viernes, 30 de julio de 2010

5.- Club Cosmos. Cleveland presidente

    Al día siguiente, la visita de don Juan a Riggs fue un desastre. El banquero ni siquiera le permitió exponer la cantidad que solicitaba. No quería saber nada del Reino de España, y menos de sus legados. El que Salazar se hubiera matado porque él ejecutó los pagarés, parecía traerle sin cuidado. Miraba con desconfianza a don Juan, como si fuera una reencarnación de su antecesor. Aseguró que sólo volvería a trabajar con el gobierno español si éste se hacía cargo de la deuda que le había dejado el suicida. Y que aun así, no prestaría jamás a un diplomático.
    Don Juan telegrafió a Madrid pidiendo con urgencia el dinero. Le contestó un funcionario: estaba cerrada la partida del mes, tendría que esperar al menos tres semanas. Mandó un cable al Capitán General de Cuba contándole la amenaza. Por la noche, cuando intentaba conciliar el sueño, se le aparecían cuerpos destrozados, relojes rotos, caras - despegadas de los cráneos - flotando en el aire.
    Tres días después de la entrevista con Riggs, se dirigió don Juan hacia el otro extremo de la plaza Lafayette. Llevaba el sombrero encajado hasta cubrirle las orejas, abrigo de paño fuerte, guantes de lana, camiseta de felpa y, bajo los pantalones, los calzones largos de dormir. Aun así, no lograba protegerse del viento helado que soplaba desde los grandes lagos del norte. Al fin, llegó a un edificio gris con tres plantas. En la puerta principal, sobre una discreta placa enmarcada por guirnaldas, se podía leer: “Cosmos Club”.
    Salió a abrirle el mismo Jessop, le hizo pasar a la biblioteca. En el centro - cubierta de periódicos, revistas y mapas -, una mesa descomunal; sobre ella, tres lámparas de brazos dorados. Colgaban en las paredes retratos de los presidentes y de pioneros del Oeste. Ante semejante panoplia, no se podía dudar del espíritu patriótico del Club Cosmos. Los treinta y tres socios fundadores, le decía Jessop, compartían todos el mismo entusiasmo por la divulgación del conocimiento geográfico, el patrocinio de nuevos descubrimientos y las aventuras en lugares recónditos.
    Jessop se acercó a un mapa mundi desplegado sobre un pupitre especial. Lo mostró orgulloso a don Juan. Aparecían marcadas con círculos rojos ciertas zonas del globo: Alaska, Centroamérica, Méjico, Cuba...
− En estos lugares − señaló el banquero − hemos tenido recientemente expediciones cartográficas.
− Está claro que quieren estudiar en profundidad a todos sus vecinos − rezongó don Juan.
− En el caso de Cuba – observó con sonrisa apática Jessop − era necesario valorar con precisión la mercancía que intentábamos adquirir. Ustedes sólo tienen mapas militares detallados de la provincia de Oriente y de los alrededores de la Habana. Cuando les quisimos comprar la isla, el Congreso encargó al Club un informe de puertos, comunicaciones, fortines, ingenios, zonas cultivadas, bolsas de agua, minerales..., en suma, un inventario completo. Aunque no pudimos convencerles, hoy sabemos de verdad lo que la isla vale en dólares.
    Jessop hablaba en tono amable, irónico. A don Juan, sin embargo, no le gustaba lo que oía.
− Hay cosas que no tienen precio.
− Todo lo tiene. Compramos La Luisiana a los franceses, a los rusos Alaska...
    Se sentaron al lado de una ventana por la que entraba la luz declinante de la tarde. Un joven rubio, con los bolsillos de la chaqueta repletos de lápices, les sirvió el té. Después se formó un grupo en torno a alguien que enseñaba unas fotografías. Cuando el corro se deshizo, emergió de él un hombre − abrigo de castor, piel tostada, barba de muchos días − que cogió una mochila del suelo y se dirigió a zancadas hacia la escalera del piso superior.
