores de contenidos (la música de Sakamoto), y sobre todo a Apple, pero aparentemente esta alianza no tiene socios decisivos. 

Entrada publicada por Juan José Díez


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miércoles, 21 de julio de 2010

Vindicación de la piratería


Dedico este post a Rogelio Blanco y a Jack Sparrow

     Cuando España toda y el ámbito de la lengua a ambas márgenes del Atlántico se aprestaba a la celebración acartonada, que se les reserva a los clásicos, del IV Centenario del Quijote, José Antonio Millán y yo preparábamos, para la difunta editorial Poliedro, una insolente edición de lujo del Quijote apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda. Entre las personas que entendieron esta broma erudita se contó Manuel Seco, que a su publicación nos envió sendos tarjetones de ánimo, escritos con su letra mínima, que se asemeja a hormigas pensantes.

     Porque, guste o no, los Quijotes son tres y, sin el de Avellaneda, la segunda parte del de Cervantes no habría sido lo que es. En el prólogo a esta edición (hoy ni siquiera presente en la base de datos del ISBN español), Millán intentaba "ser la voz de un lector de Cervantes y de otros autores del Siglo de Oro que propone al lector actual algunas vías de acceso a una obra que está en el centro de un complejo mundo de tensiones históricas y literarias". De algunas de estas tensiones, en cuyo eje está el oficio de la imprenta, y de sus metástasis digitales trata este post.

     Las palabras "pirata" y "piratería", en el sentido en que las usa hoy alguien como Rogelio Blanco, son anglicismos, muy a pesar de sus insospechables antecedentes indoeuropeos, que nos son comunes. El primer idioma europeo en que surge la palabra "pirata" aplicada al supuesto robo de las producciones del ingenio es el inglés. El neologismo aparece por primera vez de la mano del poeta John Donne, en la construcción "wit-pyrat", en 1611. Donne, sin embargo, acuñó la expresión con un sentido todavía clásico, sin referencias a las prácticas comerciales sino al plagio personal. Esas obras tenidas por espurias estaban, gracias al éxito de la imprenta, en condiciones de reproducirse y distribuirse, erosionando así en parte la autoridad del autor primero, autoridad que es también una consecuencia secundaria de la imprenta.Tendría que pasar buena parte del siglo para que esta feliz ocurrencia de Donne se independizara de su primer componente (wit/ingenio) y se transforma en uno de los pilares de la doctrina anglosajona del copyright. Será la generación de Daniel Defoe, y con especial recurrencia en este autor empresario de sí mismo, siempre endeudado y perseguido por sus bancarrotas, la que imponga los términos "pirata" y "piratería" para denunciar prácticas comerciales que ya no solo erosionaban la autoridad sino, y especialmente, el patrimonio eventual del autor y su editor. No olvidemos que Defoe solía pagar sus cuantiosas deudas con escritura. Con excelente escritura, además. 

     El desarrollo que estas nuevas prácticas tecnológicas tuvieron en nuestra tradición castellana no fue por los cauces del derecho. Tres años después de que Donne se quejara de los imitadores con el neologismo wit-pyrat, un autor español a quien seguramente Cervantes conocía, decidió apropiarse de un personaje bastante popular, Don Quijote, y escribir una obra que hoy encasillaríamos en el género del fan-fiction, el Quijote apócrifo, y burlar las buenas costumbres establecidas por las cofradías de impresores y libreros dotando a su obra de un falso pie de imprenta, para que fuera imposible rastrear sus orígenes. La singularidad específica de nuestra lengua en el trato con las tensiones desatadas por el nuevo medio, el libro impreso, resultó en la primera novela moderna, porque el Quijote merece su condición de monumento, entre otras cosas, a que todo su imaginario está organizado como una aguda reflexión sobre la galaxia Gutenberg, la nueva tecnología que exigía nuevos modos de creación.

     Posiblemente nadie como Cervantes haya entendido, en su época, el profundo cambio que la popularización de la imprenta implicaba para la creación literaria. El primer Quijote, el de la primera parte, es un personaje enajenado por la lectura "literal" de la letra impresa. El segundo Quijote, agraviado por ser sujeto de proezas que nunca realizó, organiza su tercera salida con el clarísimo objetivo de llegar a la imprenta de Barcelona donde se habría puesto en letras de molde su falsa biografía. Y en esta respuesta a la ingeniosa "piratería" de Avellaneda, se escribe la novela sobre la cual se fundará toda la producción literaria europea de la modernidad.