− Quiere conquistar el polo − informó Jessop condescendiente −. Viene de entrenarse tres meses en Alaska. Seguro que nos va a pedir más dinero y más perros. Creo que Smithies no tiene carácter heroico, sólo es un buen atleta.
− En España se nos agotaron los exploradores en el siglo XVI, entonces gastamos el cupo – observó melancólico don Juan.
− Pero aquellos eran individuos excepcionales, iban a lo desconocido, fundaban ciudades, conquistaban imperios. ¡Lo que yo hubiera dado por ir en la expedición de Pizarro!
− Ya ve, ahora somos una nación pobre. El pasado no alimenta. Se acabó el imperio. Tan pobre nación, que ni migas de pan nos fían − dijo don Juan, desalentado.
− Sus antecesores no han sido un ejemplo de seriedad − intervino rápido Jessop.
− ¿Y qué culpa tengo yo de eso?
− Usted ninguna, aunque su gobierno podía elegir…
− El mes que viene cuento con que podré pagarle los seiscientos dólares − aseguró don Juan con acento firme.
− Ya sabe que no debe preocuparse.
    Don Juan quedó en silencio. Sacó el pañuelo, se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas. Miró a los ojos a Jessop:
− Sé que abuso de su consideración, pero ¿podría negociar su banco una operación de crédito con España?
− Usted es todavía nuevo aquí. Mi firma no es muy favorable a todo lo que hacen ustedes en Cuba – dijo Jessop con suavidad.
− ¿Y si es a mí?
− ¿Un crédito personal?
− Sí.
− Tendríamos que estudiarlo.
− Son cinco mil dólares.
− Es mucho para un particular, ¿le avala alguien?
− No tengo propiedad que aportar. Sólo cuento con que mi gobierno pagará esa suma dentro de unos días. Si me atrevo a pedírselo, es porque urge en extremo.
    Jessop permaneció en silencio unos instantes. Tenía los ojos − verdes, profundos − fijos en don Juan; pero, en realidad, mirando para adentro.
− Me arriesgo. Confío en usted. Somos amigos − resolvió por fin el banquero −. Sólo que se lo voy a prestar yo, no mi banco. Sin intereses. Me firma un pagaré como el del otro día, para uso particular… Espere un momento.
    Después de salir Jessop, a don Juan empezaron a temblarle las piernas; tuvo que cruzarlas y apretar fuerte para intentar detener el automatismo. Se aflojó la chalina, encendió un puro, sintió como si el nudo de los zapatos se lo hubieran desatado en el pecho.
    Volvió el banquero. Le entregó un fajo con billetes de veinte dólares y le dijo que los contara. Don Juan se negó. Después, en un papel con membrete del Club, leyó la escueta transacción. Pidió una pluma, Jessop fue a la mesa de mapas y le trajo una de ave del paraíso. Estampó su firma en tinta marrón, la de los continentes, con ceremonia, muy despacio, para disimular el temblor.
    Al salir seguía el viento frío, la plaza estaba desierta. Ahora se encontraba en la misma situación que Salazar. Le debía a un banquero varios años de su trabajo. "¿Por qué me he arriesgado? ¿Y si el espía es un inútil? ¿Y si Madrid…? Escribiré a Elduayen, a Cánovas… Les contaré la situación, se harán cargo… no tardarán en enviarlo. Cuando llegue el dinero, lo primero, devolverlo, y agradecérselo a este buen hombre".

***

   Dos días después, muy temprano, Paco Bustamante viajó a Nueva York. A las siete de la tarde, él y el cónsul Chamorro, sentados en un banco de Central Park, esperaban pacientes, uno leyendo el periódico, otro echando cañamones a los patos. Pasada media hora, se les acercó un hombre de edad incierta, barba grisácea y levita bien planchada. Saludó con una sonrisa desperdigada al cónsul; sin dejar que éste interviniera, se presentó ante Paco:
− Me llamo Ausubel, Pierre Ausubel, viajante de la casa Leclerc, radicada en Burdeos, importadora de algodón − dijo, mientras movía con suavidad dulzona sus ojos de pastel, un poco saltones y verdosos.