     En una conferencia interna para los desarrollores de Google, que tuvo lugar la pasada primavera boreal, Vint Cerf sacó el tema del copyright, uno de los dolores de cabeza mayores del proyecto Google Editions. Está disponible en YouTube y se puede acceder a ella por el enlace anterior. Recomiendo dedicarle los 80 minutos de atención que exige conocerla en su totalidad, pero aquí solo subrayo lo siguiente: Cerf destacó que toda la doctrina del copyright se basaba en unos objetos físicos y estáticos, reproducidos en un lugar específico. En resumen, que el copyright protege objetos del mundo analógico y que frente a esta nueva Xerox planetaria que es Internet hay que pensar en nuevos conceptos para la protección de las creaciones del ingenio. Que de nada vale trasladar conceptos del siglo XVII a una realidad que no se le parece en nada y que, para colmo, está en permanente construcción. Agrego que, además, la obra literaria que dé cuenta de ella, el Quijote de nuestro tiempo, todavía no ha aparecido, aunque creo que está haciendo sus pinitos en experiencias como las de SecondLife o FarmVille.

     Hay un libro, Piracy. The Intellectual Property Wars from Gutenberg to Gates, de Adrian Johns, publicado por University of Chicago Press, disponible en su edición de papel y en versión para Kindle, del cual se pueden consultar varios capítulos en Google Books, que resulta de imprescindible lectura para encarar este tema acuciante de la industria editorial con conocimiento de causa. Entre otras cosas, allí aprendemos que los derechos de propiedad de los autores nacen de una revuelta contra la doctrina del copyright, que solo beneficiaba a una editores convertidos en oligarquía alrededor de sus gremios. Y también nos informa del enorme valor económico de la piratería en los momentos de cambio de paradigma. Valor económico de progreso, no de hurto. Para algunos de estos conceptos de Adrian Johns en español, lo mejor es ir al blog del Partido Pirata Argentino, donde se han tomado el trabajo de traducirlos.

     Otro libro de capital importancia sobre el tema ha aparecido en estos días de la mano de Alejandro Katz y su editorial. Se trata Crímenes de la razón, del premio Nobel de Física Robert B. Laughlin, algunos de cuyos criterios se pueden leer en Queequeg, mi otro blog, en el post "La propiedad intelectual de las mentes peligrosas". Y, por coincidencias del destino o de profundas coincidencias de intereses intelectuales, recomiendo también el post que publica Libros y bitios sobre el tema, bajo el título "Junto al volcán"

Entrada publicada por Julieta Lionetti en Libros en la nube

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lunes, 19 de julio de 2010

Cathy´s Book


     Cathy´s Book, coescrito por Sean Stewart y Jordan Weisman e ilustrado por Cathy Brigg, fue publicado en papel en 2006 y aparece ahora en una versión para el iPhone. En Noviembre de 2006, Cathy's Book ocupó primeros puestos en la lista de best sellers de libros infantiles en el New York Times.
     El libro es el diario que Cathy, una adolescente, escribió antes de desaparecer sin dejar rastro. Cathy Vickers había roto con su novio Víctor, fracasaba en los estudios, su padre había muerto inesperadamente, sólo contaba con su mejor amiga Emma. Cuando Cathy decide investigar las razones de Víctor para finalizar su relación, las cosas empiezan a ponerse cada vez peor a medida que sus descubrimientos suscitan más preguntas que respuestas. ¿Es Victor realmente lo que parece? Emma tiene que investigar todos los indicios para encontrar a Cathy, entre ellos, números de teléfono (que funcionan), webs (que existen), nombres que buscar en Google...
    Los autores, expertos en diseño de Juegos de Realidad Alternativa, cuando escribieron el libro en papel, seguramente estaban pensando en una futura versión para internet que hiciera posible la plataforma multimedia de los juegos. Con la aplicación iPhone consiguen que los lectores se conviertan en jugadores y puedan interactuar directamente con los personajes, resolver enigmas de la trama o colaborar con la comunidad para analizar la historia y coordinar actividades tanto en la vida real como en la virtual. 
    ¿Será este el camino por el que avanzará la literatura electrónica? ¿Tendrán que aliarse las empresas de videojuegos y las editoriales para satisfacer un sector de mercado (en este caso los adolescentes) ávido de una fantasía que le venga por el canal de las pantallas de móviles u ordenador?
     Podemos ver esta demo de la aplicación.
Entrada publicada por Juan José Díez

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viernes, 16 de julio de 2010

Lingüística computacional (XIII y último)



El capítulo anterior de esta serie puede verse aquí.

We’ve all heard that a million monkeys banging on a million typewriters will eventually reproduce the entire works of Shakespeare. Now, thanks to the Internet, we know this is not true.

Todo hemos oído que un millón de monos tecleando en un millón de máquinas de escribir pueden llegar eventualmente a reproducir la obra completa de Shakespeare. Ahora, gracias a Internet, sabemos que esto no es cierto.

Esta célebre frase de Robert Wilensky pronunciada en 1996 tiene una primera lectura referente a la crítica que debe hacerse a la mala literatura que se hace/hacemos en Internet.

Pero nos permite también reflexionar sobre si es posible una literatura digital.

En los capítulos anteriores hemos analizado cómo el lenguaje puede modelizarse mediante gramáticas formales; cómo pueden establecerse corpa que pueden luego examinarse mediante la fuerza bruta y la velocidad de los procesadores electrónicos; cómo pueden generarse frases correctamente construidas; traducir de un idioma a otro; emitir sonidos inteligibles; reconocer la voz; etc. Pero todo esto no nos permite crear literatura. La literatura es mucho más. Es una sucesión de texto con un sentido, con una idea, con un estilo, con un camino determinado por alguien para que ese camino- y no otro- nos emocione (ver comentarios aquí y aquí ).

¿Puede hacer esto un ordenador? ¿Puede crearse un algoritmo que sea capaz de inventar una historia o un poema que puedan competir con un ser humano? En 1726, Swift en Los viajes de Gulliver ya imaginaba una máquina capaz de crear literatura.

Aunque han aparecido intentonas en el mercado en este sentido (aquí por ejemplo ) la realidad es que, hoy por hoy, no existe ninguna aplicación informática que se acerque a la creatividad e inventiva humana para generar historias y textos de calidad. Existen algunos programas que son capaces de efectuar tareas muy particulares (como por ejemplo, hacer resúmenes de textos o generar partes meterológicos razonables) pero cuando nos adentramos en el campo de la literatura no encontramos soluciones a pesar de tratarse de un campo de notable estudio y experimentación.

¿Qué ocurre entonces con el axioma del encabezado? Por simple estadística, si dejamos a los monos (aunque hagan falta muchos millones) tecleando los años suficientes (y una buena dosis de plátanos para incitarles a hacerlo), alguno de ellos debería producir, si no las obras completas de William, al menos algún par de páginas de indiscutible calidad. Esta asunción es conocida como el teorema de los infinitos monos. Al fin y al cabo, es como funciona la evolución. Se dejan una serie de moléculas químicas inertes que se combinan al azar y, al cabo de unos pocos miles de millones de años, ese azar ha creado los peces, las azáleas, los dinosaurios, la resistencia de Zátopek y la impresionante belleza de Rita Hayworth. Más fácil parece escribir un par de buenas páginas. ¿Puede un ordenador crear literatura?


La fuerza bruta

Los monos son lentos (y las bananas escasas) pero un ordenador es extremadamente rápido y no come más que electricidad. Podemos pensar que usando una gramática formal nos lanzamos a crear frases gramaticalmente correctas con un algoritmo matemático. Digamos un par de millones de sentencias por segundo. En un año ese ordenador habría generado casi setenta billones de frases correctas. Pongamos que otro ordenador se dedica a combinarlas al ritmo de cien mil combinaciones por segundo. En un año podría haber generado más de 3 billones de combinaciones. ¿Y ninguna de estas sería buena? ¿Y si en vez de tener un ordenador, hacemos funcionar una red de un millón de ellos, muchísimos menos de los que existen en el mundo? ¿Nos sorprenderíamos viendo en pantalla El Rey Lear?

La realidad es que esto no ocurre. La realidad es que estos algoritmos que recurren a la fuerza bruta consiguen por lo general mala prosa o mala poesía. Mala y breve. Hay muchos intentos de crear literatura por la fuerza bruta (por ejemplo, los Oulipoemas aquí aunque en este caos los versos han sido escritos por humanos. El ordenador sólo los combina).

¿Qué ocurre entonces? ¿Acaso el cerebro humano dispone de un mecanismo literario que no puede ser recreado por un ordenador? ¿Hay un alma intangible creadora?¿La musa existe?