    Paco sintió alivio al ver que el individuo no le ofrecía la mano. Intentó unas palabras de compromiso, pero Ausubel le entregó, rápido, su tarjeta de visita.
− No sólo tengo información, ofrezco soluciones; y si llega el caso, las ejecuto. No me tome por un espía corriente. Conozco la política de las naciones.
    De ningún modo tenía trazas de espía, más bien de panadero a quien, aun acicalado, le resultaba imposible ocultar la pátina de harina que saturaba su piel. Paco se puso a escarbar con el bastón en la arena del parque. Ausubel no tenía más remedio que mirar a Chamorro, aunque las palabras se las dirigía al secretario:
− Agüero puede encender la lucha de nuevo. Sus provocaciones harán que otra vez la sociedad cubana se radicalice, que todas las mejoras políticas de la moderación se vean arrasadas − pronosticó Ausubel.
− No hace falta que me hable de Agüero − intervino Paco en tono áspero − . Venimos aquí a pagarle por otra información más importante.
− Pero todavía no me han pagado.
    Paco sacó un sobre abultado de su abrigo; se disponía a entregarlo, cuando el espía le detuvo.
− Seguro que no lo sabes todo. El embajador Salazar estimaba mucho mis informes, los recompensaba con generosidad. Por cierto, todavía se me debe el último de ellos.
− Se lo debía Salazar, y Salazar está muerto.
− Me lo debe el reino de España, pues a él beneficia.
− ¿En qué le beneficia? Por lo que yo sé, usted ayudaba al anterior embajador en ciertos maquillajes contables. ¿Qué tiene eso que ver con el reino de España? − cortó seco Paco.
− Bueno, dejemos en paz a los muertos… − medió Chamorro con paciencia de sastre. − Ausubel, usted debe comprender que se está yendo por las ramas y no tenemos tiempo que perder.
− Lo que me interesa proponerles es otra cosa − insistió el espía −. Sé que están preocupados por la virulencia de la rebelión encabezada por Agüero. Por quince mil dólares, más los novecientos que se me deben, puedo conseguir que ese quebradero de cabeza termine.
− ¿Y cómo pretende hacerlo? – preguntó Bustamante.
− En este país todo el mundo maneja bien las armas.
    A Paco nunca le habían ofrecido matar a un hombre, y menos con esa naturalidad. Tentado estuvo de pedirle detalles, de dejarle más tiempo para que expusiera su plan, pero al fin le contestó:
− El nuevo embajador es una persona decente, nunca aprobará nada así.
− Ya sé, ya sé… que no está a la altura de las circunstancias. Su país no debía haber enviado aquí, en estos momentos, a un "homme de lettres".
    Paco se levantó y le puso delante el sobre. Ausubel lo rechazó.
− No seas ingenuo muchacho, no hagas eso nunca. ¿Y si te digo una serie de banalidades, o te cuento una fantasía? Debes oír primero el género, después entregar el dinero. Quiero ver que me lo ofreces con satisfacción, como cuando pagas a un dentista porque te saca una muela.
    Chamorro miró a Paco pidiéndole tranquilidad, y le dijo a Ausubel:
− Pierre, no me marees, por favor, que tengo la sastrería abandonada.
− Bueno, bueno… Los conspiradores…
    Paco sacó un pequeño bloc y un lápiz.
− Tienen la dinamita en Savanah, van a trasladarla a Cayo Hueso. El envío es de mil quilos. Quieren volar el Palacio de Gobierno en pleno día, con la gente y el capitán general dentro. A partir de un mes, cualquier fecha. El cabecilla es Marrero, presidente del club nihilista de Tampa. En este papel – y sacó del bolsillo un pliego color marfil cerrado con lacre − tenéis los nombres de los demás patriotas.
    Paco cogió el pliego y le dio el dinero a Ausubel, que, llevándose los dedos a la lengua, lo contó muy despacio. Al terminar, miró a Bustamante:
− Le repugno, pero me lo agradece, ¿verdad? Lo noto. En fin, Chamorro, estoy a su disposición. No me olvide…
    Después de darle la mano al cónsul, el espía se marchó por el sendero que bordeaba el estanque del parque.
    El viaje de vuelta a Washington lo hizo Paco sentado encima de la carpeta que contenía el pliego. Cuando llegó a la embajada, Pestaña y Juanito le estaban esperando, se abalanzaron sobre él. Jaleado por sus compañeros, se dirigió al despacho de don Juan. Le seguían como al mensajero que se ha arriesgado en campo enemigo. Paco agarraba la carpeta con fuerza.
    El embajador le recibió:
− ¿Qué, como ha ido la cosa?
− Tenemos los nombres y el sitio.
− No me hagas leer, dímelo.
− Un tal Marrero y seis más. Nos queda un mes.
− Mañana mismo le llevo esto a Bayard.
− ¿Puedo telegrafiar a Cuba? − preguntó Paco, como si quisiera rematar la faena.
− Descansa, hombre, … tienes ojeras y cara de hambriento. Ya lo hará don Saturnino.
− ¿Lo hago yo? – se adelantó Juanito enardecido, mirando a Paco con fervor y a su tío con súplica.
− Pero si no te sabes las claves − contestó don Juan impaciente.
− Puedo consultarlas en el libro.
− Esta no es ocasión para principiantes.
    Juanito miró con rabia a su tío y salió dando un portazo. Se dirigió a su habitación, cerró la puerta. Se puso a canturrear algo incomprensible. No era la primera vez. Siempre que no se salía con la suya, recurría a esa protesta sonora. Cuando su tío le pedía explicaciones, contestaba que si dejaba de cantar, le invadían voces con mensajes horrendos. Don Juan elucubraba sobre esa manía. Si estaba de humor, pensaba en Pitágoras. Para el de Samos, las esferas, que giran en arrebatado y armónico movimiento, arman perpetua sinfonía; pero como ésta no cesa, y estamos sumergidos continuamente en ella, no la oímos los hombres. Cualquier cosa daría él para que, con la música del sobrino, le sucediera lo mismo. Pero no le sucedía. Se despertaba oyéndola, la oía cuando escribía, cuando almorzaba y, sobre todo, cuando Juanito iba al baño; allí subía el volumen y lanzaba los agudos en consonancia con los ritmos crecientes de la evacuación. El general Parker, que vivía pared con pared, se había quejado varias veces.

***

    Al poco tiempo, Cleveland celebró el primer contacto con el cuerpo diplomático tras su elección. Don Juan sabía que, durante la campaña, los republicanos le habían acusado de tener un hijo ilegítimo y de haberse librado de la recluta en la guerra civil pagando trescientos dólares a un sustituto. Él mismo reconocía que sólo le interesaba la caza, las partidas de póquer y beber con los amigos. Si le preguntaban por cuestiones culturales, confesaba no haber leído en su vida más libros que los de Derecho y porque los necesitó para hacerse abogado. En sus tiempos como sheriff del condado de Erie, por ahorrarse los quince dólares del verdugo, había ahorcado con sus propias manos a dos forajidos. Este rasgo, sin embargo, lo consideró el embajador un buen presagio: quizás fuera un honesto ahorrador y acabara con los sobornos a jueces y senadores.
    En el gran salón de la Casa Blanca, antes de recibir a los diplomáticos, el presidente, con sus ciento veinte quilos y bigotes de león marino, estrechaba la mano a ciudadanos corrientes que pasaban en fila delante de él. Con unos se detenía a hablar un poco, a otros les palmeaba el hombro, a todos sonreía. Un muro formado por bancos, sillones y sofás separaba el lugar donde tenía lugar la audiencia popular de la otra parte del salón, en la que iban entrando los invitados oficiales. Cleveland vestía de frac negro, igual que sus ministros. Don Juan se había puesto el traje de gala. En su pecho, la vieja España depositaba adornos barrocos de gestas. No le andaba a la zaga el embajador ruso. También Nicolai Abrahamov brillaba como un ascua.