Se trata de un problema estadístico. Por fuerza bruta nunca conseguiremos recrear las obras de Shakespeare ni las de Moliere ni las de Espronceda. Hagamos uso de un poco de matemáticas.

Imaginemos una novela de cualquier escritor actual de 500.000 caracteres, algo bastante habitual. Estos caracteres incluyen las letras, los números, los espacios y todos lo signos de puntuación. De acuerdo a las codificaciones ASCII podemos decir que hay 45 caracteres diferentes a combinar (olvidémonos de las mayúsculas ahora para simplificar). Vamos a poner a nuestros monos a trabajar para ver si son capaces de reproducir –simplemente por azar- esta novela creada por un humano.

La probabilidad de que el mono teclee un carácter al azar es 1 entre 45, o sea 0,0222. Y que después teclee otro carácter es la misma, también 0,0222. El que teclee los dos caracteres correctos uno tras otro es de 0,022 elevado al cuadrado, o sea 0,0004928.

Pero tenemos que teclear 500.000 carecteres en un orden correcto. Entonces, la probabilidad de que esto ocurra es:


O sea, aproximadamente un uno dividido entre ochocientos mil ceros. Ninguna calculadora del mundo nos mostraría esa cifra tan pequeña ni siquiera en notación exponencial. Es decir, necesitamos teclar un uno seguido de 800.000 ceros de veces para reproducir por azar la novela

Supongamos que nuestro mono presiona una tecla por segundo. El universo, desde el big bang, lleva existiendo 15.000.000.000 de años, o sea, 4.7 seguido de “sólo” 17 ceros. ¡Pero necesitamos ochocientos mil ceros!!, es decir, nuestro mono precisaría el tiempo de cicuenta mil universos seguidos .

De acuerdo, de acuerdo. El ordenador es mucho más rápido que Cheetah. Digamos que es capaz de generar diez millones de letras por segundo. ¡Ah, esto es otra cosa!. Pero, desilusión, en todo el tiempo que lleva nuestro universo un ordenador habría generado un uno seguido de 24 ceros. Aún, necesitaríamos un universo treinta y cuatro mil veces más largo que el actual.

Imposible usar la fuerza bruta para crear literatura al azar.

Creación de textos por modelos

Se trata de una técnica usada para generar peomas sobre todo. Un algoritmo que permite una variedad de oraciones ya que, en vez de combinar frases preprogamadas para formar oraciones largas, se usan palabras que encajan en modelos de versos predeterminados.

Estos modelos (que en terminología inglesa suelen recibir el nombre de pattern o de template) son moldes en los que existen huecos que deben llenarse con ciertas palabras, elegidas de entre las de una lista. Algo así como si se tratara de encajar piezas de un puzzle al que se le han quitado algunas, quedando libres huecos en los que sólo caben ciertas fichas.

Así, por ejemplo, a partir de la frase:

Una oropéndola, eso eres. Como el manantial ansioso de la silenciosa poesía

Podríamos crear el siguiente molde:

PALABRA 1 , eso eres. Como el PALABRA 2 PALABRA 3 de la PALABRA 4 PALABRA 5

PALABRA 1 podría ser elegida de una lista, tan larga y variada como queramos, de sustantivos (una oropéndola, en el ejemplo). PALABRA 2 de una lista de sustantivos masculinos en singular (manantial, en el ejemplo). PALABRA 3 de una lista de adjetivos en masculino. PALABRA 4 de una lista de adjetivos femeninos y PALABRA5 de una lista de sustantivos femeninos.

Igualmente sería posible definir moldes que contuvieran verbos:

Una caricia muere calmadamente entre marinos que cantan

Se convertiría en:

Una- SUSTANTIVO FEMENINO-VERBO EN TERCERA PERSONA SINGULAR DEL PRESENTE DE INDICATIVO-ADVERBIO- entre- SUSTANTIVO MASCULINO PLURAL- que- VERBO EN TERCER APEROSNA DEL PLURAL DEL PRESENTE DE INDICATIVO.

Podríamos definir miles de moldes, de templates y listas de miles de palabras. Incluso, estos moldes se pueden copiar de autores humanos célebres para que su estructura sea aún mejor. Y el Corpus de palabras (los Corpa, para ser exactos, puesto que cada lista sería un mundo independiente) podría ser tan extenso como se deseara. Con esos mimbres, basta un código sencillo que vaya rellenando los moldes de manera aleatoria. Los versos unitarios creados serán más o menos buenos en función de la fortuna del azar. Cuanto más extensas sean las listas y más moldes haya, más variados y creativos serán los ripios.