    Cuando terminó de dar la mano al pueblo, el presidente quitó un sillón del muro y penetró por el hueco en el recinto de los invitados. La banda de la Marina inició los acordes del “Saludo al Jefe”. A continuación, los criados retiraron los muebles hasta hacer desaparecer la barrera y así dejar libre todo el salón para el baile.
    Cleveland saludó al cuerpo diplomático, también colocado en fila. Don Juan y Nicolai se habían puesto uno al lado del otro. El presidente llegó al lugar que ocupaba don Juan, le dio un fuerte apretón de manos y, mirándole con ojos entornados, le espetó:
− Tienen ustedes que bajar el arancel del azúcar y adoptar reformas políticas que conduzcan de manera gradual a la independencia de Cuba.
    Había sido advertido de la brusquedad democrática de Cleveland, pero aquello no se lo esperaba. Se había dirigido a él con el tono de un comerciante que tenía poco tiempo, y ninguna gana de regatear. No le dio oportunidad de reaccionar, pues ya el presidente saludaba al ruso, al cual no dejó de recordar algo sobre el trigo ucraniano y sus altos aranceles proteccionistas. Cleveland parecía aburrido por la ceremonia de los asuntos diplomáticos. Seguro que había memorizado los contenciosos básicos con cada país para plantear su política exterior durante la media hora de las presentaciones. A don Juan, que presumía de buen fisonomista, le recordó, ni más ni menos, al sargento Olegario de la Guardia Civil de Doña Mencía: un tío feroz.
    No se había repuesto el embajador del saludo de Cleveland, cuando tuvo ante sí la visión de una mujer de unos cincuenta años, con apariencia de monja exclaustrada, sonriendole con simpatía. No llevaba maquillaje, ni más joyas que unos pequeños pendientes de perlas. El pelo recogido, castaño oscuro, dejaba ver unas orejas rojas, grandes, arrugadas como pimientos morrones. Era la hermana del presidente, Rose, que hacía de primera dama. Le dijo que esperaba que llegara a querer a los americanos.
    Después de pasar miss Cleveland, Nicolai se giró un poco hacia don Juan y, con gesto de complicidad, sonrió diciéndole:
− Al menos ella ha estado amable.
− ¿Has oído cómo el presidente nos ha “excitado”? Sólo le faltó el sombrero y el pistolón. No concibo cómo un país de sesenta millones de habitantes puede elegir a un individuo tan basto y primitivo. Nos ha tratado sólo un poco mejor que a los matones de taberna de su época de sheriff.
    Nicolai con fina sonrisa, apuntó:
− No creas que los otros candidatos eran mucho más delicados. Los americanos, para que les representen en política, eligen siempre a los que sienten como sus iguales. De todas formas, nosotros con quien tenemos que entendernos es con Bayard, que es un caballero.
− Sí, pero el sheriff es quien pone el precio al mulo.
− No esperes mucha aristocracia aquí – siguió Nicolai, tratando de sacar de su perplejidad a don Juan −. En Washington los hombres de negocios huelen a caballo y a colonia barata, los políticos ponen los pies encima de las mesas, o sacan astillas mondando estacas con una navaja en los escaños del Congreso. Si algún día asistes a una sesión de la Cámara, verás cómo escupen en el suelo y blasfeman como demonios.
    Ambos observaban complacidos los giros de los danzantes. Oían los brillantes acordes, quizá un poco enérgicos, de la orquesta militar que sin descanso tocaba valses, cuadrillas, polcas y contradanzas.
    Don Juan estaba contento porque al fin habían llegado de Madrid los cinco mil dólares. La carta a Cánovas surtió efecto. “El Monstruo” le ofreció todo su apoyo, a la vez que le pedía un ejemplar ilustrado de los “Principios de Geología” de Lyell.