Más información

Concatenación de frases

En el habla común podemos generar oraciones relativamente complejas concatenando frases sencillas. En aras a la sencillez este algoritmo construirá siempre oraciones compuestas por cuatro unidades básicas. Ello producirá una rutina que hará que el texto resulte aburrido pero que, a efectos de lo que se pretende mostrar, es más que suficiente. Un programa más complejo debería combinar diversos modelos de oraciones y alternarlas de acuerdo a un patrón no reconocible (por ejemplo, utilizando una variable aleatoria) con lo que se rompería la monotonía.

En nuestro sencillo caso, las oraciones podrían por ejemplo construirse siguiendo un esquema A-B-C-D donde A sería un sintagma preposicional, B contendría el sintagma nominal, C el sintagma verbal y D un sintagma adverbial o adjetival. No es nada novedoso. Este tipo de formas de crear oraciones ha existido desde hace mucho en papel. Hay un libro de Didier Noyé titulado ” Réunionite : guide de survie en el que usa esta técnica para crear discursos insignificantes pero aparentemente contundentes en el área de gestión de empresas. Cortazar y Mozart ya usaron el sistema tanto en literatura como en música. No siendo nada nuevo, el método nos servirá para mostrar la técnica.

Veámoslo con un ejemplo:

“En cualquier caso, la utilidad de la literatura digital podrá ser analizada con detalle en un futuro cercano”

La descomposición de unidades sería:

A= En cualquier caso,
B= la utilidad de la literatura digital
C= podrá ser analizada con detalle
D= en un futuro cercano.

La particularidad de este tipo de subcadenas unidas es que pueden variarse casi a voluntad y siempre encajarán razonablemente en la oración. Así, supongamos que tenemos otro subconjunto “B” que dijera “la calidad de tal poesía”. Podríamos sustituir la “B” anterior por la nueva “B” y nos quedaría la oración:

“En cualquier caso, la calidad de tal poesía podrá ser analizada con detalle en un futuro cercano”

Que es también una oración inteligible y bien construida aunque carezca de contenido y significado real. Imaginemos, ahora, que tenemos sólo diez cadenas de cada uno de los cuatro tipos. Las combinaciones posibles serían diez mil sentencias distintas. Si tuviésemos cien de cada tipo, las combinaciones ascenderían a cien millones, más que suficiente para crear largos y soporíferos discursos o tediosas descripciones.

Más información aquí

Informes científicos falsos

En el MIT se desarrolló un célebre programa (http://pdos.csail.mit.edu/scigen/#examples ) con el que unos estudiante lograron que revistas de prestigio les publicaran ponencias generadas por ordenador auténticamente inconsistentes (bogus text). Y, asimismo, existe investigación sobre software que detecte los escritos generados automáticamente aparentemente correctos, pero carentes de sentido para desenmascararlos (http://www.physorg.com/news65101797.html).%3cbr.

En estos casos se usan combinaciones de modelos y concatenación de frases predeterminadas que se formatean con dibujos y gráficos para aprentar ser un escrito científico auténtico.

Eliza

Eliza, de Joseph Weizenbaum fue programado en 1966 y supuso una revolución el la generación de diálogos. Tuvo multitud de copias pero pronto se vieron sus limitaciones y no pasó de ser un divertimento.

Eliza simulaba ser un psiquiatra que contestaba a las frases que el usuario realizaba. Por ejemplo, este es un diálogo típico:

> Hello, I am Eliza.
* Life is hard
> Don't you ever say Hello?
* well, I am worried
> How long have you been worried?
* for years
> OK... "well, you are worried". Tell me more.
* I need sucess and money
> What does that suggest to you?
* that I am a looser
> Did you come to me because you are a looser?
* yes
> I see.

Puede verse que se trata de una conversación aparentemente racional. Es un espejismo. En cuanto se escribe algo un poco raro, el programa entra en un bucle de frases comodín y repetitivas.

Puede probarse una de las múltiples versiones de Eliza en la red, aquí.

Eliza (que es más fácil de programar en inglés que en castellano debido a que no hay género en la mayoría de las palabras y que la declinación verbal es muy sencilla) se basa en una base de datos de palabras y expresiones típicas. Cuando un usuario escribe una pregunta o un comentario, el algoritmo busca en esa base de datos si existe totalmente o parte. Si no encuentra nada, devuelve una frase que incite a seguir (por ejemplo, Come on o I see o that’s interesting). Si encuentra algo que sí está en la base de datos, construye una frase que usa una parte predeterminada por un modelo y le añade alguna de las palabras de lo introducido por el usuario, de modo que la frase final parece relacionada con la entrada.

Imaginemos, por ejemplo, que tenemos esta base de datos:

- Tristeza, triste -> ¿Por qué está usted triste?

- Alegría, alegre -> ¿Qué le hace sentirse alegre?

- Me siento * -> ¿Es importante para usted sentirse *?

Ahora, si el usuario introduce el texto:

Me siento triste

El algoritmo detectaría que triste está en la base de datos y contestaría con ¿Por qué está usted triste?

Si el usuario introduce :

Me siento fatal

El algoritmo detectaría que esta frase es del tipo “me siento”+”algo” . Tomaría ese “algo” (en este caso “fatal”) y lo añadiría a su frase hecha del modo:

¿Es imporante para usted sentirse fatal?

Dando la impresión de que el ordenador ha entendido y contesta.

Generador de novelas de Brown

Crea tu propia novela de Dan Brown (http://probar.blogspot.com/ ) es un inteligente y divertidísimo programa que genera reseñas de ficticias novelas al estilo de Dan Brown, añadiendo incluso la portada del supuesto libro y una pequeña crónica de un destacado diario. Técnicamente se base en introducir palabras, elegidas aleatoriamente, en frases predefinidas. Un método sencillo que sin embargo da magníficos resultados.

Otros ejemplos

Pueden citarse Los destellos aristocráticos y las alas soberanas profanan la justicia de Baudot, un trabajo de poesía electrónica de los años sesenta; Mell de Firner; Erato de Milic; Passage de Bootz; La pyramide truquée de Debyser; Poetry Generator de West; Tale Spin de Meehan;Hamilton Diamond de Johnson; By love insured de Chait; Stochastische Texte de Lutz y Bense (que generaba poesía a partir de la gramática de Chomsky); Silence on brúle de Denjean; Jus d'orange de Debyser;Shanghai Paris de Baboulin; el programa RENGA del Centro Pompidou que generaba un texto nuevo cada minuto;los trabajos del grupo ALAMO (Atelier de Littérature Assistée para la Mathématique et les Ordinateurs); Poemas V2 de Carmona; el robot PaCo de Corpa y Serrano, una máquina humanoide que imprimía poemas; WasPo un generador de poesía en estilo del siglo de oro programado por Gervás; etc.

¿Puede un ordenador entender la narrativa?

Hasta ahora hemos hablado de que un ordenador pueda escribir una novela pero cabe preguntarse si, en el sentido inverso, podría entenderla.

Los sistemas cognitivos caen dentro de la esfera de la inteligencia artificial y exceden lo que aquí puede explicarse pero recomiendo leer este artículo .

Internet colaborativo

¿Y si sustituimos los monos por personas que escriben colaborativamente, al modo de un cadáver exquisito? La Red permitiría que millones de personas (que además no teclean al azar sino que aportan su creatividad humana) pudieran colaborar en crear una novela literaria de alat calidad. Se han hecho intentos más o menos extensos (hay algunos ejemplos en Biblumliteraria ) pero ninguno hasta la fecha ha conducido a una obra que pueda siquiera aproximarse a los grandes trabajos humanos. De modo que la aseveración de Robert Wilensky con que abríamos este post parece confirmarse.

Computación de la narrativa

Supuesto que disponemos de un método para generar texto de calidad es necesario, asimismo, estudiar qué reglas y qué factores afectan a la consecución de una buena historia. ¿Cómo deben ser los personajes? ¿Qué subtramas deben derivarse de la historia principal? ¿cómo se interconectan entre sí y en qué momentos de la narración? ¿qué conceptos de sentido común deben tenerse en cuenta - y memorizarse en la base de datos del ordenador- para que el contexto sea correcto? ¿cuál es la jerarquía de eventos? ¿Cuál es el propósito de la trama? ¿Qué debe ocultarse para que haya intriga? En definitiva, aquellos aspectos que afectan a la literatura convencional que se tornan más complicados aún a la hora de programarlos. Es un campo en que no se ha avanzado mucho.

Un texto interesante al respecto puede leerse aquí.