    Nicolai, hincando la barbilla y mirando de reojo hacia el corro que se había formado en torno al presidente, le dijo a don Juan:
− Ahí tienes reunidos a algunos de los principales enemigos de tu país, el "lobby" belicista. Falta el director del World y algún otro. El militar del mentón es el general Grant. A su lado, Andrew Carnegie, dueño de todo el acero que se produce en Norteamérica. Sus factorías de Chicago y Pittsburgh emplean a un ejército de proletarios que, felizmente, no han sido inoculados todavía por el veneno de la Primera Internacional. El armamento pesado de esta nación depende de esas fábricas, en especial, los buques de guerra. Sus convertidores Bessemer forjarán en plazo breve una armada de corazas indestructibles.
    Tan conocidas eran las ideas de la hermandad de la guerra en los círculos diplomáticos, que Nicolai se atrevió a extractarle a don Juan lo esencial de la conversación:
    Carnegie: “Presidente, necesitamos una pequeña confrontación. Después de la guerra civil, al pueblo americano le convendría unirse contra un enemigo exterior y reconocerse así uno y grande, de acuerdo con su destino manifiesto”.
    Cleveland: “Usted necesita una guerra. Sus excedentes la necesitan. Yo soy un hombre prudente. Los muchachos americanos son los que van a caer en el campo de batalla. No usted, ni yo. Sus hijos tampoco irán a esa pequeña guerra, ¿verdad?”
    Poco después, se integraron en el grupo John Pierpoint Morgan y su vicepresidente Jessop. Cuando don Juan vio a éste último, le dijo a Nicolai:
− Ahí tienes a un banquero filántropo, si se aparta del nido de víboras quiero saludarle.
Nicolai le miró extrañado.
− ¿Quieres saludar a la víbora principal?
    Don Juan puso cara de incomprensión.
− ¿Qué sugieres?
− Que es el cerebro financiero y político de vuestro problema.
    Don Juan, incrédulo, quedó unos instantes mirando a su copa, con la cabeza baja. No ponía en duda lo bien informado que estaba Nicolai; pero, después de todo, el asunto cubano le era ajeno, quizá sólo hubiera oído campanas. Con todo, su amigo nunca frivolizaba. Puede que le debiera cinco mil dólares al enemigo, sencillamente. Tenía que devolverle el dinero mañana mismo. Los seiscientos del pagaré personal no los había reunido todavía, a pesar de que mandó a su mujer quinientas pesetas menos aquel mes y se había apretado el cinturón de manera considerable. Aprovecharía la ocasión para concertar una cita al día siguiente. No tuvo que esperar mucho. Jessop, al deshacerse su grupo, inició un acercamiento paulatino hasta que fue inevitable el saludo.
− Me alegro de verle aquí – dijo el magnate con la más política de las sonrisas.
    Después de unas cuantas frases amables por las dos partes, don Juan le propuso que le invitara otra vez al Club Cosmos.
− Mañana salgo para Nueva York.
    Nicolai aprovechó que Olga se acercaba para ir hacia ella y dejarles solos.
− Ya tengo el dinero. El mío todavía…
− No se preocupe, no hay prisa. Puedo esperar lo que sea necesario.
− Pero yo no − repuso firmemente don Juan.
− Comprendo, pero hasta dentro de tres semanas no volveré por aquí, mañana salgo muy temprano − Jessop pensó unos instantes − Si no lo ve indiscreto, puede dárselo el director de la casa que tenemos en la avenida de Pennsylvania. Yo hablaré esta noche con él. Lo he visto por ahí, le dejaré firmado un recibo.
− Le agradezco la molestia. He abusado de su paciencia, pero comprenda el alivio que es quitarse una deuda.
− Los banqueros vivimos de lo que nos deben. Cuando regrese, le volveré a invitar al club.
    La orquesta paró de tocar. Sonaron tres golpes de platillos, la gente se dirigió al centro del salón. Allí miss Cleveland y el presidente bailaron una danza irlandesa que incluía saltos, giros y palmadas. El hombretón brincaba al lado de su ágil hermana con la soltura de un minero en una noche de sábado. Una salva de aplausos premió a la pareja.





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