Hoy en día parece que resultará extremadamente complicado simular la capacidad de inventar cuentos e historias del cerebro o quizá sea cuestión de tiempo y de que alguien, algún día, dé con un algoritmo y un método que puedan simular la capacidad literaria humana con éxito. Sin duda, será la lingüística computacional la disciplina que será decisiva para conseguirlo.


FIN DE LA SERIE

Vía Biblumliteraria...








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miércoles, 14 de julio de 2010

De la página a la pantalla. Seminario en Londres



    El recién pasado 12 de Julio tuvo lugar en la Kingston University de Londres un taller y mesa redonda con el título From the Page to the Screen to Augmented Reality: New Modes of Language-Driven Technology-Mediated Research.
    Como conferenciante principal intervino Jay David Bolter, creador junto a John B. Smith y Michael Joyce de Storyspace, un programa de software para crear y editar ficción hipertextual. Su intervención llevaba el título: Elite and popular: digital art and literature in an era of social and locative media. Entre los participantes en la mesa redonda destacamos la presencia de Laura Borrás, de la Universidad de Barcelona.
    Ya en la misma presentación del evento se plantea uno de los retos claves de la literatura electrónica: "La relación entre la literatura digital y la comercial (mainstream) siempre ha sido complicada. A pesar del creciente cuerpo de trabajo creativo, los autores digitales todavía tienen dificultades para atraer la atención de lectores y críticos."
    El taller-mesa redonda convocaba, entre otros, a investigadores, escritores, teóricos y profesionales que usan las nuevas tecnologías y que han migrado desde prácticas más tradicionales basadas en la imprenta a los métodos multimediales e interdisciplinarios que utilizan ordenadores, redes sociales o tecnologías de teléfonos móviles.
    Seleccionamos algunas  cuestiones que plantean los organizadores.

    1.- ¿Qué nuevas oportunidades de expresión introducen las nuevas plataformas tecnológicas en la ficción, la poesía y el arte?

    2.- ¿Cómo cambia la literatura electrónica las relaciones entre el autor, el lector y el texto?

    3.- ¿Qué relevancia tienen la estética, los conceptos y las teorías de vanguardia en la estética digital de los nuevos medios?

    4.- ¿Cómo funcionan los procesos creativos individuales en el entorno colaborativo de la red?

    5.- ¿Qué efectos tiene la tecnología en la práctica de escribir?

    6.- ¿Cómo podría el surgimiento de dispositivos táctiles cambiar nuestro modo de crear y experimentar el arte literario basado en el lenguaje?

       Como ocurrió en el último congreso de la ELO, o en el de Toronto, o en muchos otros sobre literatura electrónica, me temo que no debemos esperar  algo parecido a unas Actas que reflejen los contenidos aportados por los participantes y las ideas intercambiadas en la discusión. Lo que es de rigor en otros encuentros académicos de especialistas, parece imposible en eventos que precisamente atañen a las nuevas tecnologías y que cuentan con equipos que podrían fácilmente publicar sus materiales en la red. En casa del herrero, cuchillo de palo.
     De todas formas, para responder a estas preguntas no bastará con escribir tratados  o análisis anticipatorios, dentro de poco tiempo las respuestas estarán tan a la vista que siempre habremos pensado que ya las sabíamos. 
Entrada publicada por Juan José Díez

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lunes, 12 de julio de 2010

Y lloró Jesús

 
   
     No sé nada de Mike Cane, excepto que vive en Satan Island, NY. Esto es lo que declara en su perfil de Twitter. También sé que abandona sus blogs periódicamente y abre otros nuevos, que muchas veces vuelve a abandonar. Que sus blogs abandonados son deshechos de la red que algunos seguimos visitando y escarbando en busca de inspiración. Y que escribe como los ángeles caídos.     Mike y yo apenas hemos tenido algún que otro intercambio epistolar. Él sostiene que los ebooks bobos deben morir. Yo, en cambio, sostengo que los ebooks no pueden morir pues no existen. Pero sus ebooks bobos y mis ebooks inexistentes son una y la misma cosa. Los ebooks bobos de Mike Cane bien podrían ser ebooks mudos. Y de lo que no existe ya sabemos que calla.

     En posts anteriores, y tan temprano como en 2002, he sostenido la importancia de los metadata para que todo lo contenido en los libros (el 85 % del saber archivado por el hombre, contra el 15 % que hoy encontramos en la Red) sobreviva. Y he dicho una y otra vez que es la sociedad de redes la que le está exigiendo a la palabra volverse líquida para entrar en los flujos de una economía global construida en base a metadata. No es la palabra la que se niega a esta transformación, sino quienes la detentan. Lo hacen a través de estrategias que llevan el nombre de plataformas propietarias, sean los app-books del censor Steve Jobs o las torpezas encaradas por Libranda. Lo que obtienen como resultado son productos risibles, libros mudos, imitaciones de la página bidimensional o, peor aun, de los fracasados CD-Rom de los años 90. Y después dan entrevistas a la prensa en las cuales se ríen de lo que ellos mismos construyen.

     Este post será largo, porque reproduciré aquí las 81 etiquetas que Mike Cane ideó como punto de partida para que los ebooks dejen de ser bobos, mudos, inexistentes. Las 81 etiquetas que salven a los libros de los editores. Quien llegue al final de la lista sin perder la fe, puede considerarse un editor del futuro.

     Lo que Mike describe a continuación es una oración de tres palabras:

     Y lloró Jesús.

     Estas tres palabras contienen más información de la que la mayoría de la gente (y de los editores) imaginarían. Y es ésa la información que debe ser extraída: la información oculta que constituye el basamento de lo que ha de ser un ebook. Lo que la sociedad de redes le exigirá que sea. Ni Mike Cane ni yo somos especialistas en markup y lo que se propone aquí es un boceto de los fundamentos.

     Y lloró Jesús.

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     Si esta es la información que necesitamos proporcionarle a las máquinas para que aprendan a leer tres palabras, ¿cuántas harían falta para que pudieran leer un párrafo entero?

     Los que abandonaron la lista de etiquetas cuando llegaron a la caracterización de la galaxia no pasarán la prueba para ser los editores del futuro, porque no han entendido que el etiquetado también puede servir para un libro de astronomía. Ni tampoco han entendido que si el personaje fuera el etiquetado también serviría para catalogar un libro de ciencia ficción.

     Toda esta información oculta que se vuelve explícita es la que transforma un ebook inexistente en un ebook. De objeto digital bobo a objeto inteligente. Pero es más, también es posible, a partir del etiquetado, relacionarlo con otros objetos similares de formas que hoy no son posibles y, además, los convierte en objetos "buscables" (y hallables) en la infinita Red. Un etiquetado de esta naturaleza permitiría al lector hacer búsquedas como éstas:

Todos los libros de suspense ambientados en Los Ángeles en 1945.


Todos los libros de ficción ambientados en Marte en cualquier año, publicados entre 1940 y 1960.


Todos los libros con el Cid Campeador como personaje ficticio.


Todos los primeros párrafos de todos los libros publicados en el mes de mayo de 2009.

     Y un largo etcétera.

     Hoy, como lo demuestra la entrevista con 4 editores mitológicos (y no tanto) que se cita más arriba, la jerarquía de la edición termina, justamente, en el editor. No más tarde que hoy, la editora de Barataria, durante el Seminario de ARCE sobre la edición cultural y su salud (o falta de salud) en España, se erigía en el pináculo de esa estructura jerárquica: "El editor no puede delegar nada", decía, relacionado con el alma y la misión de la editorial. Pero si los libros han de sobrevivir, serán estos metadata sus billetes de entrada a la vida de la información que se guarda en las bases de datos. Y esos metadata no los manejan los editores; los manejan los geeks. Serán los geeks quienes establezcan los estándares que permitan a la palabra entrar en la sociedad de redes y no quedar rezagada en la inmovilidad arquitectónica de la página impresa o, lo que es peor, en la inmovilidad del travestismo digital de Libranda.

     La creación de estos metadata es costosa, implica mucho trabajo y mucho tiempo. Pero también es verdad que su valor se acrecienta con el tiempo. Más aun, se acrecienta con el acrecentamiento de la información así vertida. No como sucede ahora, que los demasiados libros le han quitado valor cultural, intelectual y de mercado a los mismos libros. Los metadata serán un negocio de muchos miles de millones de dólares. Y, por lo que vemos, no será un negocio de estos editores.

     Y del lado del lector, el libro así digitalizado pasa a tener un valor que no el cero que hoy le atribuyen tanto los escépticos de la Red como los iluminados de la tecnología. Porque ese libro también será un billete, un billete valiosísimo al saber que nos hace humanos.

     ¿Y han pensado quién sabe hacer que la información haga cosas, que hable, que no sea muda? Sí, ellos. Todavía nadie ha hablado en serio de Google Editions.

Entrada publicada por Julieta Lionetti en Libros en la nube

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